Reflexiones Filosóficas en torno a la Esfera Pública: Una Entrevista con Carlos Ruiz Schneider
Resumen
El Dr. Carlos Ruiz Schneider se ha convertido en uno de los actores filosóficos más relevantes de Chile durante las últimas décadas. Es profesor titular en las facultades de Filosofía y Humanidades y de Derecho de la Universidad de Chile, y cuenta con una amplia trayectoria en el ámbito intelectual y universitario. Es autor de más de un centenar de publicaciones académicas y ha escrito y editado cerca de una veintena de libros entre los que destacan De la República al mercado: ideas educacionales y política en Chile (2010); República, liberalismo y democracia (2011), en colaboración con Marcos García de la Huerta; Andrés Bello. Filosofía pública y política de la letra (2013), editado junto a Carlos Ossandón; y El pensamiento conservador en Chile. Seis ensayos (2015), con Renato Cristi. A lo largo de su carrera, ha desempeñado también importantes cargos dentro de la Universidad de Chile, como Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades (2018-2022) y Senador Universitario (2014-2018). Al momento de esta entrevista, ha sido nominado como candidato al Premio Nacional de Humanidades, y recientemente se publicó el libro Carlos Ruiz Schneider. Filósofo de la democracia y la educación (2025), una obra que reconstruye y proyecta su pensamiento filosófico y político.
Palabras clave: democracia, entrevista, educación
¿Cómo citar este artículo?
Reflexiones Filosóficas en torno a la Esfera Pública: Una Entrevista con Carlos Ruiz Schneider . (2025). Mutatis Mutandis: Revista Internacional De Filosofía, 12(1), 1-12. https://doi.org/10.69967/07194773.v12i.612
Tienes acceso completo al artículo
Reflexiones Filosóficas en torno a la Esfera Pública: Una Entrevista con Carlos Ruiz Schneider
Publicado en Mutatis Mutandis: Revista Internacional de Filosofía Vol. 12 (1) (2025), pp. 1-12.
El Dr. Carlos Ruiz Schneider se ha convertido en uno de los actores filosóficos más relevantes de Chile durante las últimas décadas. Es profesor titular en las facultades de Filosofía y Humanidades y de Derecho de la Universidad de Chile, y cuenta con una amplia trayectoria tanto en el ámbito intelectual como en el universitario. Es autor de más de un centenar de publicaciones académicas, además de escribir y editar cerca de una veintena de libros entre los que destacan De la República al mercado: ideas educacionales y política en Chile (2010); República, liberalismo y democracia (2011), en colaboración con Marcos García de la Huerta; Andrés Bello. Filosofía pública y política de la letra (2013), editado junto a Carlos Ossandón; y El pensamiento conservador en Chile. Seis ensayos (2015), con Renato Cristi. A lo largo de su carrera, ha desempe- ñado también importantes cargos dentro de la Universidad de Chile, como Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades (2018-2022) y Senador Universitario (2014- 2018). Al momento de esta entrevista, ha sido nominado como candidato al Premio Nacional de Humanidades, y recientemente se publicó el libro Carlos Ruiz Schneider. Filósofo de la democracia y la educación (Aguirre & Sánchez, 2025), una obra que reconstruye y proyecta su pensamiento filosófico y político.
Entrevistador: Antes de iniciar la ronda de preguntas de carácter estrictamente fi- losófica, nos gustaría que nos comparta un poco acerca de usted. ¿Podría contarnos cómo fueron sus primeras aproximaciones a la filosofía? Además, ¿qué recuerdos o aspectos más significativos destacaría de su formación durante su etapa de pregrado?
Carlos Ruiz Schneider: Entré a estudiar Filosofía en la Universidad de Chile en 1961 y al año siguiente entré también a la carrera de Derecho en la misma universidad. Estuve un año solamente en esta segunda carrera ya que me sentí un poco extraño. Mi interés en la filosofía partió, en gran parte, por la lectura, especialmente de filósofos que en ese momento eran muy difundidos en Chile, como Jean-Paul Sartre y Albert Camus. Sus novelas y escritos me impactaron mucho. Empecé a leerlos bastante chico, a los catorce o quince años, al comienzo sin entenderlos mucho y luego con
Mutatis Mutandis: Revista Internacional de Filosofía (ISSN 0719-4773) 2025 Corporación Filosofía y Sociedad www.revistamutatismutandis.com mutatisrevista@gmail.com
más atención. No es que haya conocido a un profesor o profesora que me hubiera influido o impactado, casi todo lo contrario: el profesor de filosofía del Liceo Alemán de Santiago, donde estudié, no lo fue; sí tuve un buen profesor de historia y algunos otros buenos profesores, pero no en filosofía.
En ese colegio había un grupo interesante que participaba en la academia literaria, donde nos reuníamos una vez por semana a presentar trabajos, comentar alguna novela o algún tema, y eso lo discutíamos entre un grupo de diez o doce estudiantes de los últimos cursos (cuarto, quinto y sexto de humanidades). Era muy activo y también participé en esas discusiones, donde no solo se hablaba de literatura, sino también de política. En 1958 hubo elecciones presidenciales y se presentó Jorge Alessandri, quien resultó elegido. El colegio se dividió políticamente entre quienes apoyaban a Frei y a Alessandri. Allende también se presentó, pero no tenía mucha acogida.
