¿Por qué los filósofos no escriben juntos? El problema de la coautoría en la filosofía. Hilda Hernandez López. Revista de Filosofía, Homónima

orcid logo Hilda Hernandez López es profesora investigadora asociada del Institudo de Farmacobiología, Universidad de la Cañada, México. Email: hilda@unca.edu.mx. ORCID: https://orcid.org/00009-0007-3230-4585

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Hernandez, H. (2026). ¿Por qué los filósofos no escriben juntos? El problema de la coautoría en la filosofía. Revista de Filosofía Homónima, 1(2), pp. 7-26

 


 

¿POR QUÉ LOS FILÓSOFOS NO ESCRIBEN JUNTOS? EL PROBLEMA DE LA COAUTORÍA EN LA FILOSOFÍA

Hilda Hernandez López[1]

Universidad de Cañada

Resumen

A diferencia de otras áreas del conocimiento, la publicación de escritos en coautoría no es una práctica común en la filosofía. Solo recientemente se ha evidenciado este fenómeno y se han planteado varios problemas relacionados, a saber: ¿por qué la coautoría es escasa en la filosofía?, ¿es deseable promoverla? y ¿cómo lograr la escritura colaborativa en un área donde predomina la diversidad en lugar del consenso? En este artículo me centraré en la primera pregunta con un esbozo de las principales respuestas que han ofrecido otros autores; después abordaré los otros temas de forma general para exponer lo que, a mi parecer, son cuestiones abiertas que requieren un abordaje más profundo. El objetivo de este escrito es abrir la discusión sobre la coautoría y motivar el interés en el ejercicio real de esta praxis entre ciertos sectores de la filosofía académica actual.

Palabras claveescritura filosófica, filosofía académica, filósofo como genio solitario, escritura colaborativa, colaboración subautoral.

Why Don’t Philosophers Write Together? The Problem of Co-authorship in Philosophy

Abstract

Unlike other fields of knowledge, co-authorship is not a common practice in philosophy. Only recently has this phenomenon been documented, and several related questions have been raised, namely: Why is co-authorship so scarce in philosophy? Is it desirable to promote it? And how can collaborative writing be achieved in a field where diversity of views prevails over consensus? In this article, I will focus on the first question by outlining the main responses offered by other authors. I will then address the remaining issues in general terms in order to present what I consider to be open questions that require further examination. The aim of this paper is to open the discussion on co-authorship and to encourage interest in the actual practice of this endeavor among certain sectors of contemporary academic philosophy.

Key words: philosophical writing, academic philosophy, philosopher as lone genius, collaborative writing, sub-authorship collaboration.

Introducción

La publicación de artículos bajo el modelo de coautoría es una práctica estandarizada que es parte esencial del proceso de producción del conocimiento científico. Usualmente, se reconoce que involucra la división del trabajo y la colaboración estrecha de los integrantes de grupos académicos, los cuales realizan diversas contribuciones como parte de una investigación más amplia y cuya meta es reportar los hallazgos científicos en un artículo. Aunque la coautoría es un rasgo común en la ciencia, existen diferencias entre las disciplinas, por ejemplo, la hiperautoría es propia de campos como la biomedicina y la física de altas energías, en donde suelen publicarse artículos con cientos de autores (Cronin et al., 2003). En contraste, en las humanidades y, en particular, en la filosofía, la coautoría es escasa.

Además de ser infrecuente en la praxis, la coautoría en la filosofía tampoco ha despertado mayor interés como un problema digno de ser analizado entre los propios filósofos académicos. Posiblemente, podemos atribuirles a Joshua Miller y Eric Schliesser el haber sido los primeros en difundir el tema en la entrada de un blog personal del 2017, la cual cobró relevancia cuando se volvió a publicar en Daily Nous, uno de los medios más conocidos en cuanto a la transmisión de noticias y temas de actualidad relacionados con la filosofía académica anglosajona. El análisis de Miller & Schliesser (2017) se basa en los resultados del reporte ERA (Excellence in Research for Australia) del año 2012, los cuales muestran que las publicaciones de las áreas de “Filosofía y estudios de la religión” y “Estudios en artes creativas y escritura” son las que tienen, en promedio, la menor cantidad de autores en comparación con los demás campos del conocimiento.

