Ontología del color y tesis de la continuidad: relacionalismo adverbial como fusión de estilos de razonamiento. Rodolfo Aldea

orcid logo Rodolfo Aldea es Doctor en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado (UAH). Miembro de: La Asociación Latinoamericana de Filosofía Analítica (ALFAn); Red Latinoamericana en Filosofía y Psiquiatría (RLFP); La Sociedad Chilena de Filosofía de las Ciencias (SOCHIFIC); Grupo de Investigación Santiago Mind and Cognition (SM&C). Email:  roaldea@uahurtado.cl. ORCID: 0009-0002-7506-8504

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Aldea, R. (2026). Ontología del color y tesis de la continuidad: relacionalismo adverbial como fusión de estilos de razonamiento. Revista de Filosofía Homónima, 1(1), pp. 112 – 127. https://doi.org/xxxxxxx [Por asignar]

 

 


ONTOLOGÍA DEL COLOR Y TESIS DE LA CONTINUIDAD: Relacionalismo adverbial como fusión de estilos de razonamiento[1]

Rodolfo Aldea[2]

Universidad Alberto Hurtado

Resumen

 

Este artículo propone una lectura metafilosófica del debate ontológico sobre el color, centrada en los «estilos de razonamiento» (Hacking, 1992) que subyacen al conflicto histórico entre Helmholtz y Hering. Frente al estancamiento entre objetivismo, eliminativismo y relacionalismo, se argumenta que el problema no radica tanto en la localización ontológica del color cuanto en una tensión metodológica entre un estilo fisicalista —que prioriza la explicación causal externa— y uno fenomenológico —que parte de la estructura interna de la experiencia vivida. Inspirado en la tesis de la continuidad de Quine (1957), se sostiene que esta tensión puede resolverse al concebir la ciencia perceptiva no como sustituta del sentido común, sino como su extensión crítica y sistemática. En este marco, el relacionalismo adverbial emerge como la articulación ontológica más coherente de dicha continuidad, redefiniendo el color como un modo interactivo de aparición perceptual. Esta estrategia no solo disuelve el problema ontológico tradicional, sino que invita a una metafilosofía naturalizada que integra estilos opuestos en una metodología unificada, con implicaciones para dominios afines como la ontología de la emoción.

Palabras clave: metafilosofía; estilos de razonamiento; ontología del color; conflicto Helmholtz-Hering; tesis de continuidad; relacionalismo adverbial.

 

 

Ontology of color and the continuity tesis

 

Abstract

 

This article proposes a metaphilosophical reading of the ontological debate on color, centered on the «styles of reasoning» (Hacking, 1992) underlying the historical conflict between Helmholtz and Hering. Faced with the stalemate between objectivism, eliminativism, and relationalism, it is argued that the problem lies less in the ontological location of color than in a methodological tension between a physicalist style—prioritizing external causal explanation—and a phenomenological one—starting from the internal structure of lived experience. Inspired by Quine’s «thesis of continuity» (1957), it is maintained that this tension can be resolved by conceiving perceptual science not as a substitute for common sense, but as its critical and systematic extension. Within this framework, adverbial relationalism emerges as the most coherent ontological articulation of such continuity, redefining color as an interactive mode of perceptual appearance. This strategy not only dissolves the traditional ontological problem but also invites a naturalized metaphilosophy that integrates opposing styles into a unified methodology, with implications for related domains such as the ontology of emotion.

Keywords: metaphilosophy; styles of reasoning; color ontology; Helmholtz-Hering conflict; continuity thesis; adverbial relationalism.

1. Introducción

El debate ontológico sobre el color se ha caracterizado por una persistente oscilación entre posiciones que intentan localizar esta cualidad sensible en el mundo objetivo, en la mente subjetiva o en alguna relación intermedia. Sin embargo, tras décadas de refinamientos teóricos —desde el objetivismo fisicalista de Byrne y Hilbert (2003, 2021) hasta las defensas primitivistas de Allen (2016) o Gert (2017)— el campo parece atrapado en un punto muerto, donde cada teoría enfrenta objeciones que la remiten invariablemente a sus rivales. Sostengo que este impasse no es meramente accidental, sino el síntoma de una tensión metafilosófica más profunda: un choque entre estilos de razonamiento opuestos que estructuran implícitamente el modo en que abordamos la percepción cromática. Siguiendo a Hacking (1992, pp. 1-4), estos estilos representan marcos conceptuales históricos que determinan qué cuenta como evidencia válida y cómo se construyen las explicaciones, manifestándose en el legado del conflicto entre Helmholtz y Hering.