En ese ambiente comencé a interesarme por la filosofía. Además, tenía un pariente lejano, Patricio Marchant, que estudiaba Filosofía en el Pedagógico; entonces, con- versar con él me permitió ver que era posible estudiar Filosofía en la Universidad de Chile.
Al entrar al pregrado me encontré con que tenía poco y nada que ver con lo que a mí me interesaba. En ese tiempo, Filosofía era una buena carrera, pero mucho más es- pecializada. Por ejemplo, en Introducción a la Filosofía tuvimos un profesor excelente: Cástor Narvarte, un filósofo vasco del que después fui ayudante. Era una persona muy seria, muy notable. El enseñaba Introducción a los estudiantes de Filosofía y lo que hacía era en realidad enseñarnos a leer filosofía de una manera rigurosa. Ana- lizábamos pasajes de la República de Platón o del primer libro de la Metafísica de Aristóteles, para entender lo que era la filosofía, pero Sartre o Camus, en cambio, no aparecían por ninguna parte. Para mí fue, en cierto modo y al comienzo, una decep- ción encontrarme con ese tipo de estudios. Los cursos de Introducción a la Filosofía, Filosofía Antigua y Lógica eran muy buenos y en el caso de la lógica bastante matema- tizados, con axiomas y demostraciones de teoremas. También teníamos Sociología y Psicología, pero esos cursos no eran particularmente buenos, al menos para nosotros.
Entonces fue una decepción, pero también un aprendizaje muy importante: entender que la filosofía no era solo el existencialismo, ni la pregunta por el sentido de la vida humana o el absurdo, sino que era también un método, una disciplina con objetos diversos. En el pregrado tuvimos en realidad muy buenos profesores. Junto a Narvarte estaba Juan Rivano, que influía mucho en los estudiantes, se dedicaba a la filosofía inglesa y la lógica. También tuvimos a Félix Schwartzmann, filósofo e historiador de la filosofía de las ciencias, y a Jorge Millas, un profesor muy elocuente, con un uso del lenguaje semejante al de Ortega y Gasset. Era un tipo muy notable e influyente a nivel nacional. Recuerdo especialmente las clases de Estética de Luis Oyarzún y luego Félix Martínez Bonati, un profesor que había estudiado en Alemania y luego profesor en Goettingen.
Hacia el final del pregrado tuvimos un seminario en la Facultad de Ciencias Físicas, donde comenzaba el Centro de Estudios Humanísticos. En ese espacio se trabajaba la Fenomenología del Espíritu de Hegel con profesores como Roberto Torretti, Carla Cordua, Marcos García de la Huerta, Arturo Gaete y Fernando Zabala, un profesor notable que volvió de Alemania donde había estudiado con Heidegger. Era un mundo muy inspirador para los jóvenes estudiantes de filosofía, aunque no salíamos mucho del Pedagógico.
E: Su pensamiento ha transitado por diversas áreas del saber: el análisis de prensa, las ciencias sociales, la historia de las ideas y la teoría política. En este sentido, el profesor Claudio Durán lo ha descrito como “un filósofo interdisciplinario” (Durán, 2025, pp. 286–293). ¿Cree usted que esta mirada interdisciplinaria ha enriquecido su labor filosófica y su capacidad de incidir en el debate público? ¿De qué manera esta apertura a distintos campos del saber ha modelado su comprensión de la filosofía y su papel en la vida democrática?
CRS: Esa orientación más interdisciplinaria, por así decirlo, es anterior a mi trabajo con Claudio, pero me pareció un gran acierto suyo describir mi trabajo—y el suyo—de ese modo. En ese sentido me impactó mucho lo que viví en Francia, donde estudié con un sociólogo y filósofo francés, Lucien Goldman. Él era conocido principalmente por su trabajo en sociología de la literatura, pero había escrito antes un libro notable sobre Kant y publicado también un libro muy famoso, El Dios Oculto, sobre Pascal y Racine, en torno a lo que él llamaba la visión trágica del mundo. La relación con la literatura era muy potente en sus cursos: entre otros profesores invitados estuvo Umberto Eco. Nos presentaba una bibliografía muy amplia, en la que estaban La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo de Weber, pero también Claude Lévi-Strauss y la antropología estructural. Se definía como un sociólogo de la literatura y la filosofía, y con él la conexión con las ciencias sociales era muy fuerte.
Eso fue muy importante para formar esa visión. También influyeron mucho los cursos de Félix Schwartzmann sobre filosofía de las ciencias. En el Departamento de Filoso- fía había cierta conexión con la literatura. Por ejemplo, Cástor Narvarte, un profesor de filosofía muy estricto, escribió una novela importante, lo que mostraba su aper- tura. En Francia también me relacioné bastante con el psicoanálisis, siguiendo los cursos de Jean Laplanche y, algunas veces, los de Lacan. Me impresionaron mucho también los cursos de Foucault en el College de France. Todos eso lo incorporé luego en los trabajos que hicimos en Chile con Claudio o Renato Cristi sobre la historia del pensamiento crítico.
