Viejos problemas para la metafísica naturalizada neopositivista. Rasmus Jaksland, Traducido por Gabriel Donoso Umaña. Revista de Filosofía, Homónima

orcid logo Rasmus Jaksland. Departamento de Filosofía y Estudios Religiosos, Facultad de Humanidades, NTNU – Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, Trondheim, Noruega. Contacto: rasmus.jaksland@ntnu.no. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9531-9994.

orcid logo Traducido por Gabriel Donoso Umaña. Profesor de Estado en Filosofía y Magíster en Filosofía de las Ciencias – Universidad de Santiago de Chile, Santiago, Chile. Contacto: gabriel.donoso.u@usach.cl. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4842-1387.

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Jaksland, R. (2026). Viejos problemas para la metafísica naturalizada neopositivista (G. Donoso Umaña, Trad.). Revista de Filosofía Homónima, 1(2), pp. 137-173

 


 

VIEJOS PROBLEMAS PARA LA METAFÍSICA NATURALIZADA NEOPOSITIVISTA[1]

Rasmus Jaksland[2]

Traducido por Gabriel Donoso Umaña[3]

 

Resumen

En su artículo “Neo-positivist metaphysics” (2012), Alyssa Ney promete una metafísica naturalizada que resulte aceptable incluso según los estándares de los positivistas —y, específicamente, según los de Carnap—. Esta metafísica neopositivista toma como punto de partida los hallazgos de nuestra mejor ciencia y se apoya en ellos para fundamentar una metafísica que pueda evitar la dependencia de marcos lingüísticos, dependencia que es inherente al deflacionismo carnapiano. La metafísica neopositivista intenta eludir estos problemas heredando sus credenciales semánticas directamente de la ciencia misma. Este artículo sostiene que tales intentos no tienen éxito, puesto que la ciencia tampoco contiene recursos con los cuales responder al desafío de Carnap; por lo tanto, una metafísica basada en la ciencia es tan vulnerable al deflacionismo carnapiano como la metafísica tradicional. En consecuencia, la metafísica neopositivista no proporciona la metafísica prometida, capaz de evitar el deflacionismo carnapiano. Aunque esta conclusión se centra en la metafísica neopositivista de Ney, su alcance incluye cualquier intento de evitar el deflacionismo carnapiano mediante una metafísica naturalizada que dependa de una deferencia estricta hacia los hallazgos de la ciencia. La metafísica sustantiva —naturalizada o no— es imposible a menos que, o hasta que, se refute el deflacionismo carnapiano, y los recursos para tal refutación no pueden encontrarse en la metafísica naturalizada.

Palabras clave: Metafísica naturalizada, Carnap, Ontología, Metametafísica, Deflacionismo, Realismo científico.

 

  1. Introducción

La metafísica naturalizada es un actor reciente destacado en el campo de la metafísica analítica. Presenta tanto un componente destructivo como uno constructivo: el componente destructivo hace eco de la crítica a la metafísica presente en la tradición empirista y la renueva, mientras que el componente constructivo ofrece una solución mediante una integración más estrecha entre ciencia y metafísica. El presente artículo examina y, en última instancia, refuta el éxito de este último aspecto constructivo de la metafísica naturalizada.

En su artículo “Neo-positivist Metaphysics”, Ney (2012) ofrece una de las exposiciones más detalladas de un enfoque naturalista que, según se afirma, produciría una metafísica sustantiva evitando, al mismo tiempo, los problemas enfrentados por la metafísica tradicional. De acuerdo con el principio general de la metafísica naturalizada, el rasgo característico de los metafísicos neopositivistas “es su serio compromiso con los hallazgos de la ciencia, particularmente de la física fundamental” (Ney, 2012, p. 54). Se supone que este tipo de naturalismo —la deferencia hacia los hallazgos de la ciencia— garantiza el éxito del método metafísico naturalista propuesto. En cuanto tal, la metafísica neopositivista constituye un ejemplo del tipo de metafísica naturalizada que ha surgido tras la obra seminal de James Ladyman y Don Ross, Every Thing Must Go: Metaphysics Naturalized (2007). Esta obra comparte la confianza de Ney en que la sensibilidad y el compromiso con los hallazgos de la ciencia[4] legitiman conclusiones metafísicas sustantivas y no deflacionarias: “la metafísica neopositivista […] es el único punto de partida legítimo si se intenta cumplir al menos una de las principales tareas que los metafísicos se proponen a sí mismos: establecer conclusiones acerca de la realidad última” (Ney, 2012, p. 76).[5]  Así, mientras que otros intentos recientes de rescatar la metafísica adoptan ambiciones más modestas respecto del contenido de la metafísica, con el fin de preservar su práctica (e.g. Hofweber, 2016; Jenkins, 2014; Thomasson, 2014), la metafísica naturalizada, en contraste, preserva el objeto de estudio alterando la práctica: “la metafísica no debería ser abolida, sino reformada” (Ladyman, 2017, p. 143).

Aunque la metafísica naturalizada preserva la ambición de la metafísica de ser un estudio sustantivo de la realidad última, buena parte de la metafísica tradicional debe ser descartada.[6] Ney observa que la metafísica neopositivista —su versión de la metafísica naturalizada— “es aquella que aspira a ser sensible a una distinción entre aquellas afirmaciones metafísicas que pueden justificarse y aquellas que no, una distinción que encuentra su inspiración en la obra de Carnap y de los positivistas lógicos” (Ney, 2012, p. 54). El desafío específico a la metafísica considerado por Ney es el deflacionismo metafísico de Carnap (1950), que cuestiona la objetividad o independencia respecto de marcos de la metafísica. Aunque, según Ney, este desafío a la metafísica sigue siendo un problema insuperable para la metafísica tradicional, la promesa de la metafísica neopositivista consiste en ser una metafísica sustantiva que elude dicho desafío: como metafísica legítima y, a la vez, ambiciosa, la metafísica neopositivista muestra “cómo una versión de la metafísica puede sobrevivir a las preocupaciones genuinas que los positivistas tenían acerca de la metafísica” (Ney, 2012, p. 76).

El presente artículo sostiene que la metafísica neopositivista —y, con ella, cualquier otra metafísica naturalizada— no puede estar a la altura de esta promesa. En la medida en que tanto la metafísica tradicional como la neopositivista constituyen intentos de elaborar una metafísica sustantiva, ambas son igualmente vulnerables a las preocupaciones que Carnap tenía respecto de la metafísica. Dado que Ney —y, junto con ella, otros defensores de la metafísica naturalizada— considera el desafío de Carnap a la metafísica como un problema insuperable para la metafísica tradicional, el objetivo de este artículo no es defender dicho desafío a la metafísica, aunque sí se indicará por qué no puede descartarse con facilidad. Más bien, el propósito principal del artículo es promover la tesis de que la metafísica neopositivista y la metafísica naturalizada en general no pueden responder al desafío de Carnap, pese a que se afirme lo contrario. Ni siquiera la deferencia más estricta hacia los hallazgos de nuestras mejores ciencias puede eximir a una metafísica del desafío de Carnap ni legitimarla como una metafísica sustantiva y no deflacionaria. Los recursos para refutar el desafío de Carnap deben encontrarse en otra parte. Así, aunque la discusión posterior se centra en la metafísica neopositivista de Ney, las conclusiones van más allá de este enfoque particular y se extienden a buena parte de la metafísica naturalizada.

En la sección 2, se introduce el desafío de Carnap a la independencia de la metafísica respecto de los marcos lingüísticos. La sección 3 explica cómo la metafísica neopositivista responde a este desafío al señalar (el estado lingüístico de) la física como el punto de partida adecuado para la metafísica. Sin embargo, como se observa en la sección 4, la naturaleza semántica del desafío de Carnap prohíbe cualquier estipulación según la cual ciertos marcos sean metafísicamente privilegiados. El intento de los neopositivistas de evitar esto apelando a las credenciales semánticas de la física (sección 5) es presentado en la sección 6 como fútil: la ciencia tampoco posee los recursos para abordar el desafío de Carnap. Por consiguiente, la sección 7 concluye que la amenaza para la metafísica sustantiva, derivada del desafío de Carnap, permanece vigente para la metafísica neopositivista. Respecto del desafío de Carnap, la metafísica neopositivista y la metafísica naturalizada en general no salen mejor paradas que la metafísica tradicional. Se concluye que la metafísica neopositivista no puede estar a la altura de su promesa de “sobrevivir a las preocupaciones genuinas que los positivistas tenían acerca de la metafísica” (Ney, 2012, p. 76).