Helmholtz representaba un estilo fisicalista y causal-externo que priorizaba la explicación de la percepción cromática como un proceso inferencial inconsciente a partir de estímulos físicos externos, tratando el ojo como un instrumento pasivo que reconstruye el mundo objetivo mediante mecanismos causales reductivos. Por el contrario, Hering encarnaba un estilo fenomenológico y estructural-interno que tomaba la experiencia vivida como dato primordial, centrándose en la organización oposicional interna de los fenómenos cromáticos (como los pares rojo-verde y azul-amarillo) y considerando que dicha estructura revela propiedades fundamentales de la visión sin necesidad de subordinarla inmediatamente a causas físicas externas.

Esta diferencia no era solo técnica o empírica, sino que reflejaba estilos de razonamiento distintos en el sentido de Hacking (1992): mientras el helmholtziano considera evidencia legítima principalmente los datos físicos medibles y las cadenas causales externas, subordinando la apariencia fenomenológica a procesos reductivos impersonales, el heringiano valida como punto de partida epistemológico la descripción rigurosa y sistemática de la estructura interna de la experiencia, sin requerir su traducción inmediata a términos físicos. Tal conflicto de estilos persiste en las teorías contemporáneas del color, como ha analizado recientemente Gutiérrez (2021, pp. 40-50).

Ahora bien, sostengo que esta tensión no es irresoluble. La hipótesis central de este trabajo es que puede superarse mediante una metodología inspirada en la tesis de la continuidad de Quine (1957, p. 5), la cual postula que la ciencia no reemplaza al sentido común, sino que lo extiende de manera crítica y sistemática. Bajo esta perspectiva metafilosófica, el enfoque fenomenológico de Hering no se opone al fisicalismo helmholtziano, sino que lo complementa como una forma legítima de refinamiento perceptivo, tal como sugieren análisis recientes sobre estilos de razonamiento en la visión del color (Pelucchi et al., 2024). De este modo, el relacionalismo adverbial —particularmente en la versión de Chirimuuta (2015, p. 139, 2020)— se presenta no como una teoría ontológica adicional, sino como la articulación natural de esta continuidad metodológica, al redefinir el color como un modo de aparición interactiva en lugar de una propiedad estática.

Para desarrollar esta propuesta, el artículo se organiza de la siguiente manera. La Sección 2 examinará en detalle el choque de estilos de razonamiento, ilustrando cómo las teorías contemporáneas del color heredan los legados de Helmholtz y Hering. La Sección 3 introducirá la tesis de la continuidad quineana como herramienta metafilosófica para mediar esta tensión, argumentando que el método de Hering ejemplifica una extensión sistemática del sentido común. La Sección 4 defenderá el relacionalismo adverbial como la culminación ontológica de este enfoque continuista. Finalmente, la Sección 5 ofrecerá conclusiones sobre las implicancias de esta metodología para la filosofía de la percepción en general.

2. El Conflicto de las Imágenes y los Estilos de Razonamiento en la Percepción

El estancamiento en la filosofía del color puede interpretarse como un caso paradigmático de la tensión que Wilfrid Sellars (1963, pp. 5-10) describió entre la imagen manifiesta —el marco conceptual cotidiano poblado por cualidades sensibles como los colores— y la imagen científica —la teorización de un mundo de procesos causales impersonales. Sin embargo, la naturaleza exacta de esta imagen manifiesta, especialmente respecto al color, dista de ser unívoca; estudios en filosofía experimental han comenzado a cuestionar si las creencias intuitivas sobre el color son tan objetivistas como se presupone tradicionalmente (Roberts & Schmidtke, 2019; Adams & Hansen, 2020). En contraste, la imagen científica reduce el color a fenómenos físicos como reflectancias espectrales o longitudes de onda, priorizando explicaciones causales que a menudo marginan la experiencia vivida.