E: A diferencia de buena parte de la filosofía contemporánea, que tiende a concebir su tarea como una operación puramente conceptual, orientada a la elucidación abs- tracta de conceptos fundamentales, su enfoque filosófico se articula a partir de una normatividad situada. Esto implica una reflexión que no se ejerce desde la neutra- lidad teórica, sino desde una implicación concreta en el contexto político e histórico en que se inscribe. En este sentido, su labor filosófica responde más a una praxis crítica que a una mera contemplación, asumiendo que, como sostiene Giannini, “el filósofo está implicado, y complicado, en aquello que explica” (Giannini, 1987, p. 17)
¿Diría usted que esa implicación situada del pensamiento transforma también el mo- do en que se concibe la producción de conocimiento filosófico? En otras palabras,
¿qué lugar ocupan la experiencia, el compromiso vital y el contexto histórico en la construcción misma de la verdad filosófica?
CRS: La mención de Giannini es muy importante. Fue mi profesor, aunque más bien de manera circunstancial, en un seminario de lógica matemática. Sin embargo, en el año 71 y luego en el 72, un grupo significativo de profesores decidimos dejar el Pedagógico para fundar otro Departamento de Filosofía, que llegó a ser muy relevante: el Departamento de Filosofía de la Sede Norte. Este nuevo espacio fue dirigido por Humberto Giannini, y desde ahí comenzó a fortalecerse con fuerza la conexión con otras disciplinas. Uno de los nombres claves en ese proceso fue Rafael Parada, psi- quiatra, psicoanalista y filósofo, director de la Clínica Psiquiátrica Universitaria. El Departamento de Filosofía se instaló en un edificio que había quedado vacío en la Facultad de Medicina, muy cerca de la clínica. Esa cercanía facilitó una colaboración muy estrecha entre los filósofos y los psiquiatras y psicoanalistas que trabajaban con Parada. Incluso llegamos a participar en el análisis de pacientes junto a ellos. Todo esto da cuenta de un ambiente profundamente interdisciplinario, que marcó de forma decisiva nuestra formación y nuestras prácticas intelectuales.
La implicación yo la sentí en Francia. Había llegado en el 68, después de mayo, pero el ambiente seguía siendo políticamente muy potente. Fui a estudiar con Ferdinand Alquié, un gran conocedor de Descartes, autor de uno de los libros más importantes sobre él. Alcancé a asistir a un par de clases, pero me di cuenta de que no quería una filosofía tan disciplinar. Entonces recordé que había leído a Lucien Goldmann, discípulo de Lukács, que había estudiado a Pascal y Racine, y que era muy conocido por sus disputas en torno a la sociología de la literatura, sobre todo con el Nouveau roman.
Fui a hablar con él y le dije que quería cambiarme. Hacer algo así, con profesores tan reconocidos, era raro, pero mayo del 68 lo permitía. Goldmann me escuchó, tomó el teléfono y dijo: “Oye Alquié, tengo un chileno que quería estudiar contigo, pero parece que ahora se quiere cambiar”. Así fue como me cambié, con una simple llamada entre dos profesores famosos. El ambiente era muy accesible para los estudiantes en Francia en esa época y mayo del 68 lo permitía.
Ahora bien, la implicación no solo estaba allá. Sobre todo, nos marcó el golpe. Para mí, el golpe militar no dejó ninguna posibilidad moral de no involucrarme en política, en filosofía política, o en una práctica filosófica muy ligada a lo que estaba ocurriendo. Fue un momento muy difícil. El contexto era el de un golpe militar ultraconservador, que dejó fuera a gran parte del mundo académico, y a nosotros nos expulsaron tres años después. Estábamos totalmente limitados en lo que podíamos hacer, no se podía hablar, ´por supuesto, de Marx, de Gramsci, de Althusser ni de pensamiento crítico alguno. En los colegios, la enseñanza de la filosofía se detenía en Descartes, y se lo abordaba como una figura problemática, casi como si hubiese arruinado la disciplina. Ese era el tono. Y con eso crecieron generaciones. No se hablaba de Sartre ni de Nietzsche ni de Marcuse ni Foucault, mucho menos de Marx.
No quedaban muchas opciones, casi no había otra posibilidad ética y política que estar fuertemente en contra de la dictadura. La implicación fue, entonces, inevitable. Yo no veía otra forma de hacer filosofía que no fuera hacer un análisis crítico de las ideas y las acciones que habían llevado a la dictadura y a lo que esta significaba. De ahí salió el libro El pensamiento conservador en Chile con Renato Cristi.
También fue una época ambigua. Estuvimos un tiempo en la Sede Norte, que fue muy valioso. El director era Giannini, y había una absoluta libertad interna en los cursos, nunca se nos limitó. Estábamos o nos creíamos protegidos. Logramos un ambiente muy bueno con los estudiantes: en el fondo, una comunidad de reflexión, donde la mayoría—salvo algunos que nos delataron—compartíamos la misma posición política. Eso fue muy positivo.
