META-METAFILOSOFÍA

José Ferrater Mora

 

Cómo citar este artículo:

Revista Teorema: International Journal of Philosophy 4 (1):5-10 (1974). Ferrater Mora, José. META-METAFILOSOFÍA. Recuperado de https://revistahomonima.com/2025/08/30/meta-metafilosofia-ferrater-mora/?preview_id=11&preview_nonce=cc3b594271&_thumbnail_id=302&preview=true

UNA GRAN CANTIDAD de escritos filosóficos se ocupa de la filosofía -de lo que es, de lo que no es, de su vida, de su muerte, de su pasado, de su futuro, de sus relaciones, o falta de ellas, con las ciencias naturales y sociales, con la historia, el arte, la moral, la religión, la política, etc-. Otra gran cantidad de escritos filosóficos -a veces coincidentes con los anteriores- se ocupa de modos o tipos de filosofía, de orientaciones, escuelas, tendencias, giros, analizándolos, definiéndolos, criticándolos, proponiendo excluir a unos o absorber a otros, cortando amarras, tendiendo puentes, quemando naves, etc.

Esto ocurre en todos los países, y de un modo muy reiterado en España. En principio es comprensible, y se debe a dos causas. Una, el importante ingrediente metafilosófico de la filosofía. Otra, el hecho de que la titulada «filosofía» sea realmente un montón de cosas heteróc1itas, difíciles de encajar o consolidar en una disciplina relativamente bien circunscrita, con problemas y métodos universalmente aceptados. Estas dos causas están emparentadas: La filosofía es tan a menudo metafilosofía justa y precisamente. porque no hay modo de encontrarle un cauce por el que discurra normalmente.

«Discurrir normalmente» es una noción que a algunos ha parecido muy alarmante. La llamada «ciencia normal», no discurre nada normalmente, sino muy anormalmente, y gracias a ello progresa. Bueno: después de reconocer que tod,as las ciencias andan un poco a sacudidas y que cualquiera de ellas puede estrangularse si se convierte en una rama de la metafísica dogmática, hay que poner las cosas en su punto: la imagen de una especie de delirium tremens a la que se sobrepone el peligro de la asfixia ha sido a menudo el fruto de la imaginación de algunos filósofos e historiadores de la ciencia con propensiones filosóficas. Lo que se ha calificado de «ciencia normal» ha sido las más veces una caricatura de la ciencia normal. Ésta no tiene por qué hurgar día y noche, o hacerlo de un modo demasiado explícito, en sus propios fundamentos; le basta con transformar los problemas que van surgiendo, que son generalmente más de los que puede resolver. Una ciencia no tiene necesidad de estar permanentemente acompañada, o por lo menos encauzada, por una metaciencia.

Que la filosofía, en cambio, requiera una dosis crecida de metafilosofía se debe a que no es normal en el sentido normal de «normal». En resumidas cuentas, la filosofía es la que corre el peligro de convertirse en una especie de dogmática cuando no va acoplada con un carruaje metafilosófico. Esto explica la situación descrita en el primer párrafo. Ahora bien, lo mismo que hay «bondad y bondad» (donde la palabra «bondad» después de la conjunción copulativa puede leerse «debilidad», ‘tontería» o «memez»), hay también «anormalidad y anormalidad». Está muy en su punto que la filosofía sea anormal, pero me parece que a veces tiende a hinchar las medidas. En vista de ello, no me parecería nada mal que los filósofos hicieran algo menos de metafilosofía y algo más de filosofía, y esto sobre todo en este país, donde se desencadenan de vez en cuando grandes borrascas metafilosóficas.

