Metafilosofía
La metafilosofía se define como la investigación de segundo orden dedicada al estudio sistemático de la naturaleza, los objetivos, los límites y los métodos de la actividad filosófica. Mientras que la filosofía sustantiva dirige su indagación hacia dominios de objetos y conceptos fundamentales —como el ser, la verdad, el bien o la causalidad—, la metafilosofía se vuelve sobre la propia disciplina para interrogarse qué es la filosofía misma, qué tipo de preguntas está legitimada a plantear y qué estatus epistémico poseen sus resultados. Esta distinción sitúa a la metafilosofía en una posición singular: es la única disciplina cognoscitiva cuya propia definición constituye uno de sus problemas centrales, lo que Nicholas Rescher (1985) describe como una permanente «crisis de fundamentos» (Grundlagenkrise[1]), donde lo fundamental es objeto de constante disputa y controversia.
Desde una perspectiva, el término fue acuñado por primera vez por Karl Leonhard Reinhold en 1803 en Contributions to an Easier Overview of Philosophy at the Beginning of the 19th Century, quien lo propuso como una «post-filosofía» para designar una reflexión que sigue y deriva de la filosofía existente (Lewin, 2025). No obstante, su consolidación en el discurso contemporáneo se produjo a partir de 1970 con los trabajos de Morris Lazerowitz[2] (Lewin, 2025). La riqueza semántica del prefijo griego metá permite entender la disciplina en cuatro dimensiones interrelacionadas: como una reflexión posterior a la actividad filosófica (post-filosofía), como una práctica inherente y simultánea al ejercicio filosófico (co-filosofía), como un ejercicio previo a cualquier reflexión filosófica (pre-filosofía) y como la aplicación de métodos analíticos a la filosofía misma (filosofía de la filosofía). En este sentido, Michael Lewin (2025) sostiene que una comprensión madura de la disciplina exige integrar estas dimensiones, reconociendo que ningún filósofo opera desde una tabula rasa metafilosófica, sino que toda práctica sustantiva está mediada por juicios y evaluaciones previas sobre la naturaleza de la propia labor.
Un problema dentro de la metafilosofía es el fundamento de la posición filosófica o lo que determina la práctica particular del filósofo. En este caso, el problema es la circularidad viciosa que lleva este problema, pues una concepción particular de la filosofía determina la práctica del filósofo, y esta práctica, a su vez, refuerza dicha concepción. Bajo este prisma, el Perspectivismo, de Lewin (2025), propone que toda teoría metafilosófica está precondicionada por una estructura básica de cognición y compromisos doctrinales previos. Del mismo modo, Rescher (1985) propone que los compromisos que llevan a la posición filosófica son profundamente evaluativos, o si se quiere, valorativos, racionales y dependientes de una concepción preracional y/o extrafilosófica y oriunda de la vida de todo ser humano. Con ello, Rescher resuelve la “circularidad viciosa” de la metafilosofía simplemente reconociéndola como perteneciente y perenne a toda práctica filosófica. En ese sentido, el autor afirma que los razonamientos filosóficos dependen de valores y no se puede disputar acerca de valores desde un punto de vista libre de valores. Ningún estándar filosóficamente útil puede ser extrínseco a la filosofía. Simplemente no hay una base absoluta, evaluativamente neutral, normativamente carente de suposiciones sobre la cual puedan abordarse o resolverse los problemas filosóficos (Rescher, 1985). Así, por ejemplo, en los debates contemporáneos sobre el progreso en filosofía o sobre la demarcación entre la filosofía y las ciencias empíricas, nuestras respuestas no son meros ejercicios técnicos, sino expresiones de posiciones filosóficas profundas. En última instancia, la metafilosofía busca transformar esta circularidad en una virtud epistémica o valor cognoscitivo, promoviendo una disciplina de conocimiento que, mediante la reflexión sobre sus propios sesgos y horizontes, aspire a una mayor transparencia y rigor en la búsqueda del conocimiento filosófico y extrafilosófico.