  1. El desafío de Carnap

Carnap desarrolla su desafío deflacionista a la metafísica en el artículo “Empiricism, Semantics, and Ontology” (Carnap, 1950). El desafío se construye sobre la observación de que toda pregunta o afirmación debe formularse dentro de lo que Carnap denomina un marco lingüístico. Un marco lingüístico puede concebirse, en su forma más simple, como un fragmento de lenguaje que incluye ciertos términos y las reglas sintácticas y semánticas correspondientes a esos términos (Eklund, 2013, p. 234), lo cual establece las reglas de uso y evaluación de las expresiones en las que aparecen los términos del marco (Flocke, 2020; Thomasson, 2014). Para introducir nuevos términos (o formas lingüísticas, como las llama Carnap) en un lenguaje, se debe adoptar un marco lingüístico que incluya dichos términos, proporcionando así sus reglas lingüísticas. Por lo tanto, la tesis de Carnap es que toda pregunta o afirmación debe formularse internamente a un marco lingüístico que introduce los términos presentes en esa pregunta o afirmación.

Esto plantea un problema para los debates al interior de la metafísica si los metafísicos, como sospecha Carnap, consideran que sus afirmaciones son evaluadas en un sentido objetivo y absoluto, y no con respecto a este o aquel marco lingüístico. Carnap ofrece el ejemplo de un debate sobre la existencia de los números entre un nominalista y un realista platónico. El nominalista insistirá en que no se puede adoptar un marco lingüístico que incluya nombres que refieran a números, puesto que cree que los números no existen. El platonista, por otro lado, considera que tales marcos lingüísticos son perfectamente aceptables, dado que cree que los números sí existen. Según Carnap, el debate de los metafísicos sobre la existencia de los números es distinto de la pregunta que formulan los zoólogos: “¿Son reales los unicornios y los centauros, o son meramente imaginarios?” (Carnap, 1950, p. 22). Esta última pregunta se plantea dentro de un marco lingüístico implícito compartido por los zoólogos, con reglas lingüísticas comunes que especifican el uso de ‘real’ y ‘meramente imaginario’ y que, por tanto, proporcionan la semántica requerida para evaluar las respuestas a la pregunta. En contraste, la pregunta metafísica relativa a la existencia de los números parece formularse con anterioridad a cualquier marco lingüístico, o externamente a él. Según el nominalista y el platonista, se trata de una pregunta que debe resolverse antes de adoptar un marco lingüístico que incluya referencia a los números.

La pregunta de los metafísicos acerca de la existencia de los números es un ejemplo de lo que Carnap denomina una pregunta teórica externa: una pregunta formulada fuera de cualquier marco lingüístico (externa), pero que, no obstante, se supone que tiene una respuesta verdadera o falsa (teórica). Sin embargo, desde la perspectiva de Carnap, estos dos componentes son irreconciliables: sin un marco lingüístico, no existen reglas establecidas con las cuales evaluar el enunciado, es decir, con las cuales saber qué constituye una respuesta a la pregunta (Flocke, 2020). Las preguntas y afirmaciones teóricas externas son, sencillamente, imposibles:

Me siento obligado a considerar la pregunta externa como una pseudopregunta, hasta que ambas partes de la controversia ofrezcan una interpretación común de la pregunta como una pregunta cognitiva; esto implicaría una indicación de la posible evidencia considerada relevante por ambas partes. (Carnap, 1950, p. 37)

Carnap desafía al nominalista y al platonista a que especifiquen en qué marco lingüístico se inscribe su pregunta sobre la existencia, lo cual debería incluir indicaciones sobre cómo evaluar las posibles respuestas a dicha pregunta. Si no logran hacer esto, su debate debe considerarse cognitivamente carente de significado hasta que satisfagan este desafío (Carnap, 1950, p. 25). Por contenido o significado cognitivo, Carnap entiende el “componente de significado que es relevante para la determinación de la verdad” (Carnap, 1955/1956, p. 237).

Por supuesto, si los metafísicos están dispuestos a cumplir con esto y proporcionan una interpretación de su pregunta dentro de un marco lingüístico especificado, entonces la metafísica es tan legítima como cualquier otro discurso. El nominalista y el platonista podrían, por ejemplo, adoptar lo que Carnap llama “el sistema de los números” (Carnap, 1950, p. 24), que introduce en el lenguaje expresiones como ‘cinco es un número’. Acerca del enunciado ‘hay números’, Carnap observa: “Este enunciado se sigue del enunciado analítico ‘cinco es un número’ y, por lo tanto, es él mismo analítico” (Carnap, 1950, p. 24).[7] Los números existen, puesto que hay un número tal que es el número cinco. Carnap anticipa que tanto los platonistas como los nominalistas estarán insatisfechos con esta respuesta. Aunque reconocerán que es verdadero decir ‘hay números’ dentro del sistema de los números, su preocupación es si realmente hay números. Pero, según el desafío de Carnap, si esta pregunta se formula fuera de cualquier marco lingüístico, entonces carece de significado cognitivo. O bien puede formularse dentro de un marco lingüístico que incluya reglas lingüísticas para el calificativo ‘realmente’, o bien puede ser una pregunta pragmática relativa a la utilidad de adoptar el sistema de los números. La tesis general de Carnap es que las preguntas y afirmaciones teóricas, es decir, preguntas con respuestas definidas y afirmaciones que son verdaderas o falsas, solo pueden formularse internamente a un marco, y que esto introduce una inevitable dependencia del marco en su evaluación. Esto constituye una amenaza para la metafísica sustantiva y objetiva, específicamente porque ella es el tipo de estudio que se ve obligado a evaluar sus afirmaciones desde una perspectiva objetiva y absoluta, y no con respecto a este o aquel marco lingüístico.[8]

La misma preocupación se aplica incluso si la discusión se reformula en el nivel de los marcos lingüísticos como un todo: si, por ejemplo, el marco platonista con términos numéricos o el marco nominalista sin términos numéricos es el marco que capta la manera en la que es el mundo. Nuevamente, debemos especificar el marco lingüístico dentro del cual se plantea la pregunta; de lo contrario, la pregunta carece de significado cognitivo, si está pensada en un sentido absoluto fuera de cualquier marco lingüístico. Esto muestra cómo Carnap respalda un principio de tolerancia respecto de los marcos lingüísticos (Carnap, 1950, p. 40; véase también Carnap, 1934/1937, p. 49): ¡somos libres de adoptar cualquier marco que queramos! En particular, no hay ninguna pregunta que formular acerca de cuál marco lingüístico es el verdadero desde una perspectiva libre de marcos. Un metafísico podría estipular que los términos de un marco lingüístico particular son “términos que cortan en las articulaciones” (Sider, 2011, p. vii), pero esta afirmación, ‘los términos de este marco lingüístico cortan en las articulaciones’, debe, por el mismo argumento, formularse dentro de un marco lingüístico si se la entiende como una afirmación teórica, es decir, como una que puede ser verdadera o falsa. Si se pretende formularla con anterioridad a cualquier marco lingüístico, o fuera de él, en un sentido absoluto e independiente del marco, entonces también esta afirmación acerca del marco lingüístico como un todo carece de significado cognitivo.