En ciertos casos, las propensiones metafilosóficas son justificadas. Esto ocurre cuando se trata de echar abajo metafísicas dogmáticas o dogmatismos mejor o peor racionalizados. Puesto que en estas tierras abundan tales metafísicas y dogmatismos, es comprensible que se haga presión sobre ellos metafilosóficamente; lo contrario produciría escaso efecto y daría lugar, a lo sumo, a compartimentos estancos. En otros casos, el discurso metafilosófico de algunos filósofos es inducido por el de otros; ¿cómo contestar a unos reparos metafilosóficos si no es con otros del mismo calibre? Nada de lo dicho hasta ahora representa, pues, un ataque contra las investigaciones metafilosóficas. Menos aún representa un ataque contra la idea de que, no teniendo la filosofía objetos propios, y a menudo ni siquiera problemas propios, su modo de operar es generalmente distinto del de las ciencias, que tienen tales objetos y problemas. Todo lo contrario: esta idea es perfectamente adecuada, por lo menos contra la tesis de que la filosofía tiene, como se dice, un carácter «sustantivo» similar al de una cualquiera de las ciencias. Si al modo de operar aludido se le quiere llamar «metafilosofía», a diferencia de la filosofía «tradicional», entonces no hay inconveniente en dar rienda suelta a propensiones metafilosóficas. Pero no es este el sentido que tiene aquí la expresión ‘propensiones metafilosóficas’, que designa
sólo la exacerbación de la tendencia que la filosofía tiene a ocuparse de sí misma -o que los filósofos tienen de ocuparse de lo que la filosofía es o no es, de su vida, su muerte. pasado, futuro, etc., etc.

Esta exacerbación es malsana, porque lleva a la esterilidd. Verdad que ciertas esterilidades son preferibles a ciertas fecundidades. Si alguien compone un voluminoso tratado filosófico en el que resuelve todos los problemas habidos y por haber, o siquiera un libro donde ofrece una teoría destinada a fundamentar la distinción entre los modos y los vínculos sustanciales, hay sobradas razones para decirle que mejor le hubiera sido callarse, o cuando menos permanecer inédito. Pero la «buena esterilidad» -equivalente a la supresión de la «mala fecundidad»- no es en modo alguno preferible a la «buena fecundidad», la cual, naturalmente, no tiene porqué ser oceánica. La «buena fecundidad» -o «fecundidad» a secas- es equivalente a la producción de ideas filosóficas, que pueden muy bien ser primariamente análisis filosóficos y que, en todo caso, no consisten sólo y exclusivamente en disquisiciones metafilosóficas, esto es, en el examen del carácter filosófico, para-filosófico o pseudo-filosófico de tales ideas o análisis. Sin duda que en algunos casos lo que parece ser un examen metafilosófico -sea general o relativo a la filosofía, sea particular o referido a tales o cuales tendencias, orientaciones o giros filosóficos- es plenamente filosófico en tanto que nos proporciona las ideas, o los análisis, antes postulados. Pero en otros cosas no es así, y son estos otros casos los que me interesan para advertir contra sus posibles malsanas consecuencias.

Una de la formas «normales» de producir esa cosa tan anormal que es la filosofía, es trabajar en un problema, sea grande, mediano o chico, para averiguar, por lo pronto, qué problema es (y esto no es necesariamente «metaproblemático«), qué soluciones pueden dársele, qué consecuencias se siguen de cada solución, etc. Esto puede hacerse o dentro de una determinada orientación filosófica mejor o peor circunscrita o a caballo de más de una. Lo primero es preferible cuando con un cierto tratamiento del problema -que puede ser, y es deseable que sea, un «problema conceptual»- se inicia una orientación, o cuando se va viendo lo que una orientación puede dar de sí. Lo segundo es preferible cuando una orientación no da de sí todo lo que se esperaba de ella para el tratamiento del problema. Inclusive se puede trabajar en un problema sin preocuparse de momento de si se sigue o no una determinada orientación filosófica, aunque lo más probable es que se siga una, o más de una, es decir, que se trabaje dentro de uno o varios contextos. En todos estos casos pueden producirse ideas y análisis filosóficos que cabrá llamar «originales» en el sentido modesto, pero suficiente, de ser ideas y análisis que otros filósofos podrán recoger, estudiar, debatir, criticar, etc.. en el curso de su propio tratamiento del mismo problema, o de algún problema afín. No sugiero, pues, que para afrontar un problema el filósofo se cierre a la banda, e ignore lo que otros han hecho. Exactamente lo opuesto: sería deseable que en filosofía se estuviese lo más posible «al día», no vaya a descubrirse el Mediterráneo. Y ello no tiene por qué ocurrir de modo
esencialmente distinto a como pasa en las ramas de las ciencias, donde la «información» desempeña un papel fundamental. Cosa muy distinta a trasegar simplemente información, por cuidada que sea y «al día» que esté.

