Oscar Morales es Licenciado en Filosofía, Magíster y Doctorando de la Universidad de Chile. Email: moralesbravo58@outlook.com. ORCID: https://orcid.org/0009-0002-3996-0028
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Morales, O. (2026). La Filosofía frente al Espejo [Reseña del libro “Metaphilosophy as a Unified Discipline» por Lewin, M.]. Revista de Filosofía Homónima, 1(2), pp. 341-353
LA FILOSOFÍA FRENTE AL ESPEJO: RESEÑA DE Metaphilosophy as a Unified Discipline DE MICHAEL LEWIN
Oscar Morales[1]
Universidad de Chile
En el prefacio de Process and Reality, Alfred North Whitehead dejó una frase ya célebre por su carácter casi hiperbólico: “No existe doctrina alguna que no pueda encontrar apoyo en alguna afirmación explícita de uno de estos pensadores o de los dos fundadores del pensamiento occidental, Platón y Aristóteles” (Whitehead, 1929, p. v). La afirmación, exagerada sin duda, condensa sin embargo una intuición bastante extendida en la filosofía contemporánea, pues da cuenta de la vigencia casi obstinada de los mismos problemas filosóficos a través de más de veinticinco siglos de tradición occidental. Que los objetos de estudio de la filosofía parezcan atemporales y universales, esto es, que Platón y Aristóteles continúen siendo interlocutores ineludibles, es a la vez síntoma y promesa para toda disciplina filosófica naciente. Síntoma, porque revela la dificultad constitutiva de la filosofía para reinventarse a sí misma; promesa, porque esa misma permanencia ofrece un terreno fértil para quien se proponga poner a la filosofía bajo la lente del propio filósofo.
¿Qué ocurre, entonces, cuando ponemos a la filosofía frente al espejo? El ejercicio no es sencillo, pues la filosofía es un objeto abstracto, esquivo a la hora de fijar sus rasgos, sus características, sus gestos, sus entornos. Preguntarse qué es la filosofía es, en el fondo, abordar un problema de identidad. Algo análogo, aunque en clave pictórica, logra Diego Velázquez en Las Meninas mostrar que el cuadro no se limita a representar una escena cortesana, sino que pone en cuestión el propio acto de representar. ¿Desde qué punto observamos lo que observamos? La perspectiva deja de ser un recurso técnico y se convierte en el principio rector de cómo captamos la realidad de la obra; el espectador, a su vez, deja de ser un simple observador externo para pasar a formar parte de ella, construyendo junto al pintor la imagen que contempla. Algo semejante le exige a la filosofía pensarse a sí misma, pues no le basta con mirar, tiene que mirarse.
Este ejercicio de introspección, esta filosofía que se vuelca sobre sí misma, es justamente lo que se conoce como metafilosofía, y es también el desafío que asume Michael Lewin en su obra más reciente. Lewin parte, sin embargo, de un diagnóstico incómodo; y es que el término “metafilosofía” es sorprendentemente reciente. Aunque aparece por primera vez en 1803, en los escritos de Karl Leonhard Reinhold, solo ingresa al discurso filosófico contemporáneo de la mano de Morris Lazerowitz en 1970, año en que se funda también la revista Metaphilosophy (cf. Lazerowitz, 1970). Se trata, pues, de una disciplina nueva o, más precisamente, redescubierta, cuyo estatuto epistemológico permanece todavía disputado. Y, pese a su trascendencia, el tema no parece haber convocado mayor interés en el grueso de la comunidad filosófica.
Vale la pena detenerse brevemente en el perfil intelectual de quien asume este desafío. Michael Lewin es un joven académico que, a sus 37 años, acumula ya una trayectoria extraordinaria en las universidades de Potsdam, Goethe de Fráncfort, Wuppertal y Koblenz-Landau. En menos de una década ha instalado la reflexión metafilosófica como un problema filosófico de primer orden en el ámbito germanoparlante, con contribuciones que abarcan desde la metafilosofía de Kant y Fichte hasta la epistemología del perspectivismo. Metaphilosophy as a Unified Discipline (2025), publicada originalmente en alemán en 2023, condensa y expande ese programa de investigación.