Así, el desafío de Carnap es simplemente este: una afirmación solo puede hacerse —y una pregunta plantearse— si se especifica un marco lingüístico que introduce las reglas lingüísticas para los términos que aparecen en la pregunta y en la afirmación: “Carnap no singulariza las afirmaciones existenciales para darles un tratamiento especial; solo exige que satisfagan un estándar al que está sujeto todo discurso significativo, una clase apropiada de disciplina o de sujeción a reglas” (Yablo, 1998, p. 233). El desafío de Carnap es un desafío a la metafísica porque sus preguntas y afirmaciones existenciales no comparten la “sujeción a reglas” de la pregunta de los zoólogos acerca de si existen los unicornios y de la afirmación de los físicos de que existen partículas de Higgs. En ambos casos, se da (implícitamente) un marco lingüístico con reglas lingüísticas para los términos relevantes —incluidas reglas para ‘existir’—, de tal modo que se especifica cómo evaluar tanto la pregunta como la afirmación. Los metafísicos son quienes formulan la pregunta ulterior de si la partícula de Higgs existe —no con respecto al marco lingüístico adoptado por la comunidad física—, sino si existe realmente en un sentido absoluto e independiente del marco. Es este tipo de pregunta el que resulta problemático según el desafío de Carnap y, por tanto, se trata de un desafío a la metafísica, no a la física ni a la zoología, porque son los metafísicos quienes intentan formular estas preguntas teóricas externas; ellos son quienes no se conforman con preguntas y respuestas internas (Sidelle, 2016, p. 60; Yablo, 1998, pp. 258–260). Esta es la preocupación genuina que Carnap tenía con respecto de la metafísica.

Varios autores han expresado sus preocupaciones acerca de la metafísica sobre la base del desafío de Carnap. Chalmers (2009) y Yablo (1998, 2009), entre otros, defienden un antirrealismo o eliminativismo directo respecto de la metafísica y, de manera aún más radical, Price (2009, 2013) propone, sobre la base de los argumentos de Carnap, un expresivismo global. Otros sostienen que la metafísica sigue siendo posible, por ejemplo, Hirsch (2002, 2009), Kraut (2016) y Thomasson (2014), pero hacen eco de la tesis de Carnap según la cual la metafísica debe ser interna a un marco lingüístico. La suya es lo que Chalmers (2009) denomina un “realismo ligero”, en oposición al “realismo robusto” de metafísicos tradicionales, tales como el nominalista y el platonista mencionados arriba.

Ney comparte las preocupaciones carnapianas acerca de la metafísica, pero defiende una exención para la metafísica adecuadamente naturalizada. Mientras que el expresivismo es apropiado para otra metafísica, la integración de la ciencia en la metafísica naturalizada le permite ser asertiva; puede “establecer conclusiones acerca de la realidad última” (Ney, 2012, p. 76). Por supuesto, esto podría equivaler meramente a un realismo ligero, en el que la ‘realidad última’ se introduce con reglas lingüísticas apropiadas, de tal modo que la estipulación ‘la metafísica aspira a establecer conclusiones acerca de la realidad última’ sea interna a un marco lingüístico y, por ello, aceptable desde la perspectiva del desafío de Carnap. Sin embargo, esto implicaría una noción bastante deflacionada de realidad última y, cuando Ney ofrece la metafísica neopositivista como respuesta a la especulación de que “quizá sea posible alcanzar algunas verdades objetivas y no arbitrarias en metafísica” (Ney, 2012, p. 60), sí parece respaldar la noción tradicional inflada de la metafísica. Esto también se ajusta mejor a la ambición de la metafísica naturalizada de preservar los objetivos de la metafísica tradicional y, por lo tanto, procederemos bajo el supuesto de que la metafísica neopositivista comparte el objetivo de ser una metafísica objetiva e independiente de marcos. En consecuencia, tanto la metafísica naturalizada en general como la variante neopositivista de Ney están, desde el inicio, sujetas al desafío de Carnap, y lo que sigue explorará cómo Ney intenta encontrar recursos dentro de la ciencia para evitar el desafío de Carnap, aun cuando insiste en que otra metafísica —no adecuadamente naturalizada— sigue siendo problemática. Sin embargo, sostendré finalmente que este intento fracasa: la metafísica neopositivista —y, con ella, toda otra metafísica naturalizada— es tan vulnerable al desafío de Carnap como la metafísica tradicional.

  1. La respuesta neopositivista al desafío de Carnap

Ney ofrece la siguiente exposición del problema que enfrenta la metafísica a la luz del desafío de Carnap:

Como metafísicos, ¿no buscamos la verdad objetiva? Pero ¿cómo podemos alcanzar este objetivo si siempre habrá marcos rivales que ofrecen explicaciones competidoras de la verdad y ningún modo objetivo de elegir entre ellos? Si estamos de acuerdo con Carnap, debemos negar que poseamos algún modo de verificar cuál ontología es correcta. (Ney, 2012, p. 59)

Cada marco lingüístico entraña una ontología particular. Así, si puede adoptarse cualquier marco lingüístico, esto introduce una dependencia inherente del marco para la ontología. Esto, como enfatiza Ney, amenaza la búsqueda de verdad objetiva por parte de los metafísicos. ‘Hay números’ es verdadero en el marco platonista y falso en el marco nominalista. Mientras pueda adoptarse cualquier marco, el compromiso ontológico con los números solo puede ser la expresión de una preferencia por un marco lingüístico en el cual la afirmación interna ‘hay números’ es verdadera. Así, Ney reconoce que cualquier enfoque de la metafísica debe contrarrestar este desafío para establecer conclusiones objetivas acerca de la realidad última; para ser una metafísica sustantiva y no meramente dependiente de marcos.

El problema para la metafísica neopositivista consiste, por lo tanto, en encontrar un modo para que el metafísico persiga la verdad objetiva. El primer paso en el método neopositivista es defender que hay un marco lingüístico —o una colección de marcos— que es apropiado adoptar para un metafísico. Al ser naturalista, Ney propone “seleccionar cualquier estado lingüístico en que se encuentre la física fundamental cuando nos encontramos con ella y tomar eso como aquello que determina nuestra ontología” (Ney, 2012, p. 59), porque

 [e]sta estrategia para salir del dilema positivista no tendría necesariamente como resultado que la elección de la ontología fuera subjetiva o arbitraria, puesto que aquellas teorías físicas que los fisicalistas usan para informar su metafísica ya han satisfecho altos estándares de justificación y aceptación. (Ney, 2012, p. 59)

El estado lingüístico de la física fundamental puede servir como la verdad independiente de marcos buscada por los metafísicos porque la física ya ha satisfecho estos estándares. Aparentemente, la pregunta externa relativa a la elección de marco puede recibir una respuesta teórica (en el sentido de Carnap): [9] elegir el estado lingüístico de la física.

Como observa Ney, podría haber “formulaciones rivales de la física” que “respaldan interpretaciones diferentes” (Ney, 2012, p. 60), de modo que estas comprendan marcos lingüísticos diferentes que están todos incluidos en el estado lingüístico de la física fundamental.[10] Así, incluso si es racional adoptar el estado lingüístico de la física fundamental, el problema de los marcos en competencia permanece y, con él, una amenaza para la búsqueda de verdad objetiva por parte de los metafísicos. Para dar cabida a esto, Ney propone adoptar un compromiso metafísico solo con aquellos “rasgos representacionales que son, de hecho, indispensables para nuestras mejores teorías físicas tal como son efectivamente comprendidas” (Ney, 2012, p. 60). En otro lugar, se precisa que tales “rasgos representacionales” pueden incluir entidades, estructuras y principios. La indispensabilidad debe ser determinada por la comunidad física; no es tarea de los filósofos. Un elemento es indispensable simplemente si aparece en todas las formulaciones rivales de una teoría física respaldada por la comunidad física. La adopción de los compromisos metafísicos con una de estas formulaciones rivales sería meramente una expresión de la preferencia por ese marco lingüístico particular, pero aquellos elementos que son verdaderamente indispensables, especula Ney, pueden considerarse como poseedores de “significación y justificación genuinas, algo que [va] más allá de expresar meramente las preferencias de uno por un tipo particular de esquema conceptual o marco lingüístico” (Ney, 2012, pp. 60–61).

Los compromisos metafísicos que se siguen de este argumento de indispensabilidad se denominan ‘metafísica nuclear’. Ney (2012, p. 63) ofrece la invariancia de Lorentz y la regla de Born como ejemplos de tales elementos indispensables. La invariancia de Lorentz forma parte de la metafísica nuclear, puesto que todos los físicos están de acuerdo en que cualquier teoría relativista debe ser invariante de Lorentz. Del mismo modo, la regla de Born se incluye como un elemento representacional en todas las formulaciones rivales de la mecánica cuántica. Esto es contrario, por ejemplo, al determinismo, puesto que existen formulaciones tanto deterministas como indeterministas de la mecánica cuántica. Por lo tanto, ni el determinismo ni el indeterminismo pueden incluirse en la metafísica nuclear.