Por circunstancias que son del dominio común, este es un país donde trasegar información tiene todavía sentido; creer lo contrario equivaldría a oponerse a lo que en el momento actual puede hacer las veces de lo que se llamó antaño «europeización» -y que ahora habría que llamar de modo distinto, o acaso no darle nombre-. Mírese por donde se mire, los «europeizantes» de aquellos tiempos tenían toda la razón. Por tanto, no sólo «información», sino «todavía más». Sin embargo, ello no obsta a que con la información obtenida se proceda a trabajar de modo que el trabajador pueda a su vez convertirse oportunamente en fuente de información, al punto que «los demás» se vean también obligados, de vez en cuando, a enterarse de lo que está haciendo si quieren «estar al día».

Ya sé que todo esto es más complicado de lo que parece y que habría que alargarse bastante para poner coto a posibles malas interpretaciones. Por ejemplo: lo que he venido diciendo se podría interpretar como una especie de «neonacionalismo» del tipo: «Conviene que en este país se hagan cosas, grandes cosas, descubrimientos científicos, proezas tecnológicas, etc.» Si así se interpretaran mis palabras, pediría que se borraran sin dejar rastro. El nacionalismo, neo o paleo, me parece no sólo malsano, sino también funesto. Esto incluye tanto el nacionalismo propio como el ajeno, y con el último me refiero a ese a la vez sutil y prepotente nacionalismo de algunos países que, por gozar de preminencia económica y política, «escriben la historia», con lo que hacen resaltar sus propios logros en detrimento de los logros de los pobres países más o menos «periféricos». Que en España no se hagan bastantes cosas de las que califiqué de «originales» no es razón suficiente para proclamar que tienen que hacerse, y pro nto, con el fin de estar a la altura, o cosas parecidas. (Tampoco es razón para imitar al zarandeado avestruz edificando una singular filosofía de la historia que explique, y justifique, tan anómalas circunstancias). La única razón que hay para sugerir que deberían hacerse «cosas» es que pueden hacerse o que, ya que se ha empezado, es mejor que si se prosigue se haga con toda la «normalidad» del caso. Por supuesto que la posibilidad de hacer un buen montón de las cosas que tengo en mente depende de contextos políticos, económ icos y sociales, y no solo de voluntades personales, al punto que cabe preguntar legítimamente si una buena ruta para hacer cosas no consistirá en transformaciones de semejantes contextos. La respuesta es: sí, pero que ello no exime de hacer cosas que se podrían hacer, como dicen los argentinos, «desde ya». Dejar de hacer, apelando de continuo a la necesidad de transformaciones radicales necesarias con el fin de poder empezar a hacer algo. sería un ejemplo de «argumento perezoso» de la peor especie. Para comenzar. no veo que haya que dejar para las calendas griegas el trabajar en problemas filosóficos en la forma sugerida.

Esta nota conlleva una paradoja: al tiempo que he estado hablando de la necesidad de hacer algo en filosofía que no sea discurrir sólo metafilosóficamente -en el sentido de este adverbio que he puesto en la picota, no en otro-, no he estado haciendo nada de lo recomendado. Peor aún: he estado haciendo algo así como meta-metafilosofía, pero por algún lugar había que empezar.


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Y se entrega el espíritu a la persecución de infinitos objetos, cada uno distinto en esencia, irrepetible en figura, y sin embargo todos revestidos de bondad propia, cada uno portador de su propio valor, como su «bien», en lugar de ser único y monolítico, se derramara en una pluralidad de formas, sin por ello dejar de ser entero en cada una

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