Pero claro, al final nos echaron a todos. Entonces se fundaron instituciones distintas, como el Circulo de Filosofía dirigido por el filósofo jesuita y profesor nuestro Arturo Gaete, la Academia de Humanismo Cristiano, donde seguimos trabajando muchos de nosotros, postulando a proyectos de investigación con la Fundación Ford o con CLACSO. No era algo que planeáramos demasiado: era evidente que teníamos que contribuir a entender cómo se había producido la dictadura y qué buscaba política- mente. Estudiamos mucho eso desde la filosofía: la filosofía implícita en los líderes intelectuales del golpe.
E: Si bien su pensamiento se inscribe, en buena medida, en el horizonte del canon político-filosófico occidental—con influencias como Macpherson, Rancière, Mouffe y Lefort—, resulta igualmente destacable su apertura a tradiciones críticas provenientes del pensamiento latinoamericano, las cuales han sido históricamente desplazadas de los espacios de legitimación académica. En este marco, ¿considera usted que la filosofía producida en América Latina ha sido injustamente relegada en los debates teóricos globales? Y, en una perspectiva prospectiva, ¿vislumbra la posibilidad de que dicha tradición logre, en algún momento, ser reconocida como parte constitutiva del canon filosófico contemporáneo?
CSR: Yo creo que tiene que haber un movimiento en esa dirección. En primer lu- gar, la producción filosófica en América Latina es muy potente. Lo que pasa es que pensamos en castellano, y eso de alguna manera lo compartimos con los filósofos españoles. Fuera de Ortega y Gasset, no hay muchos filósofos españoles que sean reconocidos en el mundo anglosajón o francés. Creo que es muy importante revertir esa situación. Porque, claro, los filósofos americanos del siglo XIX están profunda- mente marcados por contradicciones propias de Europa: por ejemplo, el positivismo, en el caso de Valentín Letelier, o el eclecticismo y el utilitarismo, en el caso de Bello. Pero no eran simplemente imitadores: eran personas que leían mucho, que se nutrían intensamente de la filosofía europea más relevante. Basta con considerar que Bello vivió muy cerca de James Mill, el padre de John Stuart Mill. Conoció bien a Bentham y reflexionó sobre algunos de sus escritos, y Bentham era, en ese momento, práctica- mente una figura central de la filosofía europea. Bello recibió una fuerte influencia de ellos, pero tenía la capacidad de discriminar lo que le parecía interesante y lo que no. Se trató de una lectura muy profunda, hecha con criterio, con un espíritu crítico muy agudo y con bastante originalidad. Creo que es perfectamente posible que, en algún momento, se pueda establecer un diálogo filosófico entre figuras como Bentham y Bello, dentro de una historia de la filosofía más abierta. Y hay otros filósofos y pensa- dores latinoamericanos que también tienen importancia por derecho propio. A veces, en mis cursos, yo hablo de Martí, que es un pensador y político cubano muy potente, sin importar desde dónde haya pensado. Eso se ve en América Latina, tanto en figuras más especializadas como en otras de alcance más amplio.
E: Usted ha ejercido como Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades y co- mo Senador Universitario, desempeñando un rol activo en la vida institucional de la Universidad de Chile. ¿Cree que estas experiencias han influido o motivado de algún modo el desarrollo de su pensamiento en torno a la filosofía de la educación?
CRS: Para mí fue muy fuerte el encuentro con algunas investigaciones que se esta- ban haciendo en Francia en esa época, también en el ámbito de la educación. En el año 1971, uno de los ayudantes y colaboradores de Althusser, Pierre Macherey, hizo un curso en la Sorbona sobre una investigación que estaban desarrollando todos los althusserianos, y al que yo asistí. Ese curso se publicó después en dos libros. Uno de ellos, realizado entre 1971 y 1972, se tituló L’école capitaliste en France, y realmente me marcó; me pareció muy notable lo que estaban haciendo con la educación. En Francia, ese trabajo estaba muy vinculado con los sociólogos, como Bourdieu, que escribían sobre las élites universitarias, sobre cómo los universitarios eran herederos de una cultura ilustrada y elitista, por así decirlo. Entonces hablaban de la reproduc- ción: que la escuela no era un agente de cambio social, sino más bien un mecanismo que reproducía las relaciones sociales de producción. Seguí ese curso con mucho in- terés, y me impresionó profundamente; traté de ver cómo eso ocurría en Chile. Ese fue el origen de mi interés, y me pareció que era un trabajo de largo aliento. Durante varios años seguí investigando esas cuestiones, especialmente en torno a la escuela y los procesos de reproducción social.
E: Pero ¿Cree que su experiencia como decano ha influido en su forma de concebir la educación?
CRS: Me ha influido, aunque la mayoría de mis trabajos anteriores, como De la Re- pública al Mercado (2010), los escribí antes de ser senador (2014) y decano (2018). Sin embargo, aprendí mucho durante mi tiempo en el Senado, donde tuve una rela- ción muy cercana con los senadores estudiantiles, a pesar de las diferencias políticas entre senadores. Trabajamos juntos en varios proyectos, como la defensa de la uni- versidad pública frente a la ley de universidades estatales, que proponía un modelo de gobernanza empresarial y eliminaba la participación estudiantil. La universidad se movilizó y logramos cambiar esa propuesta, una experiencia muy fuerte. Como de- cano, en cambio, fue más difícil; estaba en el rol de autoridad y la relación con los estudiantes no fue tan fluida. Muchas organizaciones estudiantiles preferían tomar medidas como paros o tomas antes de dialogar. Fue un aprendizaje, aunque sien- to que, en lo académico, nuestras propuestas no fueron muy escuchadas y no veo grandes cambios posteriores. Esa es mi impresión.