Existen otras investigaciones que refuerzan la existencia del problema identificado por Miller & Schliesser (2017). En un estudio previo de Cronin et al. (2003) se examinó una muestra de 100 volúmenes provenientes de las revistas Psychological Review y Mind publicados a lo largo del siglo pasado. De los 1850 artículos de Mind, el 98% fueron escritos por un solo autor, aunque también se observó un aumento a partir de los años 80 respecto al número de autores y a los reconocimientos a la contribución de otros filósofos. Hallazgos más recientes recabados en Philpapers –un repositorio extenso que contiene textos académicos de las distintas disciplinas filosóficas– evidenciaron que predomina la autoría individual, aunque en las últimas décadas se ha incrementado el número de autores en los escritos provenientes de las revistas de mayor prestigio (Bourget & Weinberg, 2021). Asimismo, Wang et al. (2021) evaluaron un conjunto de 140 millones de artículos de diferentes campos publicados de 1940 a 2019 y encontraron que el promedio de autores en la filosofía es de 1.4, semejante a otras áreas como artes, ciencia política y sociología. En la investigación de Taylor et al. (2024) se analizaron las publicaciones de 2003 a 2022 de cuatro revistas de Estados Unidos y Canadá predominantes en el campo de filosofía de la educación. De 2087 artículos, solo el 19.3% fue escrito en coautoría, con una tendencia hacia la colaboración entre dos autores. Aunque Cronin et al. (2003), Bourget & Weinberg (2021) y Taylor et al. (2024) registraron un incremento reciente en el número de autores, los datos obtenidos señalan que la autoría individual parece ser la norma en la filosofía.

Este fenómeno también puede evidenciarse recurriendo a una perspectiva histórica, basta con preguntarse qué ejemplos de coautoría pueden nombrarse como los más representativos entre la vasta tradición filosófica. Los más prominentes son las duplas Karl Marx-Friedrich Engels, Theodor Adorno-Max Horkheimer y Gilles Deleuze-Félix Guattari, como bien han señalado otros autores (Miller & Schliesser, 2017; Spera & Peña-Guzmán, 2025). Aun así, en los tres ejemplos se trata de parejas, más que de un grupo de autores más amplio, como ocurre en las ciencias. Además, en estos casos, el trabajo colaborativo que se materializa en un escrito suele subestimarse cuando, por ejemplo, la pareja de autores es identificada como si se tratara de un solo autor, como si fueran un “vínculo casi indisoluble” o un “átomo filosófico” (Moravec & West, 2021, p. 106). O, en el peor de los casos, como señalan Spera & Peña-Guzmán (2025), solo se reconoce a uno de ellos como el filósofo (en este caso, Marx, Adorno y Deleuze) y al otro como un mero colaborador.

Hasta aquí he intentado mostrar que, aunque los datos son limitados, podemos afirmar que la coautoría es escasa en la filosofía. Ahora esbozaré algunas de las cuestiones que derivan de este asunto. La primera atañe a sus posibles causas, es decir, por qué la coautoría es una práctica infrecuente en la filosofía en comparación con otros campos del conocimiento. La segunda, por otro lado, está dirigida hacia la justificación y el valor de la coautoría para el campo si se vuelve un rasgo común de las publicaciones filosóficas, es decir: ¿es deseable promover la coautoría? o ¿de qué modo esta praxis enriquece a la filosofía académica actual? Y, por último, ¿cómo lograr la coautoría reconociendo el mérito de cada autor en un área donde predomina la pluralidad de ideas en lugar del consenso?

En este escrito me centraré, en mayor medida, en analizar algunas de las posibles razones que han sugerido Miller & Schliesser (2017), Moravec & West (2021) y Spera & Peña-Guzmán (2025) sobre lo que podemos denominar de forma general como “el problema de la coautoría en la filosofía”. En particular, mostraré que ciertos aspectos históricos y sociales detrás de la escritura individualizada son fundamentales para entender este problema, aunque no son los únicos y esta perspectiva está limitada. Posteriormente, partiré de esto para exponer algunas consideraciones que pueden ser relevantes para abrir la discusión sobre el valor epistémico, ético, académico y social de la coautoría, sobre todo en el ámbito de la filosofía académica actual y, en concreto, en aquellos sectores que permanecen ajenos a este tema. Tal es el caso de la filosofía que hacemos en los países de habla hispana donde, a mi parecer, esta cuestión no ha sido abordada, tal como puede concluirse por la ausencia de fuentes en español. Este artículo pretende llenar ese vacío para generar una discusión sobre la coautoría en la filosofía y, en el mejor de los casos, promover la práctica real de la escritura conjunta y otras formas de trabajo colaborativo.