El método neopositivista aborda así el desafío de Carnap en dos pasos:

Usando este método, todas las afirmaciones ontológicas recibirán sentido y justificación mediante los estándares de nuestra mejor ciencia. Tampoco los resultados ontológicos alcanzados son triviales o arbitrarios, puesto que no hemos seleccionado meramente un sistema para extraer de él nuestros resultados. Solo hemos seguido aquello que es común a todos los sistemas. (Ney, 2012, p. 62)

Como primer paso, la metafísica neopositivista insiste en que hay buenas razones para adoptar los marcos lingüísticos respaldados por la comunidad física. La metafísica implicada por estos hereda su sentido y justificación directamente de la ciencia. La tesis es que los marcos lingüísticos de la física son las únicas explicaciones genuinas en competencia acerca de la verdad (fundamental).[11] Si la comunidad física respaldara unánimemente el mismo marco lingüístico —si no hubiera formulaciones rivales de teorías físicas—, entonces nuestra metafísica debería consistir en los elementos representacionales de ese marco. Sin embargo, dado que existen formulaciones rivales de teorías físicas, debemos limitar nuestros compromisos metafísicos a los elementos indispensables de nuestras teorías físicas, esto es, a aquellos elementos que aparecen en todas las formulaciones rivales respaldadas por la comunidad física. El resultado es que estos elementos —la metafísica nuclear— son entonces conocidos como elementos de la realidad última según la metafísica neopositivista. Ney considera que es “apropiado para la metafísica neopositivista, al ir más allá del núcleo, respaldar un expresivismo acerca de sus afirmaciones y decir que estas no están destinadas a aseverar algo que sea verdadero o falso” (Ney, 2012, p. 67). Es tal la significancia del desafío de Carnap que el expresivismo resulta apropiado para cualquier afirmación metafísica no incluida en la metafísica nuclear. El compromiso metafísico con la invariancia de Lorentz tiene “significación y justificación genuinas” y, por lo tanto, califica para la aseveración, mientras que un compromiso metafísico con el determinismo y (la mayoría de) las afirmaciones de la metafísica tradicional son meramente expresiones de preferencia por marcos lingüísticos particulares. Solo la metafísica nuclear evita la dependencia de marcos debida al desafío de Carnap, que vuelve meramente expresiva a cualquier otra metafísica.

  1. El desafío semántico de Carnap

Ney compara directamente el expresivismo para la metafísica no nuclear con el expresivismo global defendido por Huw Price, pero sostiene que la física justifica que la metafísica nuclear pueda ser asertiva antes que expresiva (Ney, 2012, p. 67). La comparación es interesante, puesto que Price (2009, 2013) también encuentra inspiración para su expresivismo en el desafío de Carnap. Considera instructivo pensar la distinción de Carnap entre afirmaciones internas y externas en términos de la distinción uso/mención. Price escribe:

Los usos legítimos de términos tales como ‘número’ y ‘objeto material’ son necesariamente internos, pues es la conformidad (más o menos) con las reglas del marco en cuestión lo que constituye el uso […]. Las únicas preguntas externas legítimas simplemente mencionan el término en cuestión. (Price, 2009, p. 324, énfasis en el original)

El problema con las preguntas y afirmaciones externas es un problema semántico. Sencillamente, no hay modo de usar términos con anterioridad a un marco lingüístico, o fuera de él. Las preguntas y afirmaciones teóricas externas son problemáticas exactamente porque usan términos fuera de los marcos que introducen las reglas lingüísticas necesarias para su uso. Las preguntas y afirmaciones teóricas internas usan términos, pero dentro de un marco especificado, y las preguntas y afirmaciones pragmáticas externas solo mencionan los términos disputados y, por ello, son legítimas. En contraste, cualquier intento de formular una pregunta o afirmación teórica externa es un mal uso del lenguaje. El problema con las pseudopreguntas y pseudoafirmaciones no es que sean preguntas que no pueden ser respondidas (todavía) y afirmaciones cuyo valor de verdad no puede ser establecido (todavía). El desafío de Carnap es un desafío semántico y no epistemológico.

Volviendo al ejemplo de Carnap del debate entre el nominalista y el platonista acerca de la existencia de los números, Carnap los desafía a especificar el marco lingüístico común en el que tiene lugar el debate para asegurar que sus respectivas afirmaciones existenciales sean significativas. Por tanto, el desafío precede a las preocupaciones epistemológicas según las cuales no se puede saber si los números existen ni saber cuál de los marcos lingüísticos, el nominalista o el platonista, concuerda con la realidad. De manera similar, el problema con las diferentes formulaciones de la física no es simplemente que impliquen respuestas diferentes a preguntas metafísicas sin que haya modo de saber cuál es correcta. Más bien, el desafío consiste en especificar el marco lingüístico que vuelve significativas estas preguntas y respuestas en primer lugar; debe especificarse cómo y en qué sentido los diferentes marcos lingüísticos asociados con las formulaciones rivales son “explicaciones competidoras de la verdad” antes de que siquiera pueda preguntarse cuál es la explicación verdadera. El problema semántico debe resolverse antes de que cualquier cuestión epistemológica pueda siquiera ser comprendida.

Poner énfasis en este carácter semántico del desafío de Carnap pone de manifiesto la ambición de la metafísica neopositivista: la metafísica tradicional tiene un defecto semántico que la vuelve meramente expresiva, pero, según Ney, la estrecha integración de la metafísica nuclear con la física elimina de algún modo este defecto. Inicialmente, la metafísica neopositivista puede parecer prometedora incluso tomando en cuenta esta dimensión semántica del desafío de Carnap, ya que Ney insiste en que “[f]ormar la propia metafísica de este modo no implica responder ninguna pregunta externa carnapiana” (Ney, 2012, p. 62). Un elemento se incluye en la metafísica nuclear solo si es verdadero decir que existe dentro de cada uno de los marcos lingüísticos asociados con cada una de las formulaciones rivales de la física. La metafísica nuclear se construye formulando preguntas existenciales internas y seleccionando luego aquellas que son respondidas afirmativamente por todos los marcos lingüísticos respaldados por la comunidad física.

Que el procedimiento esté limitado a los marcos lingüísticos respaldados por la comunidad física es, sin embargo, una cualificación importante. Existen marcos lingüísticos en los que las afirmaciones de la metafísica nuclear no son verdaderas. Simplemente no se toman en consideración, puesto que el estado lingüístico de la física fundamental se estipula como el punto de partida adecuado para la metafísica. Pero ¿cómo deberíamos concebir la afirmación: ‘el estado lingüístico de la física fundamental es el punto de partida adecuado para la metafísica’? La primera parte, ‘el estado lingüístico de la física fundamental’, refiere a una colección de marcos lingüísticos, aquellos asociados con las formulaciones rivales de la física respaldadas por la comunidad física. La metafísica es el estudio de la realidad última, de modo que argumentar que estos marcos son el punto de partida adecuado para la metafísica parece implicar que tales marcos mantienen una relación privilegiada con la realidad última que no comparten otros marcos lingüísticos. En lugar de singularizar un marco lingüístico como aquel que corta la naturaleza en sus articulaciones, Ney singulariza una colección de marcos como aquellos que posiblemente cortan en las articulaciones. Pero este movimiento debe ser considerado con sospecha desde la perspectiva del desafío de Carnap.