E: Sus críticas a la instalación y consolidación del modelo neoliberal en la educación superior le valieron el apodo de “pitoniso” o “predictor de las protestas estudiantiles”, en referencia a sus tempranas advertencias sobre los efectos estructurales y sociales que dicho modelo acarrearía. ¿Considera usted que sus ideas contribuyeron, de algún modo, a la comprensión o incluso a la gestación de las movilizaciones estudiantiles de 2011 y, más recientemente, del estallido social?
CRS: Me dio mucha risa eso del “pitoniso” Yo era bastante crítico, como muchos otros, del modelo educacional que se implementó durante la transición. Eso está por ejemplo en mi libro De República y el Mercado en educación. Durante el movimiento estudiantil del 2011, yo era director del departamento de filosofía y participé activa- mente; salíamos a la calle junto a estudiantes y profesores en las protestas. Ahora, si realmente logramos influir, no lo sé, pero puede ser.
Se puede decir que en esa época había bastante interés y lectura, sobre todo entre los estudiantes. Me hubiera gustado tener influencia. Una vez Giorgio Jackson intervino en un seminario Iberoamericano después del 2011, y escribió, creo, un artículo al que tituló “Con Atria en la mochila”. Eso me impresionó.
E: En esta misma línea, la genealogía de las ideas republicanas que usted ha de- sarrollado lo ha llevado a afirmar que la educación y lo político están íntimamente vinculados, de modo que las deficiencias estructurales del modelo educativo chileno no solo lo han vuelto escéptico respecto de sus posibilidades transformadoras, sino que también las identifica como una de las causas profundas del malestar social.
¿Cuáles considera usted que son las transformaciones fundamentales que requiere el sistema educativo chileno para dejar de operar bajo la lógica instrumental del merca- do y comenzar a concebirse como una herramienta real de formación para la libertad ciudadana?
CRS: Mi impresión—sobre todo respecto de la Universidad de Chile—es que nos fal- ta alma; no sé cómo decirlo de otra manera. Nos falta un proyecto común. Sé que nunca va a ser completamente común, probablemente será un proyecto que divida, como ocurre siempre, pero debería ser relativamente compartido, algo que motive a las personas a tratar de hacer algo juntos en la universidad. Lo que veo es que la universidad se ha ido transformando en una institución muy burocrática.
Hay un sociólogo o teórico político, Bill Readings, que escribió un libro a comienzos de los 2000 llamado La universidad en ruinas. El título no quiere decir que la universi- dad esté realmente destruida, sino que es más bien una idea posmoderna. ¿Qué son las ruinas? Son estructuras que aún existen, que están ahí y podemos ver, pero que responden a ideas de hace mucho tiempo. Conservan un sentido, pero ese sentido pertenecía más bien al pasado. Esa es la idea que intenta transmitir. Readings plan- tea que una de las transformaciones importantes en la universidad contemporánea es que las figuras centrales ya no son, como lo eran en mayo del 68 o poco después, los estudiantes; ni tampoco los profesores, como en otras épocas. Hoy, quienes lideran son los administradores. La universidad se ha vuelto principalmente una estructura de gestión, y eso es lo que a mí más me llama la atención. Piensa, por ejemplo, en la lucha contra la dictadura—cuando nos terminaron echando a todos—. En esa época había algo, una energía distinta. Tú sabías que si decías algo sobre el conservadu- rismo chileno en clases, o si se hablaba de Gramsci, estabas diciendo algo que era importante, tanto para nosotros como para los estudiantes. Eso ya no lo siento hoy.
E: ¿Cree usted que sería posible recuperar ese espíritu universitario del que habla, considerando que hoy muchos estudiantes parecen más conectados con causas socia- les o experiencias que no siempre encuentran un espacio dentro de la vida académica, como ocurre, por ejemplo, con quienes provienen de contextos rurales o de regiones?
¿Podría esa desconexión entre la universidad y sus antiguos ideales ayudar a explicar, al menos en parte, el fracaso de los procesos constitucionales?
CRS: Nosotros hacemos un curso con un grupo de ex senadores universitarios con quienes nos hicimos muy amigos: Mercedes López, de Medicina, y Claudio Gutiérrez, de Ingeniería. El curso ya lleva más de diez años, y ahora también se sumó Alan Mar- tin. Incluso escribimos un libro a partir de esa experiencia. Una de nuestras mayores preocupaciones en este curso ha sido cómo sacar a la universidad de esta especie de burocratización, aunque no es algo que tengamos del todo claro.
Lo que sí es evidente es que hubo momentos en que eso que mencionas—una conexión más vital, más comprometida—efectivamente existía, incluso a nivel micro. Nuestra experiencia en el Senado Universitario fue un poco eso: sentíamos que tirábamos el carro en otra dirección, que empujábamos algo que a nosotros nos interesaba de verdad. Después no resultó, claro, pero había algo. En cambio, hoy esa conexión me parece muy escasa, o bien muy circunstancial, como en el caso de los movimientos pro Palestina.