Siguiendo a Hacking (1992, p. 19) esta brecha entre imágenes no es solo descriptiva, sino que refleja un choque fundamental entre estilos de razonamiento, esto es, marcos históricos que definen qué se considera evidencia legítima y cómo se construyen las hipótesis. En el contexto de la percepción del color, este choque se remonta al siglo XIX con las figuras de Hermann von Helmholtz y Ewald Hering. Helmholtz, representante de un estilo fisicalista, abordaba la visión como un proceso inferencial donde el ojo actúa como un instrumento pasivo que recibe estímulos luminosos, reconstruyendo el mundo externo a través de mecanismos causales inconscientes. Su enfoque, heredero de la tradición newtoniana, prioriza la explicación reductiva: el color se reduce a propiedades físicas como longitudes de onda o reflectancias, integrando la percepción en un marco científico impersonal (Byrne & Hilbert, 2021; Sharp, 2023).

En oposición, Hering defendía un estilo fenomenológico que parte de la experiencia vivida como dato primordial, enfatizando la estructura interna de la percepción cromática —como los pares oponentes rojo-verde y azul-amarillo— sin subordinarla inmediatamente a causas físicas externas. Este enfoque no rechaza la ciencia, sino que la reorienta hacia un análisis descriptivo riguroso de la apariencia, cuestionando la primacía de las explicaciones causales sobre la fenomenología (Conway et al., 2023). Como ha argumentado Gutiérrez (2021, p. 52), esta controversia no fue meramente técnica, sino un conflicto profundo de estilos de razonamiento que persiste en las teorías contemporáneas del color. Así, el objetivismo fisicalista (e.g., Jackson, 2019; Byrne & Hilbert, 2021) hereda el legado helmholtziano al privilegiar como evidencia legítima las propiedades físicas medibles (como reflectancias espectrales) y buscar una explicación reductiva que subsume la apariencia cromática bajo cadenas causales externas impersonales. Por su parte, versiones primitivistas o relacionalistas (e.g., Gert, 2017; Chirimuuta, 2020) resuenan con el estilo heringiano al tomar la estructura interna de la experiencia vivida como dato epistemológico primordial, defendiendo su irreductibilidad y cuestionando la necesidad de reducirla inmediatamente a términos físicos.

La persistencia de este conflicto en la ontología perceptual contemporánea no solo ilustra la durabilidad de estos estilos de razonamiento, sino que también revela una dimensión metafilosófica crucial, a saber: la forma en que nuestros métodos filosóficos predeterminan las posibles soluciones. Por ejemplo, defensas recientes del objetivismo fisicalista, como las de Jackson (2019) o Watkins y Shech (2025), continúan privilegiando un estilo helmholtziano al buscar reducir el color a propiedades conmensurables como reflectancias espectrales, asumiendo que la imagen científica debe subsumir por completo la manifiesta.

En cambio, enfoques como el de Chirimuuta (2024, p. 98), con su giro neopragmatista, incorporan implícitamente elementos heringianos al enfatizar la irreductibilidad de la experiencia y cuestionar metafilosóficamente el estatuto mismo del debate ontológico tradicional. En particular, estos enfoques sugieren que dicho debate —con su oscilación aparentemente ineludible entre objetivismo, eliminativismo y relacionalismo— podría ser en gran medida un artefacto de la adopción exclusiva de estilos de razonamiento reductivos (principalmente helmholtzianos), que presuponen que la única forma legítima de explicación científica consiste en reducir la apariencia fenomenológica a propiedades físicas externas medibles, marginando así dimensiones estructurales y contextuales de la percepción que no encajan en ese marco.

Al considerar estos estilos reductivos como inadecuados —no por falsos, sino por parciales e insuficientemente inclusivos— tales enfoques reconfiguran el problema ontológico, i.e., deja de ser un dilema sustantivo sobre la localización del color para convertirse en una tensión metodológica superable mediante la integración de estilos opuestos. Esta dinámica sugiere que resolver el impasse requiere una metafilosofía explícita que examine y reconcilie estos estilos de razonamiento, en lugar de perpetuar su oposición.