¿Por qué la coautoría es infrecuente en la filosofía?

Un primer punto para considerar es que la cooperación y el intercambio de ideas entre los filósofos son actividades habituales en el ámbito académico, en específico, Miller & Schliesser (2017) destacan la participación en discusiones polémicas y lo que se denomina como “reconocimiento no autoral”, es decir, los agradecimientos a las contribuciones informales de otros que aparecen en las introducciones de algunas obras o en las notas al pie de las publicaciones (Cronin et al., 2003). Si bien es frecuente esta clase de colaboración entre los filósofos, la cuestión que surge aquí es por qué estas dinámicas no propician la publicación de escritos bajo el formato de coautoría.

Una primera explicación propuesta por Miller & Schliesser (2017) tiene que ver con el financiamiento de los proyectos académicos. En otras áreas, la conformación de equipos de investigación es fundamental para acceder y hacer uso de los recursos. De acuerdo con estos autores, esto no ocurre en el caso de la filosofía, donde las subvenciones son escasas, por lo que los filósofos no están obligados a pertenecer a grupos de esta clase. Este punto no se desarrolla con mayor detalle, pero puede respaldarse con el estudio de Cronin et al. (2023), el cual aporta cierta evidencia de que la coautoría se volvió una práctica común en la psicología en el mismo periodo en el que este campo adquirió un carácter experimental y empezó a recibir un mayor financiamiento. Por otro lado, una implicación de la explicación de Miller & Schliesser (2017) es que la coautoría sería más frecuente en los proyectos financiados en filosofía, aunque estos sean escasos. Para establecer esto, es necesario un análisis detallado de este tema y de otras formas de colaboración en la filosofía a través de grupos de trabajo, por ejemplo, la organización de eventos académicos, la edición o coordinación conjunta de libros, revistas, monografías, etc.

Otra respuesta al problema de la coautoría, insinuada por Miller & Schliesser (2017), ampliada por Moravec & West (2021) y abordada con profundidad por Spera & Peña-Guzmán (2025), es la predominancia de la “figura del genio solitario” en la filosofía, la cual puede ser entendida de forma análoga a la concepción del artista como genio creativo, cuyas grandes obras son producto del talento y el esfuerzo individual. Moravec & West (2021) relacionaron esta explicación con el “efecto gurú” sugerido por Dan Sperber, según el cual, algunos intelectuales se vuelven figuras de culto recurriendo a la escritura oscura. Este estilo de escritura permite que ciertos pensadores ganen más seguidores, propiciando una tendencia hacia la admiración al “genio intelectual”, de manera similar al líder de una secta. Según estos autores, este modelo no favorece la coautoría porque un coautor podría descubrir fácilmente el engaño del gurú.

Además, Moravec & West (2021) se preguntan si la explicación del gurú puede hacerse extensiva al ámbito de la filosofía analítica que, como tradición filosófica, se caracteriza por promover un estilo de escritura menos oscuro, así como la rigurosidad argumentativa, el uso de la lógica y la cercanía con las ciencias. De acuerdo con esta propuesta, en la filosofía analítica, la figura del filósofo como genio individual no está relacionada con la oscuridad de la escritura, pero sí con el uso de tecnicismos y la alta especialización, los cuales limitan el trabajo colaborativo con los filósofos ajenos a tales áreas o incluso con investigadores provenientes de otros campos del conocimiento. Es decir, en la filosofía analítica también predomina la autoría individual, aunque por razones diferentes a la del genio intelectual.

A mi parecer, Rebekah Spera y David Peña-Guzmán nos ofrecen la caracterización más minuciosa de lo que llamaremos “el modelo del filósofo como genio solitario”. En su libro Professional Philosophy and its Myths (2025), dedican un capítulo al “mito del filósofo como uno”, en el cual analizan la figura del filósofo como un ser aislado que solo es capaz de concebir ideas novedosas –o incluso construir todo un sistema de pensamiento– cuando se abstrae del mundo. Para estos autores, este mito contrasta con la naturaleza social de la filosofía y tiene repercusiones en la investigación académica actual, tal como ocurre con el problema de la coautoría. Como veremos, el análisis que nos ofrecen se fundamenta en el trasfondo histórico, pero su originalidad radica en que lo relacionan con los rasgos que definen a la filosofía como disciplina, en específico, sus métodos y objetos de estudio.