Este libro, junto con su trabajo más reciente, el primer Handbook of Metaphilosophy coeditado con Daniel Minkin, viene a sistematizar un campo que él mismo contribuyó a articular. La metafilosofía aparece así como una disciplina de enorme potencial, todavía en pleno proceso de consolidación, pues se trata de una apertura que mira a la vez hacia atrás, recogiendo a los filósofos que anticiparon o practicaron la reflexión metafilosófica en el pasado; hacia el presente, trazando un mapa de sus posiciones y debates actuales; y hacia el futuro, proyectando la identidad madura de una disciplina en crecimiento, capaz de definirse con independencia de cualquier trasfondo filosófico particular.
El problema central que el libro enfrenta puede resumirse en que la metafilosofía carece de un concepto unificado de sí misma. Sus bordes son difusos, su reconocimiento institucional es escaso, al punto de que hasta hace muy poco no existía un mayor tratamiento o mención dedicada en la Stanford Encyclopedia of Philosophy, y la percepción dominante la asocia casi exclusivamente a autores de la tradición analítica. Sin embargo, tal como expone Lewin, existe una metafilosofía fenomenológica, una kantiana, una nietzscheana, una feminista. El problema no es la escasez de reflexiones sobre la filosofía, sino su fragmentación, ya que las distintas tradiciones no se hablan entre sí. Esta falta de comunicación no es un accidente histórico; es, para Lewin, una consecuencia directa del sesgo perspectival que toda reflexión filosófica lleva consigo.
Aquí conviene precisar un punto crucial para no malinterpretar el argumento, y es que Lewin no critica el perspectivismo como posición filosófica; todo lo contrario, lo adopta como su principal herramienta epistemológica. Lo que critica es el sesgo perspectival no reflexionado que afecta a la práctica metafilosófica, pues un filósofo analítico, un fenomenólogo o un pragmatista tienden a definir qué es la filosofía desde dentro de su propia tradición, sin advertir que esa definición reproduce sus compromisos filosóficos de primer orden. Como lo formula el propio Lewin, “ninguna metafilosofía hace justicia a la universalidad del concepto de filosofía ni tampoco a la universalidad del concepto de metafilosofía” (Lewin, 2025, p. 4). La práctica metafilosófica requiere, por ello, directrices normativas orientadas hacia la universalidad y la inclusividad, si ha de presentarse como una empresa colectiva y relevante.
La respuesta de Lewin a este problema pasa por recuperar la riqueza semántica del prefijo griego metá. Una comprensión madura de la metafilosofía como disciplina unificada solo es posible si se la concibe simultáneamente desde tres dimensiones. La primera es la de post-filosofía, dependiente de una base filosófica previa, ya que toda metafilosofía refleja los supuestos de una práctica filosófica determinada. La segunda es la de co-filosofía, compañera permanente de la actividad filosófica, pues ningún filósofo es una tabula rasa metafilosófica. La tercera es la de filosofía de la filosofía, es decir, la reflexión sistemática sobre la naturaleza, los métodos y los fines de la filosofía como objeto de estudio. Estas tres dimensiones no son alternativas sino complementarias, y su interrelación constituye el hilo conductor del libro.
Para comprender la propuesta central del libro es preciso partir de una noción que Lewin elabora con cuidado en el capítulo 2, “La situación epistémica”. Toda situación de conocimiento está condicionada por un conjunto de factores que el sujeto cognoscente no puede neutralizar completamente, entre ellos su posición, la dirección de su mirada, el horizonte que esa posición le abre o le cierra, el foco sobre el que concentra su atención, y una serie de determinantes contextuales, ya sean históricos, institucionales o formativos, que operan muchas veces de forma imperceptible. En este sentido, ninguna situación epistémica es universal ni objetiva en el sentido clásico del término, sino más bien una perspectiva es, precisamente, una perspectiva, situada y condicionada.
Sin embargo, conviene detenerse aquí con cuidado, porque el concepto de perspectivismo que Lewin maneja posee dos acepciones que es imprescindible distinguir, y que él mismo se encarga de separar con precisión.
La primera es el perspectivismo como doctrina, esto es, como tesis sobre la naturaleza del conocimiento, a saber, la afirmación de que todo saber es relativo al punto de vista del sujeto y que, en último término, no existen más que interpretaciones. Bajo esta lectura, cada disciplina o tradición filosófica definiría y prescribiría los conceptos de la filosofía desde dentro de un círculo cerrado, determinado exclusivamente por los supuestos que adoptó al inicio. Esta versión doctrinaria deriva fácilmente en un cuasi-escepticismo o en un relativismo que, paradójicamente, también sería perspectival, y que se agota en sí mismo. Lewin rechaza esta acepción como posición final, aunque reconoce que es la más extendida en la literatura.