En este mismo sentido, la cuestión sobre el progreso filosófico es una discusión álgida en la metafilosofía y la filosofía de las ciencias. La pregunta en cuestión es si la filosofía supone 1) una comprensión examinada de sus problemas, o lo que es “un conocimiento acumulativo” (y lo que se entendería como un conocimiento científico); 2) una mera acumulación de tesis no convergentes entre sí; 3) una ampliación efectiva de los problemas discutidos allí, logrando así una comprensión aumentativa y acabada de sus objetos de estudio. En la formulación conjunta de Dellsén, Firing, Lawler y Norton (2024), el progreso filosófico consiste, en términos generales, en otorgar la posibilidad a las personas de aumentar su comprensión de un fenómeno; donde dicha comprensión se especifica como la capacidad de representar con mayor precisión y/o exhaustividad la red de relaciones de dependencia (causales, de fundamentación, constitutivas, etc.) en las que dicho fenómeno se inserta y donde, por lo general, las personas logran ampliar su comprensión mediante la disponibilidad pública de ideas filosóficas (Dellsén et al., 2024).
Esta idea permite integrar de manera natural la cuestión de si la filosofía puede ser considerada una ciencia. Aquí conviene proceder con cautela, pues la respuesta depende enteramente de qué entendamos por ciencia y por filosofía. En la tradición hispanohablante, Ulises Moulines (1982) ha defendido una posición esclarecedora, a saber, la filosofía y en particular la filosofía de la ciencia es una ciencia de la cultura (Geisteswissenschaft). A diferencia de las ciencias naturales, cuyo objeto son entidades localizadas en el espacio-tiempo, la filosofía estudia productos culturales abstractos, como teorías, conceptos o argumentos. Por otro lado, Mario Bunge (2014) ha defendido que la filosofía no es una ciencia, pero sí que esta primera debe integrarse plenamente al campo de las ciencias, adoptando sus métodos (como la axiomatización matemática y la contrastación empírica) y sus valores (como la verdad y la referencia objetiva). Además, Bunge defiende la unidad del conocimiento y la alianza entre ciencia y filosofía. Por otro lado, Timothy Williamson (2022), cuya influencia en la metafilosofía contemporánea es innegable, sostiene que la filosofía es una ciencia no natural. Para Williamson, la filosofía es una empresa cognitiva continua con las ciencias en cuanto a sus fines (la búsqueda del conocimiento), aunque se distingue por sus métodos, predominantemente el razonamiento a priori y los experimentos mentales, y por la generalidad y fundamentalidad de sus preguntas.
La diversidad de sistemas filosóficos producidos por el desacuerdo filosófico, ante los problemas de la disciplina, genera un abanico de posiciones metafilosóficas que se distinguen por su actitud hacia las alternativas doctrinales. Rescher (1985) desglosa el «posicionamiento metafilosófico» de la siguiente manera: a) el absolutismo sostiene que solo una posición es correcta y que puede demostrarse mediante razones objetivas y neutrales, con lo que el conflicto es solo aparente o fruto del error; b) el escepticismo se divide en dos: el agnóstico, que considera los problemas filosóficos legítimos pero irresolubles para la razón humana, y el nihilista, que los declara pseudoproblemas desprovistos de sentido; frente a ellos, está c) el Relativismo, que se divide en dos: el relativismo extremo-ontológico, que sostiene que la verdad misma es múltiple o variable según la perspectiva —i.e. una proposición puede ser verdadera para una persona (o cultura) y falsa para otra—, y el relativismo moderado, que afirma que la aceptabilidad de una doctrina depende siempre de la adopción de compromisos teóricos y evaluativos, los cuales pueden variar legítimamente entre personas o escuelas, sin que ello implique que la verdad en sí misma no sea única e independiente del marco adoptado; d) el Sincretismo pretende yuxtaponer todas las posiciones rivales en una gran superposición, rechazando la necesidad de elegir; e) el Perspectivismo, aunque Rescher no lo presenta, es la postura de que cada orientación filosófica ofrece una perspectiva desde la cual ciertas tesis resultan verdaderas, pero no hay una perspectiva privilegiada o neutral; finalmente, f) el Pluralismo Orientativo es similar al Perspectivismo, con la excepción de que este primero no cree que todas las perspectivas valgan por igual. Frente a un problema, desde la propia orientación, solo una resolución es racionalmente óptima. Es decir, la comunidad es pluralista por naturaleza, mientras que el filósofo individual debe comprometerse racionalmente desde sus valores.