3. La Tesis de la Continuidad Quineana como Puente Metafilosófico

La clave para superar el conflicto entre estilos de razonamiento radica en adoptar una perspectiva metafilosófica inspirada en la tesis de la continuidad de W. V. Quine (1957, p. 5), quien argumentaba que la ciencia no es una ruptura radical con el sentido común, sino su refinamiento sistemático y crítico. En el contexto de la ontología perceptual, esta tesis implica que el estilo fenomenológico de Hering no contradice el fisicalismo helmholtziano, sino que lo extiende al incorporar un análisis riguroso de la experiencia como base para hipótesis científicas más inclusivas. Lacey (2021), en su exploración neoquineana de la metaontología, refuerza esta idea al proponer que compromisos ontológicos como los del color deben evaluarse en términos de continuidad pragmática, evitando dualismos —y consecuentes conflictos— innecesarios entre lo manifiesto y lo científico.

Esta reinterpretación quineana no solo ofrece un puente conceptual entre estilos opuestos, sino que también invita a una metafilosofía naturalizada, en la línea de Maddy (2007, pp. 86-91), donde la filosofía examina sus propios métodos como extensiones del razonamiento ordinario. Aplicado al color, el estilo de Hering —con su énfasis en la fenomenología descriptiva— se revela como una encarnación de esta continuidad quineana, i.e., lejos de constituir un rechazo subjetivista o una alternativa ontológica irreconciliable con el fisicalismo helmholtziano, representa un refinamiento sistemático del sentido común perceptivo que integra la experiencia vivida como evidencia legítima dentro del marco científico más amplio.

Esta lectura continuista se justifica porque el enfoque de Hering no introduce compromisos ontológicos dualistas ni niega la relevancia de los mecanismos causales externos, sino que los complementa al sistematizar la estructura fenomenológica (e.g., pares oponentes rojo-verde, azul-amarillo) como dato empírico que cualquier teoría científica completa debiera acomodar. Precisamente esta integración se evidencia en modelos matemáticos recientes de percepción cromática (Pelucchi et al., 2024), que incorporan explícitamente las estructuras oponentes heringianas dentro de marcos computacionales y empíricos más amplios, sin reducirlas eliminativamente ni tratarlas como incompatibles con explicaciones físicas causales, sino como refinamientos que enriquecen la predicción y comprensión científica del color. Así, la tesis de continuidad disuelve la aparente oposición al tratar el conflicto Helmholtz-Hering no como un dilema ontológico insoluble, sino como etapas complementarias en una metodología perceptual unificada.

De este modo, la ontología del color deja de ser un problema de localización estática —objetiva o subjetiva— para convertirse en una cuestión de integración pragmática. Siguiendo a Carranante (2020), quien aplica perspectivas quineanas a la ingeniería conceptual en percepción, podemos argumentar que compromisos metafilosóficos como estos permiten redefinir categorías perceptuales sin caer en reduccionismos, fomentando una continuidad que valora tanto la evidencia causal (helmholtziana) como la estructural (heringiana). Esta aproximación no solo resuelve tensiones internas en la filosofía del color, sino que también abre vías para extender el análisis a otros dominios ontológicos, como la emoción, donde patrones similares de estilos opuestos persisten.

En última instancia, esta metodología continuista, al disolver dualismos metafilosóficos entre estilos de razonamiento, permite una reevaluación de la ontología perceptual que prioriza la funcionalidad pragmática sobre la localización absoluta. Inspirados en enfoques neoquineanos como los de Lacey (2021), podemos concebir la percepción del color no como un dominio fragmentado por conflictos históricos, sino como un continuum donde el análisis heringiano enriquece el helmholtziano, generando hipótesis más robustas que integran evidencia fenomenológica con mecanismos causales. Esta perspectiva no solo resuelve tensiones internas en la filosofía del color, sino que también establece un marco metafilosófico extensible, donde la continuidad quineana actúa como herramienta crítica para examinar cómo nuestros métodos filosóficos evolucionan a partir del sentido común hacia explicaciones sistemáticas.