Y creo que tienes toda la razón al vincular eso con lo que pasó en el primer proceso constitucional. Ese proyecto fue obra de una élite de izquierda—o de la nueva izquier- da—sin conexión real con el sentido común del ciudadano de a pie, del pueblo, no de la élite. Es algo que veo con mucha claridad hoy, sobre todo en mi relación con los estudiantes. Bueno, tengo 81 años; tampoco puedo esperar tener la misma conexión que antes con el estudiantado. Pero aun así, es algo que se nota.
A propósito de lo que mencionaron sobre lo rural, en el curso que comenté solemos cerrar con una clase en la que los estudiantes presentan su proyecto de investiga- ción. Y en los últimos años ha aparecido con mucha fuerza el tema de las regiones. Muchos de ellos relatan las dificultades que enfrentan por venir de fuera de Santia- go: lo que implica trasladarse, convivir con los santiaguinos y, sobre todo, el tema de las discriminaciones. Partiendo por lo más básico: es una inversión muy grande para ellos.
E: Usted ha sido un crítico del modelo elitista de democracia implementado en Chile post-dictadura, pero también se muestra reticente ante un modelo que amplíe exce- sivamente la democracia participativa en todos los niveles ¿Qué tipo de modelo de- mocrático considera viable para superar las limitaciones del sistema actual, pero sin caer en formas de participación que puedan comprometer la eficacia institucional?
CRS: Yo no tengo ningún problema con la participación. En Derecho, por ejemplo, hay una situación complicada : hay muchos profesores, incluso el decano, que no están de acuerdo con el hecho de que existan representantes estudiantiles y de los funcionarios en los Consejos de Facultad. A mí, en cambio, me parece bien la participación, la incentivamos hace tiempo, es cierto, desde el Senado.
Lo que sí me preocupa es esta polarización. Esto ya se hablaba en la época de la UP: por un lado, ves cómo la derecha avanza hacia la ultraderecha, y eso es lo que más ha crecido últimamente. En el caso de la izquierda, no ocurre lo mismo, pero también hay señales preocupantes. Por ejemplo, la candidatura de Jeannette Jara también recogía ciertos elementos más propios de una izquierda extrema que de una opción de centro. Y, mientras tanto, el centro, como lo representa Toha, sacó muy pocos votos, y eso me preocupa.
Veo un problema para la democracia con esta polarización. El caso de Trump es un ejemplo de que la democracia liberal no está funcionando bien: el parlamento está dominado por Trump y el Ejecutivo, y con la Corte Suprema ocurre algo parecido. En lo que he estado trabajando últimamente es en cómo defender una democracia que valga la pena, que no sea una cosa elitista, como lo fue muy fuertemente durante la Concertación. Ese, me parece, fue un poco el error de Toha. Yo voté por ella, pero cuando uno miraba su equipo de asesores, veía a Andrés Velasco y a otros economistas de la derecha de la Concertación. Toha quizás quiso reconstruir la Concertación, y yo creo que eso no tiene destino hoy.
Tenemos que buscar otro proyecto, uno más igualitario. pero que no deje de lado la democracia, como ocurre en Venezuela o Hungría, donde hay elecciones, sí, pero completamente manipuladas. Eso es lo que me preocupa, no la participación, al con- trario. Pero la democracia, además, es bastante ineficiente. Por ejemplo, en el tema de la seguridad, no resulta muy eficaz. Pero, ¿vamos a terminar obrando como Bukele? Bukele no respeta ningún derecho: hay personas que van a la cárcel sin haber sido juzgadas. Es muy rápido, pero muy malo. Yo veo que la democracia está perdiendo interés. Entre los estudiantes, por ejemplo, ya no es un tema que los motive.
E: Profesor, al igual que muchos otros académicos, usted fue desvinculado de la Uni- versidad de Chile en 1975 por razones políticas, durante el rectorado designado por el régimen militar, encabezado por el coronel Julio Tapia Falk. Como es bien sabido, esta intervención autoritaria afectó profundamente a las instituciones de educación superior y paralizó el desarrollo de la filosofía crítica (cf. Devés & Salas, 1990). ¿Cómo describiría la experiencia de hacer filosofía política bajo las condiciones impuestas por la dictadura cívico-militar?
CRS: Como diría Galileo: “Eppur si muove”. Sin embargo, lo hicimos, no sé cómo. Había una conexión muy fuerte entre los profesores que éramos opositores a la dic- tadura y los estudiantes, que en general también se oponían. Eso fortaleció mucho el vínculo. En ese contexto, muchos de nosotros seguíamos haciendo clases fuera de la universidad; realizábamos cursos en nuestras casas, hasta que ya no hubo for- ma de continuar. Esa relación con los estudiantes fue muy buena. Sentíamos que los temas que debíamos tratar eran también los que ellos sentían como urgentes. Y como estábamos fuera de la universidad, no había autoridades que nos vigilaran o restringieran.
Claro que fue difícil, porque se creó una suerte de institucionalidad muy precaria a nivel latinoamericano. Por ejemplo, se financiaban proyectos de investigación de forma muy modesta, pero algo se pagaba, lo justo como para mantenerse dentro de una línea de trabajo académico.