Spera & Peña-Guzmán (2025) sugieren que “el mito del filósofo como uno” está arraigado en la tradición y fomenta la concepción del filosofar como una actividad individual alejada del mundo físico y social. Su propuesta se sustenta, a su vez, en las investigaciones de carácter histórico de Steven Shapin y Bárbara Taylor, las cuales exploraron el discurso que vincula la soledad y la generación del conocimiento desde su origen hasta los siglos XVII y XVIII. De acuerdo con Shapin (1991), en la cultura occidental persiste la idea de que la labor auténticamente intelectual va ligada a una mayor inclinación hacia la soledad. En ese sentido, el individuo solo puede acceder a las fuentes del conocimiento cuando se distancia del orden social. Por otro lado, el trabajo de Taylor (2020) se centró en el conflicto entre David Hume y Jean-Jacques Rousseau, cuyas personalidades filosóficas representan el menosprecio y la predisposición por la soledad, respectivamente. Al igual que Shapin (1991), Taylor (2002) identifica en los griegos la génesis de la concepción de la soledad como precondición para el pensamiento. En particular, en Platón, la filosofía adquiere un carácter dialógico, pero no se trata de un diálogo con otros, sino de un “diálogo interno” del filósofo con su propio pensamiento. Tanto Shapin como Taylor retoman ejemplos históricos que se ajustan al modelo del pensador solitario, siendo Descartes el más representativo.

La predominancia del modelo del filósofo solitario a lo largo de la historia puede explicar, en buena medida, el escaso interés en la coautoría. Pero, además, este ideal está relacionado con ciertas características de la filosofía que la distinguen de otros campos como las ciencias y las artes. El primer contraste que puede hacerse con las ciencias es que, como acabamos de ver, en las ciencias no impera la figura del genio solitario o acaso es menos representativa, como también han señalado Cronin et al. (2003), Miller & Schliesser (2017) y Moravec & West (2021). Además, la investigación de Taylor (2002) sugiere que, desde el Renacimiento, surgieron críticas al modelo del pensador solitario que se prolongaron a la par de la consolidación de la ciencia en los siglos posteriores. De esto podemos concluir que la filosofía mantuvo el énfasis en la soledad, mientras que la ciencia adoptó el trabajo colectivo conforme adquirió autonomía disciplinar. Spera & Peña-Guzmán (2025) también proponen que una diferencia fundamental radica en que el objeto de estudio de la filosofía no está determinado ni circunscrito a ciertos límites disciplinarios. Dicho de otro modo, la filosofía puede versar sobre cualquier asunto y, al no haber un límite objetivo acerca de lo que puede ser problematizado, es el filósofo quien define su propio objeto, dotándolo de subjetividad.

Es precisamente la carga de subjetividad la que separa al filósofo del científico, según Spera & Peña-Guzmán (2025), ya que el primero define su propio objeto de estudio mediante ese diálogo interno y crea ideas, conceptos o sistemas de pensamiento, mientras que el otro busca y descubre patrones o regularidades en el mundo físico (un aspecto que también fue mencionado por Cronin et al., 2003). Esto concuerda con la perspectiva tradicional expuesta anteriormente, en la cual el filósofo se asemeja más a un creador o autor y, por eso, es habitual que las creaciones lleven impresa la marca del autor, tomando el nombre como referencia, por ejemplo: platonismo, aristotelismo y kantismo. Además, por esta misma razón, una tarea fundamental en la filosofía es la búsqueda del origen histórico y la atribución de las ideas. Si tomamos en cuenta todos estos aspectos, la filosofía se asemeja más al arte, como también han apuntado Moravec & West (2021).

La similitud entre la filosofía y el arte se basa, principalmente, en la predominancia de la creación individual de las obras; sin embargo, Spera & Peña-Guzmán (2025) sostienen que la analogía se pierde en lo que respecta al medio que es utilizado para expresar un contenido. En las obras artísticas, el contenido (o significado) es indisoluble del medio empleado por el creador. Por eso las artes se diferencian a partir del tipo de obra que se produce, centrándose en los recursos materiales y creativos utilizados más que en el contenido, por ejemplo, una pintura o una pieza musical. En la filosofía, en cambio, el contenido puede separarse del medio. Es decir, los filósofos emplean una variedad de herramientas argumentativas, retóricas o estilísticas, pero las ideas son disociables de tales medios empleados para expresarlas (Spera & Peña-Guzmán, 2025). Esto también se hace patente en los procesos de enseñanza y aprendizaje de la filosofía, donde se incentiva la habilidad de identificar las ideas con independencia del medio que fue empleado por el autor, ya sean aforismos, diálogos, mitos, ensayos, etc.