4. El Relacionalismo Adverbial como Culminación Ontológica de la Continuidad

Bajo el lente de esta metodología continuista, el relacionalismo adverbial se erige no como una posición ontológica entre muchas, sino como la expresión natural de una metafilosofía que reconcilia estilos opuestos. Siguiendo a Chirimuuta (2015, p. 187, 2020), esta variante del relacionalismo redefine el color no como una propiedad inherente a los objetos o mentes, sino como un modo de aparecer en la interacción perceptual entre observador, objeto y entorno. Esta concepción adverbial —donde el color se describe en términos relacionales como apareciendo-rojo-para-un-sujeto-en-ciertas-condiciones— evita los reduccionismos del estilo helmholtziano al incorporar la irreductibilidad fenomenológica heringiana, alineándose con la tesis quineana al tratar la experiencia cromática como una extensión pragmática del sentido común perceptivo.

Esta redefinición adverbial no solo resuelve tensiones ontológicas tradicionales —como las variaciones perceptuales sin color objetivo, tal como explora Brown (2022)— sino que también encarna una metafilosofía de la continuidad al fusionar metodológicamente estilos de razonamiento aparentemente irreconciliables. Ahora bien, lejos de constituir un mero reemplazo del estilo helmholtziano por el heringiano, esta fusión conserva elementos centrales del primero —la relevancia explicativa de los mecanismos causales externos (reflectancias espectrales, condiciones de iluminación, procesos neurofisiológicos) como factores que co-determinan la aparición cromática— mientras integra los del segundo —la irreductibilidad estructural de la experiencia fenomenológica (organización oposicional, constancias perceptivas) como dato que modula y enriquece dicha explicación causal—. En el relacionalismo adverbial, el color se concibe como un modo interactivo de aparición (apareciendo-rojo-de-tal-manera-en-tales-condiciones), donde los factores físicos helmholtzianos se mantienen como condiciones necesarias, pero se subordinan funcionalmente a una descripción relacional que incorpora la perspectiva heringiana sin reducirla eliminativamente. De este modo, Chirimuuta (2015, 2020, 2024) logra una síntesis continuista que no privilegia un estilo sobre el otro, sino que los unifica en una metodología híbrida más inclusiva.

Dicho de otro modo, en el marco helmholtziano, el color se reduce a causas físicas externas, pero el enfoque adverbial integra esta causalidad con la fenomenología heringiana, tratando la experiencia cromática como un proceso relacional que emerge de interacciones contextuales. Chirimuuta (2024), en su defensa neopragmatista, refuerza esta integración al argumentar que el color no requiere una “localización” metafísica estática, sino una descripción funcional que extiende el sentido común perceptivo hacia explicaciones científicas, alineándose con la tesis quineana de refinamiento sistemático sin ruptura.

Desde esta perspectiva metafilosófica, el relacionalismo adverbial disuelve el problema ontológico al cuestionar los presupuestos mismos de los estilos opuestos, en la medida en que, en lugar de oponer lo causal a lo estructural, propone una metodología híbrida donde la percepción del color se entiende como un continuum pragmático en el que los factores biológicos (e.g., adaptación cromática y sensibilidad individual de los conos), ambientales (e.g., condiciones de iluminación y reflectancias espectrales variables) y culturales (e.g., categorización lingüística y convencional del color, como los estudios sobre variabilidad intercultural en la percepción de azules y verdes) co-determinan el modo interactivo de aparición cromática. Esta aproximación encuentra eco en análisis recientes que aplican marcos continuistas a la percepción, como los de Decock (2018), quien aboga por una metafísica cognitiva quineana que prioriza la integración sobre la reducción. Así, el color deja de ser un enigma ontológico para convertirse en un caso ejemplar de cómo la metafilosofía puede reconciliar legados históricos en una ontología perceptiva más inclusiva y funcional.