Lo otro que hice fue trabajar en colegios. Eso dependía de tus contactos. Por ejemplo, trabajé en la Scuola Italiana, gracias a Giannini. También en La Maisonette, donde trabajamos con mi gran amiga y colega Angélica Edwards. Estuvimos ahí hasta que tuvimos problemas con la dirección y nos echaron a los dos. Era todo muy precario, hasta que llegué al colegio Andacollo, en Mapocho, que dependía del Saint George. Ahí las autoridades eran más cercanas a nosotros, había gente de nuestra postura política. Por ejemplo, el cura Gerardo Whelan. No nos pagaban nada, pero igual era algo que sentíamos importante, hacíamos las clases con mucho entusiasmo.
E: ¿Cómo lograban llevar adelante una clase en un contexto en que la figura del delator estaba siempre latente?
CRS: Nunca lo pudimos demostrar, pero teníamos la sospecha de que existía un pequeño grupo de estudiantes cuya función era delatar, más que simplemente ser estudiantes que delataban. De hecho, en la Sede Norte nos echaron a todos. Algo debió haber pasado. Yo creo que sí los había, aunque nosotros no nos cuidábamos tanto, preferíamos pensar bien de nuestros estudiantes.
Existía un miedo real, sobre todo porque, de vez en cuando, la mano de la dictadura caía sobre alguno de nosotros. A nosotros no nos pasó nada tan terrible, pero nos expulsaban. A profesores individuales los iban echando, hasta que quedaron solo dos o tres de un total de veintinueve. Algunos se salvaron porque estaban fuera de Chile y no podían expulsarlos. Recuerdo dos amigos míos: Celso López y Renato Cristi. Con Celso no recuerdo bien qué pasó, pero lo echaron cuando volvió. Renato, en cambio, volvía un par de veces entre medio para hacer cursos, estaba trabajando en una tesis sobre filosofía del derecho. Y cuando volvió definitivamente con toda su familia, por ahí por febrero del 80 o 81, el decano Joaquín Barceló lo echó. En vez de advertirle antes de que se viniera y tener la gentileza de decirle: “no vuelvas”, lo dejó llegar y lo echó. Esta historia muestra claramente el trato que se daba en la dictadura.
E: En el mismo sentido de la pregunta anterior, ¿cree usted que un contexto de re- presión y persecución ideológica—lo que Jorge Millas denominó una “universidad vi- gilada”—coarta las posibilidades de ejercer la labor filosófica? ¿O, por el contrario, puede representar un “acontecimiento filosófico” que nos desafía a pensar con mayor profundidad y compromiso?
CRS: Sartre decía algo muy interesante sobre los años de la ocupación nazi en Fran- cia. Decía que también ellos vivieron esa especie de vida submarina, de tener que hacerlo todo clandestinamente. Y afirma: “nunca fuimos más libres que bajo la ocu- pación”. Quizás eso sea cierto hasta cierto punto, porque en esas condiciones las ideas eran más claras, todo se volvía muy evidente: quién estaba a favor y quién no, lo que definía con quién te aliabas y con quién no. Había una relación muy próxima, porque existían comunidades objetivas.
Pero igual fue terrible. Ganábamos apenas lo justo para sobrevivir, y eso también interrumpía la posibilidad de hacer filosofía, porque no te dejaba tiempo. Uno tenía que aprovechar las vacaciones—si es que las tenía—para escribir o investigar. Fue una época difícil para la filosofía. Eso de que las dictaduras “dejan libertades” es relativo. En cierto sentido, uno tenía más claro de qué lado estaba, y eso también definía tu libertad.
Uno de los temas que surgió en los años ochenta fue el llamado “apagón cultural”. Fue un eslogan que comenzó a circular en revistas y diarios de centroizquierda que aún subsistían. Se refería a todo lo que tuviera que ver con cine, teatro, espacios públicos, e incluso la universidad. En las universidades ocurrió lo mismo: los que quedaron eran un grupo muy pequeño, gente ultraderechista como Jaime Guzmán, que sin duda era muy brillante, pero la mayoría eran como Eichmann. Ustedes han leído La banalidad del mal: esa infinita mediocridad de la gente que, sin pensar o por oportunismo, apoyaba a los dirigentes vinculados a la dictadura. Por eso se hablaba de apagón: porque no había pensamiento. No había pensadores.
E: Por último, quisiéramos preguntarle: ¿qué proyectos de investigación contempla desarrollar en el futuro? ¿Existen temas que le parezca más urgentes de abordar en nuestro contexto filosófico y político actual?
CRS: Yo creo que es importante pensar sobre la democracia, porque corre el peligro de volverse un régimen agotado. Hoy las elecciones, los partidos y todo ese andamiaje institucional están bastante venidos a menos. Por eso hay que pensar la democracia de otra manera, aunque sin desechar del todo algunos elementos de las democracias
liberales que siguen siendo fundamentales. Por ejemplo, Estados Unidos nos muestra lo importante que es mantener la separación de los poderes del Estado: de lo con- trario, surgen las dictaduras. Lo mismo ocurre con las elecciones: unas elecciones manipuladas no son nada, como en Venezuela, donde no hay actas, ni garantías mí- nimas. Y no es algo nuevo: la Asamblea Legislativa también fue elegida de esa manera. Algo parecido ocurrió en Hungría, y seguramente también en Rusia.