Como ya se discutió, el desafío de Carnap no puede evitarse pasando de preguntas y afirmaciones existenciales individuales a enunciados acerca de la relación entre la realidad y los marcos lingüísticos como un todo. Afirmar que el marco platonista concuerda con la realidad es tan preocupante como la afirmación platonista de que los números realmente existen. En ambos casos, para que sea una afirmación teórica, debe especificarse dentro de qué marco se formula la afirmación. Ya se hable de números o de marcos lingüísticos como un todo, las reglas lingüísticas para estos términos, así como aquellas para ‘existencia’ y ‘realidad’, deben introducirse antes de que pueda afirmarse su relación con la realidad. Lo mismo vale para ‘el estado lingüístico de la física fundamental’, que denota una colección de marcos lingüísticos. La oración ‘el estado lingüístico de la física fundamental concuerda con la realidad última’ bien podría ser verdadera dentro de algún marco lingüístico que introduzca las reglas lingüísticas relevantes. Lo que resulta ilegítimo desde la perspectiva del desafío de Carnap es cualquier estipulación según la cual esta afirmación no solo es correcta dentro de algún marco, sino que realmente lo es con independencia de cualquier marco. Cuando Ney propone los marcos lingüísticos respaldados por la comunidad física como respuesta a la pregunta ‘¿qué marco (o colección de marcos) concuerda con la realidad?’, esto está sujeto a las mismas preocupaciones que se aplican a la discusión del nominalista y el platonista acerca del sistema de los números: para el nominalista y el platonista, argumenta Carnap: “A menos que, y hasta que, proporcionen una interpretación cognitiva clara, estamos justificados en nuestra sospecha de que su pregunta es una pseudopregunta” (Carnap, 1950, p. 25). Ambas son pseudopreguntas, o bien debe explicitarse dentro de qué marcos lingüísticos se formulan.

Poner énfasis en esta dimensión semántica del desafío de Carnap desplaza, por tanto, el interés principal desde la elección entre los marcos en competencia de la física hacia el problema de qué significa decir que estos marcos son preferidos en primer lugar. Seleccionar cuáles son los rasgos comunes entre las formulaciones rivales de la física no será relevante hasta que se establezca en qué sentido estas formulaciones rivales son las “explicaciones competidoras de la verdad” y qué significa que sus elementos representacionales “correspondan a algo en la realidad” (Ney, 2012, p. 64).

Antes de que procedamos con el intento neopositivista de responder a este problema, nótese cómo este problema no es peculiar de la metafísica neopositivista de Ney. Más bien, se aplica tanto a la metafísica naturalizada en general como a todos los demás intentos de evitar el desafío de Carnap mediante la selección de marcos lingüísticos particulares como el punto de partida adecuado para la metafísica. Cualquiera que tome en serio el desafío de Carnap —que no se pueden usar términos sin reglas lingüísticas apropiadas— debe reconocer que cualquier estipulación acerca de que algún marco sea privilegiado es ella misma dependiente de un marco. Esto se aplica a la propuesta de Ney de tomar el estado lingüístico de la física como punto de partida para la metafísica. Pero también se aplica a la propuesta de otros metafísicos naturalizados de tomar la ciencia en general como punto de partida para la metafísica, o a la propuesta de comenzar por el lenguaje ordinario, como sugiere, por ejemplo, el enfoque fácil de la ontología de Thomasson (2014). Privilegiar marcos no es una manera de trascender la dependencia de la metafísica respecto de tales marcos, tal como se sigue del desafío de Carnap. A menos que pueda evitarse el desafío de Carnap, tal metafísica solo puede llegar a equivaler a una metafísica deflacionaria, en la que la significación de los compromisos metafísicos es que estos son los elementos de los cuales es verdadero decir que existen dentro del marco especificado (o de un conjunto de marcos, como es el caso de la metafísica neopositivista).

  1. Una respuesta al desafío semántico

Ney sí ofrece algunas indicaciones acerca de cómo se supone que la metafísica neopositivista —en oposición a la metafísica tradicional— evita la dimensión semántica del desafío de Carnap cuando sostiene que “todas las afirmaciones ontológicas recibirán sentido y justificación mediante los estándares de nuestra mejor ciencia” (Ney, 2012, p. 62, énfasis propio); cuando declara que “el objetivo es obtener una metafísica que haya establecido sus credenciales semánticas y justificatorias por medio de la propia teoría física” (Ney, 2012, p. 64, énfasis mío); y cuando concluye, acerca de la metafísica nuclear, que “[e]sta es una metafísica que debería satisfacer los estándares positivistas de comprensión y justificación” (Ney, 2012, pp. 61–62, énfasis mío).

Se afirma que la metafísica neopositivista es una metafísica que resulta creíble tanto semántica como epistemológicamente, incluso según los estándares de los positivistas y, por ello, de Carnap, en oposición a la metafísica establecida mediante otros enfoques (tradicionales). La credibilidad semántica y epistemológica de la metafísica nuclear es resultado del naturalismo estricto impuesto por el método neopositivista. No se permite ningún razonamiento metafísico independiente. La tarea del metafísico consiste meramente en consultar el estado lingüístico de la física fundamental y establecer la metafísica nuclear a partir de los elementos indispensables. Siguiendo el método de la metafísica neopositivista, el metafísico no puede ni debe estudiar la realidad directamente. En cambio, Ney cita la sugerencia de Carnap de tomar la ciencia misma como objeto de estudio (Carnap, 1984, p. 6; Ney, 2012, p. 76).[12] Quizá incluso sería apropiado precisar que el metafísico neopositivista debería tomar a la comunidad física como objeto de estudio. La tarea del metafísico consiste simplemente en reunir en una metafísica aquellos elementos representacionales —entidades, principios y estructuras— que son considerados indispensables por la comunidad física.

Este naturalismo estricto de la metafísica neopositivista asegura entonces que cualquier pregunta relativa a la credibilidad semántica o epistémica de la metafísica nuclear sea desviada con la respuesta de que la metafísica nuclear simplemente hereda sus credenciales de la física. Un desafío a la credibilidad semántica y epistemológica de la metafísica nuclear se convierte en un desafío a la credibilidad de la física. Este es el rasgo esencial de la respuesta neopositivista al desafío de Carnap:

las afirmaciones semánticas y epistemológicas relevantes que pretendo respaldar aquí son solo las siguientes. Primero, las afirmaciones de nuestras mejores teorías físicas fundamentales son significativas. Segundo, las afirmaciones de nuestras mejores teorías físicas fundamentales están justificadas. (Ney, 2012, p. 62)

Cualquiera que desafíe la semántica de la metafísica nuclear también desafía la significatividad de nuestras mejores teorías físicas fundamentales. Cualquiera que desafíe la posición epistemológica de la metafísica nuclear también desafía la justificación de estas teorías físicas. Esta es la razón por la cual el estado lingüístico de la física puede ser un punto de partida para la metafísica y, en último término, la respuesta neopositivista al desafío de Carnap: la física fundamental es significativa y está justificada, y, por su naturalismo estricto, también lo está la metafísica neopositivista.

Cualquier pregunta relativa a cómo la metafísica nuclear de los neopositivistas puede ser una metafísica sustantiva e independiente de marcos —y, por tanto, superar el desafío de Carnap— es desviada mediante referencia a la credibilidad semántica y epistémica de la física. En lo que respecta a la semántica de la física, Ney insiste en que la única afirmación semántica relevante que debe respaldarse es que la física es significativa, y continúa: “El punto es que la física tiene un historial comprobado de éxito que la convierte en un buen lugar para comenzar la investigación metafísica” (Ney, 2012, p. 62). Esto, según entiendo, es en última instancia la respuesta de los neopositivistas a un interrogador carnapiano suficientemente insistente. Es el historial de la física el que legitima una metafísica derivada de la física. Cualquier pregunta relativa a la semántica —y, para el caso, a la justificación— de tal metafísica es descartada mediante referencia a este historial de éxito en la física. No hay necesidad de tal cuestionamiento, ya que el fundamento de la metafísica neopositivista, a saber, la física, ya se ha probado a sí mismo. En general, esto es lo que los defensores de la metafísica naturalizada encuentran tan prometedor en la física (por ejemplo, Bryant, 2020, sec. 2.3; Hawley, 2006). La física y la ciencia en general son los únicos campos de investigación que pueden exhibir tal historial de éxito, uno que resulta particularmente impresionante en comparación con la metafísica tradicional, la cual, como sostienen Ladyman y Ross, “no puede reclamar tal éxito” (Ladyman & Ross, 2007, p. 7).[13]

Aunque, según la perspectiva de Ney, el compromiso de los platonistas y los nominalistas con la existencia y la no existencia, respectivamente, de los números es meramente una expresión de preferencia por un marco lingüístico particular y no puede ser un enunciado acerca de la realidad última debido al desafío de Carnap, el éxito de la ciencia garantiza un compromiso con los elementos indispensables de sus marcos lingüísticos en competencia (tal como son juzgados por la comunidad física) como realmente existentes en un sentido absoluto e independiente de marcos. El éxito de la ciencia garantiza de algún modo que un compromiso con sus entidades, estructuras y principios indispensables pueda ser declarado significativamente como una afirmación teórica externa; esto de un modo que resulta aceptable según los estándares de los positivistas y de Carnap, pese a la insistencia reiterada de Carnap en que las preguntas y afirmaciones teóricas externas carecen de contenido cognitivo. En resumen, los metafísicos neopositivistas buscan evitar el desafío de Carnap desviando cualquier pregunta relativa a la semántica de la metafísica nuclear mediante referencia a las credenciales semánticas que esta hereda del estado lingüístico de la comunidad física. Luego, a su vez, se niegan a responder cualquier pregunta relativa a la semántica de la comunidad física mediante referencia al éxito de la física, el cual aparentemente se supone que vuelve obsoletas tales preguntas.