Otro aspecto por destacar es el tipo de creaciones que produce el filósofo. En la visión tradicional del genio solitario, el filósofo no crea obras, sino sistemas de pensamiento, o, como mencionan Spera & Peña-Guzmán (2025) siguiendo a Steven Shapin, crea “mundos”. Esta concepción parece corresponder plenamente con los ejemplos de filósofos que son considerados “grandes maestros”, representativos o canónicos de la disciplina, tales como Platón, Aristóteles, Kant y Hegel. Sin embargo, esto contrasta con aquello que pueden producir los filósofos en el estado actual de la disciplina sujeta a estándares académicos institucionalizados. En palabras de Spera & Peña-Guzmán (2025), la mayoría de los filósofos contemporáneos realiza contribuciones modestas a problemas o a debates filosóficos específicos. En síntesis, aun con estas diferencias, persiste la idea del filósofo como creador individual.

Evidentemente, puede haber otras explicaciones no excluyentes del problema de la coautoría relacionadas con características propias de la filosofía. Por ejemplo, Paul Wolff (2014) ha sugerido que cada filósofo tiene una voz única (un estilo de escritura o voz autoral), lo que implica que los escritos publicados en coautoría carecerán de esa marca que los identifique, a menos que uno de los autores se imponga sobre el otro. Esto, por lo tanto, haría imposible una auténtica escritura colaborativa en la filosofía. Otra posible explicación se basa en el carácter exploratorio de la filosofía, ya que esta propicia el desarrollo de propuestas entendidas como “apuestas arriesgadas” sobre algún problema conceptual, cuya generación e impacto en la discusión se garantizarían solo si se publican de manera individual (Miller & Schliesser, 2017).

Como vimos hasta aquí, varios autores han explorado algunas explicaciones acerca del problema de la coautoría. Sin embargo, a mi parecer, “el mito del filósofo como uno” descrito por Spera & Peña-Guzmán (2025) es fundamental para comprender este problema debido a que su arraigo en la disciplina tiene implicaciones que no se restringen al ámbito de la escritura. Igualmente, los hallazgos de Cronin et al. (2003) sustentan la preponderancia del estereotipo del filósofo como un “lobo solitario” (p. 856) capaz de generar ideas y plasmarlas en un escrito fuera del orden social. En esta misma línea, Taylor et al. (2024) han argumentado que es necesario un cambio estructural en la filosofía para contrarrestar la predisposición hacia la escritura individual. Es decir, las investigaciones ya citadas convergen en el reconocimiento del problema de la coautoría y lo relacionan con el trabajo creativo en solitario promovido a lo largo de la vasta tradición filosófica. Asimismo, aunque admiten que este es un problema con una raíz histórica significativa, destacan que en las últimas décadas se han observado cambios palpables en el aumento de la coautoría y los reconocimientos no autorales.

Basándome en las propuestas de otros autores, he inclinado mi análisis hacia los aspectos sociales e históricos que han permeado la inclinación hacia la escritura individual en la filosofía. Solo de forma sucinta he abordado otras posibles causas, como el financiamiento de los proyectos de investigación en las ciencias y la filosofía. Asimismo, no he considerado otros puntos significativos para contrastar las características de la autoría en las ciencias y en la filosofía. Por ejemplo, el proceso histórico que pudo haber impulsado el modelo cooperativo de la investigación científica y sus implicaciones en otras prácticas como la conformación de redes de colaboración, la división del trabajo en grupos amplios e interdisciplinarios, la hiperautoría y la autoría honorífica. De igual modo, este escrito es superficial en cuanto al abordaje de las disparidades epistemológicas entre las ciencias y la filosofía relacionadas con las metodologías y los objetos de estudio. Es decir, en las diversas ciencias, la complejidad de cada objeto de estudio es un factor decisivo porque demanda la conformación de grupos de investigación amplios y con expertos que contribuyan de diferente modo. En este caso, la coautoría en las publicaciones es lo natural dada la necesidad de reconocer diferentes clases de contribuciones. En cambio, en la filosofía, tradicionalmente es el filósofo quien determina su propio objeto y puede estudiarlo de manera individual.