Entonces, ¿qué sentido tiene decir que Netanyahu es un presidente elegido democrá- ticamente? ¿Qué importa si lo fue? Bueno, importa en un sentido mínimo, pero eso no impide que esté cometiendo un genocidio en Gaza. Eso quiere decir que incluso los presidentes elegidos democráticamente pueden cometer genocidios. Entonces, ¿cómo entender la democracia de manera que sea incompatible con un proyecto genocida?
Yo creo que la democracia está en grave peligro. Es un tema complejo. Miguel Aben- sour habla de la idea de una democracia insurgente, una democracia salvaje. Yo creo que por ahí habría que buscar. En todo caso, debe ser un sistema donde las elec- ciones sigan funcionando, porque si no hay elecciones, un grupo se hace uno con el poder . Y no importa cuán progresistas sean: ya sabemos lo que pasó en la URSS. Los bolcheviques eran sin duda progresistas, y aun así llegó Stalin, y después otros más.
Claude Lefort dice que en la democracia el lugar del poder es un lugar vacío. Puede sonar raro, pero lo que está diciendo es que ese lugar no puede ser ocupado de forma permanente, ni por un partido que no lo suelte más, ni por un monarca como era antes. Creo que eso es justamente lo que preservan las elecciones. Desgraciadamente, las elecciones no aseguran que todo salga bien, pero su ausencia es aún peor.
Lo que necesitamos es ir más allá. Eso es lo que a mí me gustaría investigar ahora: por qué el siglo XX derivó en el totalitarismo, cómo se llegó a eso, cómo se pasó de proyectos transformadores a sistemas autoritarios. Hay que reformar la democracia, pero también hay elementos que hay que defender con fuerza hoy.
E: Si en la democracia el poder es un lugar vacío, como dice Lefort, ¿cómo se compa- tibiliza eso con la necesidad de proyectos políticos de largo plazo?
CRS: Ese también es uno de los grandes dilemas. Piensen, por ejemplo, en el pro- yecto socialista de Allende que tenía muy claro que dejaría el poder en 1976. Lo dijo muchas veces, y yo creo que efectivamente lo iba a hacer. Pero ahí aparece el proble- ma, cuando se concibe un proyecto comunista o socialista como algo “genial”, como un ideal profundamente transformador, ¿cómo se acepta que pueda ser juzgado por elecciones? Si no hay control democrático, uno termina en algo dictatorial. Pero, al mismo tiempo, también es cierto que hay una tensión real: un proyecto importante en términos de igualdad, que busca una transformación profunda, puede ser derrotado por alguien que con un discurso sobre la seguridad levanta fantasmas y lo desbanca. Pero no convence tampoco una dictadura de la igualdad. La libertad y la igualdad nos parecen ambos centrales.
La política es difícil de concebir. Hay formas de dominación que operan desde lo simbólico, desde el clima político que se instala. Por ejemplo, lo que ocurrió con la elección de Jara: da la impresión de que ciertos efectos del estallido de octubre aún persisten en la izquierda chilena. Aunque ya no estemos en ese momento, hay un clima que se creó en ese entonces y que todavía sigue operando, incluso años después. Lo mismo ocurre al revés: se instala un clima de temor, por ejemplo, con el tema de la delincuencia y el narcotráfico, y de pronto ese clima baja, se disipa. No se puede sostener todo el tiempo. Estamos en una situación política sumamente compleja y volátil. Por eso comprender bien el sentido de la política es fundamental.
Agradecimientos
Deseamos expresar nuestro agradecimiento al profesor Ruiz Schneider por su ama- ble disposición a concedernos esta entrevista, la cual tuvo lugar en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile el día lunes 21 de julio de 2025.
Referencias
Aguirre, M., & Sánchez, C. (Eds.) (2025). Carlos Ruiz Schneider. Filósofo de la demo- cracia y la educación. Doble Ciencia Editorial.
Cristi, R., & Ruiz Schneider, C. (2015). El pensamiento conservador en Chile. Seis ensayos. Universitaria.
Devés, E., & Salas, R. (1990). La filosofía en Chile (1973-1999). Cuadernos Hispano- americanos, (482–483), 71–80.
Durán, C. (2025). El desarrollo temprano del trabajo filosófico interdisciplinario de Carlos Ruiz Schneider. En M. Aguirre, & C. Sánchez (Eds.), Carlos Ruiz Sch- neider. Filósofo de la democracia y la educación (pp. 286–293). Doble Ciencia Editorial.
García de la Huerta, M., & Ruiz Schneider, C. (Eds.). (2011). República, liberalismo y democracia. LOM.
Giannini, H. (1987). La “refiexión” cotidiana. Hacia una arqueología de la experiencia.
Universitaria.
Ossandón, C., & Ruiz Schneider, C. (2013). Andrés Bello. Filosofía pública y política de la Letra. FCE.
Ruiz Schneider, C. (2010). De la República al Mercado: ideas educacionales y política en Chile. LOM.
Esta obra está bajo una licencia Creative Commons «Atribu- ción 4.0 Internacional».


Deja un comentario