  1. Viejos problemas para la metafísica neopositivista

El éxito de la ciencia, sin embargo, no es, plausiblemente, ni un éxito metafísico ni un éxito referencial directo. Más bien, este éxito es un éxito en la predicción y la explicación. Así, se necesita un argumento adicional para mostrar por qué es significativo decir, en un sentido teórico externo, ‘la realidad es realmente tal que se cumple la invariancia de Lorentz’, mientras que decir ‘realmente hay números’ es meramente una expresión de preferencia por un marco lingüístico particular. Parece haber dos maneras de entender la respuesta de los neopositivistas y de otros naturalistas según la cual la física se ha probado a sí misma por su éxito, de tal modo que cualquier cuestionamiento ulterior de su semántica resulta obsoleto. O bien puede entenderse que esta respuesta implica un argumento que defiende las credenciales semánticas de la física sobre la base de su historial de éxitos, o bien debe tomarse al pie de la letra como el pronunciamiento final de los naturalistas sobre el asunto.

Un carnapiano probablemente considerará esto último como una simple rendición ante el desafío, esto es, como la confesión de que la metafísica neopositivista simplemente da cuenta de aquello que es verdadero decir dentro de los marcos lingüísticos adoptados por la comunidad física acerca de la realidad de sus entidades, estructuras y principios. Las reglas lingüísticas adoptadas para el término ‘realidad’ y el papel de la invariancia de Lorentz dentro de los marcos lingüísticos asociados con las formulaciones rivales de la física son adecuadamente relevantes para su éxito predictivo, de modo que la afirmación ‘la realidad es tal que se cumple la invariancia de Lorentz’ es verdadera dentro de estos marcos. Sin embargo, cualquier estipulación ulterior, tal como ‘la realidad es realmente tal que se cumple la invariancia de Lorentz’, no debería tratarse de manera diferente del debate de los nominalistas y platonistas sobre si los números realmente existen: o bien introducimos reglas lingüísticas para el calificativo ‘realmente’, o bien esto se entiende como una afirmación teórica externa y, por lo tanto, carece de contenido cognitivo según el desafío de Carnap. Al ceder de este modo ante el desafío de Carnap, la inminente dependencia de marcos y la consiguiente falta de objetividad son tan significativas para la metafísica neopositivista como para la metafísica tradicional.

La alternativa es que la mención del éxito de la física signifique un argumento implícito que podría establecer otras credenciales semánticas para la física, y por ello para la metafísica neopositivista, distintas de aquellas que posee la metafísica tradicional. Ney no proporciona ningún detalle acerca de cómo el historial de la física podría restituir la independencia de marcos para la metafísica neopositivista de tal modo que las afirmaciones de la metafísica nuclear puedan considerarse verdaderas acerca de la realidad última. Negarse a explicitar un argumento no puede ser una estrategia viable para defenderlo, pero, sin tales detalles, solo se podrá especular sobre cómo el historial de la física asegura que la física, y por lo tanto la metafísica nuclear, pueda evitar el desafío de Carnap.

El candidato inmediato para tal argumento es alguna variante del conocido argumento de los no milagros a favor del realismo: “El argumento positivo a favor del realismo es que es la única filosofía que no convierte el éxito de la ciencia en un milagro” (Putnam, 1979, p. 73). Así como la evidencia empírica ordinaria se toma como apoyo para las teorías científicas de primer orden, también el éxito general de la ciencia se toma como evidencia a favor del realismo científico (semántico) —que los postulados de las teorías científicas exitosas son reales— como una teoría de segundo orden acerca del éxito referencial de las teorías científicas de primer orden. Así, si el argumento de los no milagros —o algún otro argumento— puede establecer el realismo científico como una tesis independiente de marcos, entonces esto podría vindicar la metafísica neopositivista. Pero, según el desafío de Carnap, también el realismo científico y el argumento de los no milagros deben formularse dentro de un marco lingüístico que introduzca los términos relevantes y sus reglas lingüísticas; sobre todo, los términos ‘realidad’ y ‘real’. Suponiendo un marco lingüístico en el que decimos de algo que es real si desempeña el papel explicativo adecuado para el éxito predictivo de una teoría científica (el marco realista), entonces ‘el éxito predictivo de la ciencia implica que sus postulados son reales’ es verdadero dentro de ese marco lingüístico. Sin embargo, en un marco en el que decimos de algo que es real si es observable (el marco antirrealista), entonces ‘el éxito predictivo de la ciencia implica que sus postulados son reales’ es falso dentro de ese marco lingüístico. Dentro del marco realista, el realismo científico es verdadero y el argumento de los no milagros se sostiene, pero este no es el caso dentro del marco antirrealista.

Siguiendo este espíritu carnapiano,[14] Psillos (2011) sostiene que “el realismo científico no es una teoría; es un marco que hace posibles ciertas maneras de ver el mundo” (p. 311, énfasis en el original).[15] Dado que el realismo científico es dependiente de marcos, un compromiso con el realismo científico puede significar meramente la decisión de adoptar un marco óntico particular: el marco lingüístico que introduce en el lenguaje los términos relevantes y las reglas lingüísticas asociadas necesarias para formular afirmaciones existenciales. Más precisamente, un compromiso con el realismo científico no es otra cosa que la expresión implícita de una preferencia por el marco realista, que introduce reglas lingüísticas para términos tales como ‘real’ y ‘existir’, con el efecto de que, por ejemplo, decir ‘los electrones existen’ es verdadero dentro de ese marco. Dado que otros marcos ónticos están disponibles, un compromiso con el realismo científico no puede ser diferente del compromiso del platonista y del nominalista con la existencia y la no existencia de los números, cuando se identifica como la expresión de una preferencia por los marcos lingüísticos platonista y nominalista, respectivamente. Siguiendo el desafío de Carnap, es una elección pragmática adoptar un marco platonista o nominalista, y lo mismo se aplica a la cuestión de si adoptar un marco realista o antirrealista: “la decisión de adoptar el marco realista es una decisión no forzada” (Psillos, 2011, p. 310). Ni siquiera el argumento de los no milagros ayuda aquí. Como se observó arriba, el argumento no es independiente de marcos. Psillos concluye: “el argumento de los no milagros funciona dentro del marco realista; no es un argumento en favor de él. Presupone, más que establece, el marco realista” (Psillos, 2011, p. 312, énfasis en el original).

Podría objetarse que el argumento de los no milagros nunca tuvo la intención de establecer el marco realista; una objeción que se relaciona con la preocupación de que Psillos malinterprete el realismo científico cuando lo identifica con el marco realista.[16] Aunque la adopción del marco realista reproduce una ontología que se asemeja a la ontología realista, bajo un escrutinio ulterior resulta ser un instrumentalismo bajo un elaborado disfraz (Jaksland, 2017). La significación de los compromisos ontológicos —la significación de postular ‘los electrones existen’— dentro del marco realista es simplemente que estos son elementos que desempeñan un papel particular en el éxito predictivo de nuestras teorías, esto es, instrumentalismo. El marco realista introduce reglas lingüísticas para ‘real’ y ‘existir’ con el fin de imitar el discurso realista, mientras que el realismo científico es una teoría acerca de lo que existe. El problema, sin embargo, debido al desafío de Carnap y tal como lo identifica Psillos, es que el realismo científico como tesis solo es significativo dentro de un marco lingüístico, y solo es verdadero dentro del marco realista. De manera similar, aunque el argumento de los no milagros puede establecer el realismo científico como una teoría, solo puede hacerlo dentro del marco realista y, por lo tanto, el argumento es dependiente de marcos, como ya se observó arriba. Psillos no propone una forma alternativa de realismo científico, sino que desarrolla la única forma de realismo científico que es viable dado el desafío de Carnap: una que está inevitablemente ligada al marco realista y, por ello, es dependiente de marcos.