Antes de continuar con las cuestiones acerca de por qué es necesario promover la coautoría en la filosofía y cómo lograrlo, es primordial preguntarse qué implica perpetuar el modelo del genio individual en la filosofía, sobre todo en el contexto actual bajo el cual se lleva a cabo la investigación filosófica sujeta a ciertas pautas, procesos y estándares académicos. Una vez que hayamos indagado en esto, quizá podamos dar un paso más firme hacia un “cambio de ethos” (Moravec & West, 2021, p. 108) en nuestra disciplina que privilegie un verdadero trabajo colaborativo que se materialice en la publicación conjunta de escritos, en consonancia con los autores aquí expuestos (Miller & Schliesser, 2017; Taylor et al., 2024).

Temas abiertos sobre la coautoría en la filosofía

Existen diversos argumentos a favor de promover la coautoría como una práctica deseable en la filosofía. En primer lugar, Miller & Schliesser (2017) destacan dos clases de beneficios de la coautoría: epistémicos y éticos. Entre los primeros se incluyen todos aquellos que están relacionados con la escritura colaborativa, por ejemplo, el aumento de la calidad y la cantidad de los escritos. En cuanto a beneficios éticos, Miller & Schliesser (2017) argumentan que la coautoría contribuye a la cooperación, al reconocimiento explícito de las contribuciones de otros autores, a la amistad y la tutoría (entre los filósofos profesionales y aquellos que están en formación). En esta misma línea argumentativa, Taylor et al. (2024) recalcan el fomento a la amistad intelectual y la mentoría, así como el incremento de la representación y la inclusión de voces minoritarias o identidades en sectores donde, históricamente, han predominado otros grupos. Asimismo, Taylor et al. (2024) han señalado beneficios epistémicos como el fortalecimiento de la autoridad epistémica y el desarrollo de nuevas perspectivas, ya que las especializaciones y experiencias de cada colaborador pueden enriquecer las investigaciones. Por su parte, Moravec & West (2021) apelan a una variedad de beneficios como la reducción del tiempo de la escritura, la revisión por pares instantánea, la descentralización del trabajo filosófico, el fomento del desacuerdo y la posibilidad de matizar posturas entre pares.

Como hemos visto, no son pocos los beneficios a los cuales se apela para promover la coautoría y, tal como lo revelan las cifras descritas anteriormente, no solo hay defensores, sino verdaderos practicantes de la escritura colaborativa. En este ensayo no he propuesto ninguna defensa original, pero este tema representa un campo fértil para otros filósofos dada la necesidad de fortalecer la tendencia existente a favor de las publicaciones conjuntas. Por otro lado, a la par del desarrollo de argumentos para fomentar la coautoría, deben atenderse otros problemas como: ¿qué modelo debe seguirse?, ¿qué normas pueden adoptarse para reconocer la contribución de cada filósofo a un escrito? y ¿cómo incorporar una diversidad de voces para que reflejen ciertas posturas en un artículo? En la sección anterior intenté mostrar que el modelo tradicional del filósofo como genio solitario y las características de la filosofía como disciplina están relacionados con estos temas. Por ejemplo, como la filosofía es un campo en el que predominan la pluralidad de ideas y el desacuerdo, es natural que surjan inquietudes acerca de cómo reflejar la heterogeneidad de las posturas y las discrepancias en un manuscrito. Miller & Schliesser (2017) aventuraron varias soluciones, tales como la búsqueda de consenso, el uso de declaraciones que reconozcan cada contribución, recurrir a la votación para reflejar la opinión mayoritaria (pero reconociendo el disenso y las controversias), entre otras. Todas estas alternativas requieren una valoración más detallada.