Por último, Rescher (1985) distingue dos niveles para la investigación metafilosófica: a) la metafilosofía descriptiva, que estudia empíricamente cómo se ha practicado realmente la filosofía a lo largo de la historia (sus doctrinas, disputas y desarrollos fácticos), siendo una empresa factual y no filosófica en sí misma, por lo que admite consenso; y b) la metafilosofía normativa (prescriptiva), que prescribe cómo debería hacerse la filosofía (cuáles son los problemas legítimos, los métodos adecuados, los buenos argumentos y los criterios probatorios). Esta última es parte de la filosofía misma, pues depende de evaluaciones o juicios de valor, y, por tanto, es tan controvertida como cualquier otra posición filosófica. La metafilosofía de Rescher, llamada Pluralismo Orientativo, sostiene que la diversidad real de sistemas es descriptivamente adecuada y defiende que cada filósofo debe adoptar una orientación valorativa y desarrollar su propia doctrina (normativamente comprometida), evitando así tanto el absolutismo, que ignora la pluralidad de posturas que de hecho existen, como el escepticismo, que abandona la discusión como si fuera un sinsentido.
Finalmente, no se puede ignorar que la metafilosofía se ramifica en subdisciplinas especializadas, cada una de las cuales aplica su mirada de segundo orden a un dominio particular de la filosofía sustantiva o de disciplinas filosóficamente atrayentes. Como ejemplo, encontramos la Metaética, la Metalógica, la Metaestética, la Metaontología, etc.
Referencias
Bunge, M. (2014). La ciencia, su método y su filosofía. Editorial Sudamericana.
Dellsén F., Firing T., Lawler I., & Norton J. (2024). What is philosophical progress?. Philosophy and Phenomenological Research, 109, 663–693. https://doi.org/10.1111/phpr.13067
Lewin, M. (2025). Metaphilosophy as a Unified Discipline, Berlin/Heidelberg: Palgrave Macmillan. https://doi.org/10.1007/978-3-662-71909-1.
Moulises, U. (1982) Exploraciones metacientíficas Estructura, desarrollo y contenido de la ciencia. Ed. Alianza
Overgaard, S., Gilbert, P., & Burwood, S. (2013). An introduction to metaphilosophy. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9781139018043
Plant, B. (2017). On the domain of metaphilosophy. Metaphilosophy, 48(1–2), 3–24. https://doi.org/10.1111/meta.12228
Rescher, N. (1985). The strife of systems: An essay on the grounds and implications of philosophical diversity. University of Pittsburgh Press. (Edición en español: La lucha de los sistemas, UNAM, 1995).
Rescher, N. (2014). Metaphilosophy: Philosophy in philosophical perspective. Lexington Books.
Williamson, T. (2022). The philosophy of philosophy (2nd ed.). Wiley-Blackwell.
Notas
[1] “It is a characteristic feature of philosophy; that is, the one intellectual descriptive whose very nature is one of philosophy’s key problems. Alone among cognitive disciplines, philosophy finds itself in a state of permanent ‘foundation crisis’ (Grundlagenkrise)” (Rescher, 1985, p. 283)
[2] Lazerowitz, Morris. 1970. A Note on “Metaphilosophy”. In Metaphilosophy 1:1, 91. https://doi. org/10.1111/j.1467-9973.1970.tb00792.x
Cómo citar
Donoso, G., Lefio, K., & Román, C. (2026, 18 de junio). Metafilosofía. Glosario de Revista Homónima. Recuperado de: https://revistahomonima.com/2026/06/18/metafilosofia/








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