En resumen, el desafío de Carnap es de naturaleza semántica, y este desafío semántico es tan relevante para las afirmaciones teóricas externas acerca de las entidades o los marcos completos de la ciencia como lo es para la metafísica, tal como lo ejemplifican el nominalista y el platonista. Cualquier afirmación acerca de la correspondencia entre la realidad y los marcos lingüísticos respaldados por la comunidad física —cualquier afirmación acerca de sus credenciales semánticas— es una pseudoafirmación a menos que se formule dentro de un marco lingüístico. Esto implica que el desafío de Carnap no puede evitarse relacionando adecuadamente la metafísica con la ciencia: adoptar el marco de la comunidad científica, de modo que las preguntas y afirmaciones científicas y metafísicas sean internas a un marco, tiene como consecuencia reintroducir la dependencia de marcos. No existen fundamentos teóricos (en el sentido de Carnap) sobre los cuales adoptar un marco o una clase de marcos; ni siquiera aquellos respaldados por la comunidad física, pese al historial de éxito de la física.

  1. Conclusión

Una nota al pie con una observación acerca de Carnap y Quine resume la perspectiva de Ney y expone el problema de la metafísica neopositivista:

Nótese que esto sí implica, al menos en un sentido, ponerse del lado de Carnap contra Quine. Quine, recordemos, sostuvo que ni siquiera tenemos estándares objetivos, no-meramente-pragmáticos, de verificación dentro de la ciencia. Así, Quine era un pragmatista respecto de todos los asuntos, no solo de los asuntos metafísicos. La perspectiva presente depende del rechazo de tal pragmatismo global. La ciencia puede proporcionarnos justificación objetiva para sus afirmaciones. (Ney, 2012, p. 62, n. 9)

Ney rechaza el pragmatismo global y adopta la perspectiva de que la ciencia es objetiva. Según Ney, la ciencia formula afirmaciones que no son dependientes de marcos y, comenzando con los marcos de la ciencia, podemos por tanto derivar una metafísica con significación y justificación genuinas. Sin embargo, al hacer esto, Ney no se pone del lado ni de Quine ni de Carnap: “la aceptación de un marco no debe considerarse como algo que implica una doctrina metafísica relativa a la realidad de las entidades en cuestión” (Carnap, 1950, p. 32). Siguiendo el desafío de Carnap, una afirmación solo puede hacerse —y una pregunta plantearse— si se especifica un marco lingüístico que introduzca las reglas lingüísticas para los términos que aparecen en la pregunta y en la afirmación. Toda evaluación de la verdad de una afirmación debe realizarse dentro de un marco lingüístico que introduzca reglas que gobiernen tal evaluación; ¿de qué otro modo proceder sino con la evaluación? Pero esto es precisamente lo que instituye una dependencia inevitable de marcos, de modo que la evaluación nunca puede ser objetiva y no-pragmática.

Según Quine y Carnap, por razones semánticas se debe adoptar este tipo de pragmatismo global.[17] No hace diferencia que Ney, en lugares como el anterior, parezca expresarlo como un supuesto —o quizá más bien como una esperanza— de que la ciencia proporciona fundamentos objetivos para la metafísica. Como se argumentó en la sección 6, ni el argumento de los no milagros ni ningún otro argumento basado en el éxito de la ciencia puede asegurar a la ciencia realista —y, por asociación, a la metafísica naturalizada— una exención del desafío de Carnap. La ciencia, en general, no dispone de recursos con los cuales construir un argumento contra él. Una supuesta exención local para la metafísica neopositivista sería tan infundada como la insistencia de un nominalista en que el marco nominalista escapa al desafío de Carnap mientras el resto de la metafísica permanece sujeto a él. El metafísico neopositivista, por supuesto, puede rechazar completamente el desafío de Carnap, pero tal rechazo tendría que ser global y, por tanto, implicaría que toda metafísica queda libre del desafío, incluida la metafísica tradicional que los metafísicos naturalizados critican con tanta vehemencia. Nada autoriza una excepción específicamente para la metafísica nuclear. La promesa de que la metafísica neopositivista es una manera de evitar el desafío de Carnap queda, por tanto, incumplida. Ninguna deferencia hacia la ciencia puede salvar a la metafísica de esta amenaza a la independencia de marcos y a la objetividad.

En Theories and Things, Quine ilustra muy bien el espíritu del desafío de Carnap cuando se trata de la ciencia y de la ontología basada en la ciencia. Escribe: “El sistema científico, ontología y todo lo demás, es un puente conceptual de nuestra propia fabricación, que vincula la estimulación sensorial con la estimulación sensorial” (Quine, 1981, p. 20). Esto, sin embargo, no conduce al relativismo. Para citar extensamente a Quine:

Pero es una confusión suponer que podemos mantenernos al margen y reconocer todas las ontologías alternativas como verdaderas en sus distintos modos, todos los mundos imaginados como reales. Es una confusión entre verdad y apoyo evidencial. La verdad es inmanente, y no hay una superior. Debemos hablar desde dentro de una teoría, aunque sea cualquiera de varias […]. Lo que se evapora es la cuestión trascendental de la realidad del mundo externo —la cuestión de si o hasta qué punto nuestra ciencia está a la altura de la Ding an sich. (Quine, 1981, pp. 21–22, énfasis en el original)

Aunque permanecen las preguntas internas al marco acerca de la existencia de unicornios y bosones de Higgs, la cuestión completa “de si o hasta qué punto nuestra ciencia está a la altura de la Ding an sich” —si los unicornios o los bosones de Higgs existen realmente— es una pseudopregunta si se la entiende como formulada fuera de cualquier marco lingüístico. Esto se sigue directamente del desafío de Carnap.[18] La cuestión del realismo “se evapora”, como dice Quine. No hay afirmaciones independientes de marcos ni en la metafísica ni en la ciencia y, por lo tanto, no hay credenciales semánticas que heredar de la ciencia que otorguen a la metafísica neopositivista una exención del desafío de Carnap.

Esta deflación tanto de la ciencia realista como de la metafísica vuelve al carnapiano inmune a la insistencia de los neopositivistas en que la física simplemente es semánticamente creíble, así como a la actitud general de la metafísica naturalizada según la cual “[l]a carga recae sobre el escéptico respecto de la metafísica de señalar alguna diferencia semántica o epistémica relevante entre el contenido teórico y el contenido metafísico de las teorías” (Ladyman, 2007, p. 185). Con la insistencia en que el problema es el discurso independiente de marcos, y no la metafísica como tal, el carnapiano puede simplemente conceder que, en lo que respecta a la semántica, no hay diferencia entre la ciencia y la metafísica: ambas son dependientes de marcos. La metafísica se vuelve problemática solo cuando intenta cambiar el modo de hablar y, particularmente, el modo de evaluación, de manera que este no se conduzca dentro de marcos lingüísticos, pero lo mismo se aplica a la ciencia cuando comparte esta ambición. El desafío de Carnap es un desafío a la metafísica simplemente porque es con mayor frecuencia la metafísica la que intenta trascender los marcos lingüísticos, pero esto vale también para la metafísica naturalizada cuando intenta hacer este movimiento por cuenta propia, en nombre de la ciencia, o cuando sostiene que dicho movimiento ya ha sido realizado en la ciencia por la comunidad científica. La paridad semántica con la ciencia no ayuda aquí, puesto que el desafío de Carnap es tan significativo para los científicos como lo es para los metafísicos. Es igualmente significativo para cualquier investigación que intente ir más allá del discurso interno a los marcos. Las preguntas acerca de la realidad objetiva y última son pseudopreguntas, ya sean formuladas dentro de la metafísica o de la ciencia, si se las entiende como preguntas teóricas externas.