Por otro lado, el problema de la coautoría en filosofía se ha evidenciado a partir de comparaciones con las ciencias. Sin embargo, al tratar de promover la coautoría con un símil con la ciencia se pueden replicar los problemas estructurales que esta enfrenta, por ejemplo, la estandarización de la investigación científica, la autoría fantasma, la autoría honoraria, la hipercoautoría y la conformación de equipos de investigación cada vez más numerosos (Andalón et al., 2024), el establecimiento de normas rígidas de coautoría (declaraciones de contribución obligatorias y limitación de la cantidad de autores dependiendo de la disciplina) y el futuro incierto del valor de las publicaciones académicas con la llegada de la inteligencia artificial (López-Borrull, 2025). Desde luego, estos dilemas éticos no son una consecuencia exclusiva de la escritura colaborativa, pues también surgen en el contexto de la institucionalización bajo la cual se rige la investigación en la actualidad, por ejemplo, la tendencia creciente al modelo de “publicar o perecer”. Es un tema abierto si, al adoptar el modelo de coautoría de las ciencias, copiamos tanto sus virtudes como sus vicios. O, en caso de que optemos por otros estándares o prácticas de coautoría, ¿cuáles deberían ser estos?

Como lo sugieren las investigaciones ya citadas, en las últimas cuatro décadas, la filosofía académica está experimentando un incremento tanto en la coautoría como en los reconocimientos no autorales. Ahora bien, la evidencia disponible está circunscrita y no permite determinar si estas prácticas se están consolidando en toda la disciplina o hay variaciones dependiendo de las áreas, los departamentos, los institutos, las tradiciones, las regiones y las comunidades filosóficas alrededor del mundo. Por ejemplo, en el estudio de Cronin et al. (2003) se registró un aumento de la coautoría en los artículos publicados en la revista Mind, la cual es interdisciplinaria y más cercana a la tradición analítica. Por su parte, Taylor et al. (2024) identificaron un número creciente de publicaciones en coautoría en las revistas de filosofía de la educación de mayor prestigio en Estados Unidos y Canadá. Asimismo, las cifras que aportan Bourget & Weinberg (2021) están restringidas al conjunto de escritos publicados en los últimos 120 años y almacenados en un repositorio (PhilPapers) y, aunque esta muestra es amplia, no es representativa de todo el campo. Esto apunta a la falta de un sustento empírico más robusto que permita conocer el panorama de la coautoría en aquellos ámbitos que no han sido explorados.

En concreto, hay dos sectores que merecen una mayor atención. El primero incluye todas aquellas corrientes y áreas de la filosofía que se consideran más cercanas a las ciencias. Por ejemplo, la filosofía de la ciencia general o especializada en la biología, las ciencias cognitivas, las ciencias sociales, la física, las matemáticas, etc. En estos casos, la colaboración entre filósofos y expertos de otros campos puede ser fundamental por la naturaleza de los problemas estudiados, pero ¿qué tan frecuente es esta clase de coautoría interdisciplinaria? Es posible que, debido al sesgo por mi área de formación (la filosofía de las ciencias cognitivas), intuya que se trata de una práctica habitual. Para respaldar esto podríamos indagar en las trayectorias y las publicaciones de algunos filósofos representativos de cada campo. Por ejemplo, Andy Clark es un autor significativo en la filosofía de las ciencias cognitivas y ha publicado en coautoría con filósofos como David Chalmers, Josefa Toribio, Michael Wheeler, Julian Kiverstein, etc., así como con investigadores de otras disciplinas como Anette Karmiloff-Smith (psicóloga del desarrollo), Chris Thornton (científico computacional), Gary Lupyan (científico cognitivo), entre otros (Clark, n.d). Se requiere de una indagación profunda para determinar si los casos de coautoría interdisciplinaria de este tipo son extraordinarios o caracterizan a esta y otras áreas de la filosofía.

En segundo lugar, la publicación de artículos en habla hispana o en revistas de América Latina son dos sectores en los que no se ha explorado la tendencia en cuanto a la coautoría. Para contribuir a llenar este vacío, revisé las publicaciones de Crítica-Revista Hispanoamericana de Filosofía desde su fundación en 1967 hasta 2025. En el transcurso de 68 años se han publicado 619 artículos originales y, entre estos, solo 54 fueron en coautoría (el 8.7%). Sin embargo, es notorio que a partir del año 2000 han aparecido más escritos con 2 o incluso 3 autores. De los 260 artículos presentes en los números de 2000 a 2025, 42 fueron producto de la coautoría (el 16.1%) en comparación con 12 artículos (el 3.3%) de los 359 correspondientes al periodo de 1967 a 1999 (Crítica, s.f.). Cabe mencionar que Crítica es una revista editada por el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México y está ubicada en el cuartil 2 (Q2) de acuerdo con la clasificación SCImago (s.f.); se trata, pues, de un medio importante que muestra una tendencia hacia la coautoría y que se ajusta al fenómeno que se ha abordado en este ensayo. Al igual que la evidencia expuesta arriba, este análisis está restringido a esta revista, pero ejercicios similares pueden ser fundamentales para recabar más datos al respecto.