Esta culminación ontológica del relacionalismo adverbial, vista a través de una lente metafilosófica, no solo ofrece una resolución al debate sobre el color, sino que también ilustra cómo la metodología continuista puede extenderse a otros desafíos perceptivos. Por ejemplo, en el ámbito de la ontología de la emoción —donde se reproducen tensiones similares entre modelos dimensionales reductivos (Russell, 1980) y enfoques fenomenológicos descriptivos— la aplicación de estilos híbridos inspirados en Quine permite disolver dualismos análogos, priorizando interacciones relacionales sobre propiedades monádicas. Como hemos explorado en trabajos previos (Autor/Autora [información eliminada] y Autor/Autora [información eliminada], en preparación), esta extensión revela una «brecha representacional» en la fenomenología emocional que puede cerrarse mediante una integración continuista, similar a cómo el adverbialismo reconcilia Helmholtz y Hering en el color.

5. Conclusiones

El debate ontológico sobre el color, lejos de ser un impasse irresoluble, se revela como el síntoma de una tensión metafilosófica profunda entre estilos de razonamiento opuestos, heredados del conflicto Helmholtz-Hering. Hemos argumentado que esta tensión puede diagnosticarse como un choque entre enfoques fisicalistas causales y fenomenológicos estructurales, y que encuentra una vía de superación en la tesis de la continuidad de Quine (1957, p. 5), la cual concibe la ciencia perceptiva como una extensión crítica del sentido común. En este marco, el método de Hering ejemplifica dicha continuidad al guiar hipótesis científicas desde la experiencia vivida, mientras que el relacionalismo adverbial completa esta integración al redefinir el color como un modo relacional de aparición, disolviendo así el problema tradicional de localización.

Las implicancias de este giro metafilosófico trascienden el caso específico del color, ofreciendo un modelo para abordar tensiones similares en otros dominios de la percepción y la ontología. Por ejemplo, en la ontología de la emoción, donde modelos evolutivos o dimensionales (Plutchik, 1984; Russell, 1980) reproducen un estilo helmholtziano reductivo, mientras que tradiciones fenomenológicas buscan estructuras internas heringianas, la metodología continuista quineana permite una integración pragmática que cierra brechas representacionales (Autor/Autora [información eliminada] y Autor/Autora [información eliminada], en preparación). Esta extensión no solo enriquece la filosofía de la percepción al promover estilos híbridos, sino que también subraya cómo una metafilosofía atenta a los métodos históricos puede transformar debates estancados en oportunidades para un refinamiento sistemático del sentido común.

En resumen, al adoptar la tesis de la continuidad como puente metafilosófico, el relacionalismo adverbial no se presenta como una mera alternativa ontológica, sino como la culminación de una metodología que reconcilia estilos opuestos en una ontología perceptiva funcional y relacional. La pregunta deja de centrarse en «¿dónde reside el color?» para enfocarse en «¿qué rol cumple en nuestra interacción perceptiva y práctica?», abriendo un horizonte donde la filosofía de la percepción se alinea con un pragmatismo naturalizado. Esta perspectiva, enriquecida por análisis recientes como los de van der Merwe (2025) sobre influencias quineanas en el pragmatismo, invita a futuras investigaciones que apliquen esta continuidad a fenómenos perceptivos más amplios, fortaleciendo así el diálogo entre la imagen manifiesta y la científica.

REFERENCIAS

 

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NOTAS

[1] Publicado: 27 / 01 / 2026. Revista Open Access 4.0. Artículos de la Revista Homónima (ISSN 3087-260X), Departamento de Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Andrés Bello. Cómo citar: Aldea, R. (2026). Ontología del color y tesis de la continuidad: relacionalismo adverbial como fusión de estilos de razonamiento. Revista de Filosofía Homónima, 1(1), pp.112 – 127 https://doi.org/xxxxxxx [Por asignar]

[2] Rodolfo Aldea es Doctor en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado (UAH). Miembro de: La Asociación Latinoamericana de Filosofía Analítica (ALFAn); Red Latinoamericana en Filosofía y Psiquiatría (RLFP); La Sociedad Chilena de Filosofía de las Ciencias (SOCHIFIC); Grupo de Investigación Santiago Mind and Cognition (SM&C). Email:  roaldea@uahurtado.cl. ORCID: 0009-0002-7506-8504

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