En última instancia, esta es la razón por la cual la metafísica naturalizada no puede ser una solución al desafío de Carnap. Asimismo, el desafío de Carnap es la razón por la cual la metafísica naturalizada no es una respuesta exitosa a la pregunta de cómo es posible la metafísica. A la luz del desafío de Carnap, la metafísica naturalizada y la no naturalizada son igualmente problemáticas. Cuando los defensores de la metafísica naturalizada, como Ney, sospechan de la metafísica analítica tradicional por razones carnapianas, deberían sospechar en la misma medida de su propia metafísica naturalizada e incluso de la ciencia realista. Si la metafísica neopositivista de Ney aspira a ser una metafísica objetiva y sustantiva, entonces es tan vulnerable al desafío de Carnap como cualquier otro tipo de metafísica. Ni siquiera el naturalismo tan estricto impuesto por Ney puede salvar a la metafísica neopositivista de este desafío. El metafísico neopositivista no está en mejor posición que el nominalista y el platonista que discuten la existencia de los números, las entidades abstractas o las sumas mereológicas sin consideración alguna por los hallazgos científicos.[19]

Para concluir: ni la metafísica naturalizada ni la metafísica tradicional son posibles hasta que, o a menos que, el desafío de Carnap sea refutado o resuelto, y la metafísica naturalizada no cuenta con recursos con los cuales lograr esto. Como metafísica naturalizada, la metafísica neopositivista no puede, por lo tanto, estar a la altura de su promesa de “sobrevivir a las preocupaciones genuinas que los positivistas tenían acerca de la metafísica” (Ney, 2012, p. 76).

 

Agradecimientos

Quisiera agradecer a Jonathan Knowles, Jan Faye y Astrid Rasch por sus valiosos y perspicaces comentarios sobre borradores anteriores de este artículo. También agradezco los comentarios del público asistente al taller de filosofía analítica contemporánea de la Universidad de Copenhague.

 

REFERENCIAS

 

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NOTAS

[1] Esta es una traducción al español del artículo de Rasmus Jaksland, “Old problems for neo-positivist naturalized metaphysics”, publicado en European Journal for Philosophy of Science10(2), Articulo 16 (2020). La obra original está licenciada bajo Creative Commons Attribution 4.0 International (CC BY 4.0), disponible en https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/. Las modificaciones introducidas consisten en la traducción al español, ajustes estilísticos propios de la traducción, la adaptación de las referencias y citas al estilo APA 7 y la adición de notas al pie por parte del traductor, señaladas como “NT”.

[2] NT: Departamento de Filosofía y Estudios Religiosos, Facultad de Humanidades, NTNU – Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, Trondheim, Noruega. Contacto: rasmus.jaksland@ntnu.no. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9531-9994.

[3] NT: Profesor de Estado en Filosofía y Magíster en Filosofía de las Ciencias – Universidad de Santiago de Chile, Santiago, Chile. Contacto: gabriel.donoso.u@usach.cl. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4842-1387.

[4] Esta deferencia hacia los hallazgos de la ciencia también es respaldada, por ejemplo, por Ladyman & Ross (2007, p. 27), Chakravartty (2013, pp. 30, 33), Kincaid (2013, pp. 1, 5), Morganti (2013, pp. 29–55) y Maudlin (2007, p. 1).

[5] Esta concepción ambiciosa de los objetivos de la metafísica se manifiesta, por ejemplo, en Ladyman & Ross (2007, pp. 9, 14), Chakravartty (2013, p. 31), Kincaid (2013, p. 5) y Morganti (2013, pp. 20–21).

[6] Para la crítica de la metafísica tradicional no naturalizada, véanse, por ejemplo, Ladyman & Ross (2007, cap. 1), Chakravartty (2013, p. 32), Kincaid (2013, pp. 1, 20–21) y Morganti (2013, pp. 20–21).

[7] De manera importante, para Carnap, la analiticidad solo se define con respecto a un marco lingüístico (Flocke, 2020, p. 535). Así, cuando sostiene que ‘hay números’ es analítico, esto es así con respecto al sistema de los números, y la misma oración podría ser una contradicción en un marco nominalista.

[8] Explicado de este modo, el desafío es de naturaleza semántica. Las preguntas y afirmaciones metafísicas carecen de significado cognitivo, porque están pensadas como preguntas teóricas formuladas y afirmaciones realizadas con anterioridad a cualquier marco lingüístico o fuera de él. Existen interpretaciones de Carnap menos inclinadas semánticamente y más inclinadas epistemológicamente (e.g. Bradley, 2018; Wilson, 2014). Sin embargo, esta posición minoritaria será dejada de lado aquí. Quienes simpatizan con ella pueden reformular todo lo que sigue en términos de un desafío semántico a la metafísica inspirado en Carnap, con la misma conclusión: la metafísica naturalizada no dispone de recursos con los cuales responder a este desafío.

[9] Nuevamente, una respuesta teórica en el sentido de Carnap es una respuesta que es verdadera o falsa, esto es, algo que va más allá de una expresión de preferencia, la cual está implicada por una respuesta pragmática en el sentido de Carnap.

[10] No está del todo claro qué debe considerarse exactamente como dos formulaciones rivales de la misma teoría, en contraposición a dos teorías rivales. Siguiendo el resto del método neopositivista, esta pregunta quizá debería ser resuelta por la comunidad física. En cualquier caso, este asunto no afectará las perspectivas generales de la metafísica neopositivista, sino solo las conclusiones metafísicas particulares que puedan inferirse.

[11] Quizá el estado lingüístico de otras ciencias pueda ser relevante para la determinación de la verdad no fundamental.

[12] Ney se refiere aquí a “On the Character of Philosophic Problems” de Carnap (1984), que fue publicado originalmente en 1934 con el mismo título (Carnap, 1934); mismo año en el que Carnap publicó [en alemán] Logical Syntax of Language. En ambas obras, Carnap propone que la filosofía debería tomar la ciencia como su objeto de estudio. Ney entiende que esto implica que la ciencia es la evidencia preferida para la metafísica, mientras que la intención de Carnap es que la filosofía debería ocuparse principalmente de desarrollar lenguajes para la ciencia (Carnap, 1934/1937, pp. 277–284).

[13] Véase Stoljar (2017) para una discusión reciente y una refutación de esta opinión recibida según la cual ha habido poco progreso en filosofía.

[14] Psillos encuentra, más precisamente, la inspiración para esta perspectiva en el realismo empírico de Feigl (1950), que Carnap describe en una nota al pie como el avance de “un punto de vista estrechamente relacionado sobre estas cuestiones” (Carnap, 1950, p. 32).

[15] Un carnapiano más cuidadoso podría decir, en cambio, que el realismo científico es un marco que hace posibles ciertas maneras de hablar acerca del mundo, para evitar cualquier impresión de que este marco mantiene una relación especial con (aspectos de) el mundo.

[16] Agradezco a un revisor anónimo de esta revista por haberme presionado sobre este punto.

[17] De hecho, como han argumentado varios autores (por ejemplo, Alspector-Kelly, 2001; Price, 2009; Soames, 2009), Carnap y Quine estaban más o menos de acuerdo acerca de la naturaleza y las perspectivas de la metafísica, y su desacuerdo concernía principalmente a la distinción analítico/sintético.

[18] Creath (1990) sostiene que, en efecto, Quine formuló esta tesis basándose en las perspectivas de Carnap.

[19] NT: El original reza: “The neo-positivist metaphysician is no better off than the nominalist and Platonist who discuss the existence of numbers(, abstract entities, or mereological sums) without any regard for scientific findings”. Claramente aquí hay un error de redacción. Dado que las entidades abstractas y las sumas mereológicas funcionan como otros ejemplos de objetos típicos de disputa metafísica tradicional (junto con los números), he considerado pertinente retirar el paréntesis.

[20] NT: En el original, Rasmus comete un error no menor en la bibliografía, pues la edición de 1934 es el original alemán, mientras que la traducción inglesa citada recién aparece en 1937.

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