Por último, regresando al modelo del filósofo como genio solitario, vimos cómo este tiene repercusiones en la escritura académica al privilegiar el trabajo individualizado. Como lo han recalcado Spera & Peña-Guzmán (2025), esto contrasta con el carácter social de la filosofía, pues no solo se trata de una disciplina con un interés arraigado en cuestiones sociales, sino también porque la generación de conocimientos a lo largo de su historia ha implicado algún tipo de esfuerzo colaborativo. En la filosofía académica actual vemos que permea la tensión entre ese carácter social y la preponderancia de la escritura individual, incluso desde la formación de los futuros profesionales de esta área. Es decir, el filósofo se forma a través de múltiples actividades sociales, pero se le educa para desarrollar una creatividad individual, perpetuando así el modelo del genio solitario. Este es un obstáculo que debemos enfrentar los filósofos contemporáneos, aunque contamos con ventajas institucionales y tecnológicas para aprovechar la escritura colaborativa, como las plataformas en línea para redactar, corregir y comentar textos de forma remota y grupal (Miller & Schliesser, 2017).

Conclusión

Varios autores han explorado el problema acerca de por qué la coautoría es infrecuente en la filosofía. Vimos que un análisis histórico apunta hacia la presencia de un modelo que privilegia la labor filosófica en solitario. Este ha tenido amplias repercusiones en nuestra disciplina y un primer paso es evidenciarlo, como lo han hecho otros filósofos, y se ha intentado reforzar en este escrito. Por otro lado, la coautoría puede ser enriquecedora para la filosofía académica actual, pero un asunto pendiente es la búsqueda de criterios para preservar la creatividad, realizar de forma exitosa el trabajo colaborativo y reconocer las contribuciones intelectuales de todos los miembros de los grupos de investigación. Otras cuestiones abiertas que he resumido en este texto pueden ser de interés para los filósofos en formación o de habla hispana y, aunque con sumo optimismo, esto puede generar una mayor cooperación intra e interdisciplinaria; incluso ir más allá de la publicación en duplas para realizar proyectos como parte de equipos más extensos.

Quizá algunos filósofos insistirán en favorecer únicamente la escritura individual, pero vimos que la coautoría ha ganado adeptos en los últimos años. No obstante, de esta tendencia no podemos concluir que la coautoría debería ser la norma en la filosofía al igual que en las ciencias. La propia disciplina privilegia la diversidad de ideas y de modos de filosofar, es decir, impulsar y adoptar la coautoría no implica rechazar ni el trabajo individual ni otras formas de cooperación. Por ejemplo, los reconocimientos no autorales han obtenido un mayor respaldo en años recientes. Y, además de los artículos, hay formatos de escritura alternativos como los comentarios críticos a las obras de otros autores y las revisiones sistemáticas llevadas a cabo por grupos amplios y multidisciplinarios. Por último, los editores, los revisores, los autores y todos los miembros de la comunidad filosófica podemos contribuir a la preservación de la tradición centrada en la escritura individual a la par de reconocer que los cambios en nuestra disciplina demandan la incorporación de otras formas de generar, publicar y difundir las investigaciones filosóficas.

Irónicamente, este ensayo ha intentado poner de manifiesto el tema de la coautoría y la necesidad de incluirla como parte de la praxis de la filosofía actual, sin embargo, su realización ha sido en solitario. Es decir, reconozco el problema, pero lo perpetuo con este escrito. Esto es parcialmente cierto. Primero, porque como mencioné arriba, la coautoría es una entre otras formas de colaboración. Segundo, aunque este ensayo tiene un solo autor, no es producto de una mente individual en la medida en que se inspiró en el espíritu filosófico de Helen De Cruz (1978- 2025) y tuvo como interlocutor a Francisco Montes-González.

REFERENCIAS

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NOTAS

[1] La Dr. Hilda Hernandez López es profesora investigadora asociada del Institudo de Farmacobiología, Universidad de la Cañada, México. Email: hilda@unca.edu.mx. ORCID: https://orcid.org/00009-0007-3230-4585

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