La segunda acepción, y la que el libro defiende, es el perspectivismo como herramienta de análisis autorreflexiva. Aquí el perspectivismo no produce una doctrina sobre el conocimiento, sino un método para comprender y analizar los factores que subyacen a la diversidad de puntos de vista, a los desacuerdos filosóficos y a la multiplicidad de tradiciones que coexisten sin comunicarse. Bajo esta forma, el perspectivismo debe ser capaz de deconstruir cualquier posición epistémica, incluyendo la propia, poniendo de manifiesto su perspectividad, sus límites y sus condiciones de posibilidad. Y es precisamente esta capacidad autorreflexiva la que lo hace especialmente apto para el propósito que el libro sostiene.
Operativamente, este perspectivismo analítico que Lewin defiende se despliega a través de tres métodos interrelacionados e inseparables. El primero es la destrucción, que consiste en constatar que toda situación epistémica es perspectival, que nadie habla filosóficamente “desde ningún lugar”, y en disolver así la apariencia de neutralidad o universalidad no reflexionada. El segundo es la reconstrucción, mediante la cual, una vez señalado el sesgo, se identifican con precisión los factores determinantes que configuraron esa perspectiva concreta, es decir, qué posición se asumió, qué horizonte se abrió y qué quedó fuera del foco, reconstruyendo así la lógica interna de la situación epistémica analizada. El tercero es la proyección evaluativa, que explora las limitaciones y las posibilidades de desarrollo de la perspectiva reconstruida, señalando qué elementos deberían modificarse, ya sea el foco, la dirección o el horizonte, para obtener una comprensión más adecuada, más inclusiva y menos unilateral del objeto en cuestión. En el caso del libro, ese objeto es siempre el mismo, a saber, la filosofía misma y su reflexión sobre sí. En conjunto, estos tres métodos operan como una caja de herramientas analíticas que configuran lo que Lewin denomina racionalidad perspectivista.
Si el capítulo 2 aporta el contenido más novedoso del libro, esto es, la fundamentación lógico-conceptual del perspectivismo, el tercero es, con seguridad, el más polémico. Y lo es por una razón metodológica precisa, pues Lewin no se limita a discutir autores que se hayan reconocido a sí mismos como metafilósofos, sino que atribuye compromisos metafilosóficos a pensadores que jamás formularon sus reflexiones sobre la filosofía expressis verbis como tales. Esta es, de hecho, la definición misma que Lewin da de la “metafilosofía implícita”, es decir, afirmaciones sobre la filosofía no acompañadas de la conciencia de estar contribuyendo a un debate metafilosófico. El gesto es arriesgado, porque somete a pensadores de primera línea a un análisis que ellos mismos quizás no habrían aceptado para su propio pensamiento.
Consciente de esta dificultad, el propio Lewin se adelanta a la objeción en el prefacio del libro, donde distingue entre la crítica perspectivista, que debe asumir cierta dureza o implacabilidad si pretende ser sincera, y su valoración personal de los autores discutidos, hacia quienes declara sentir “aprecio, respeto y gratitud” (Lewin, 2025, p. v). La distinción importa. Lo que está en juego en este capítulo no es un ajuste de cuentas con Camus, Husserl o Carnap, sino la reconstrucción de las condiciones epistémicas bajo las cuales sus afirmaciones sobre la filosofía resultan posibles.
El procedimiento, sin embargo, no es nuevo en la trayectoria de Lewin. Quien conozca su producción anterior reconocerá en este capítulo el mismo aparato crítico que el autor ya había ensayado en su artículo de 2017 sobre la crítica de Nietzsche al idealismo alemán (cf. Lewin, 2017). De esa lectura nietzscheana retoma al menos cuatro acusaciones que reaparecen, transformadas, en su análisis de la metafilosofía implícita, a saber, la arrogancia filosófica de quien pretende hablar en nombre de la filosofía sin más; la desconfianza hacia la idea de una razón autónoma y universal capaz de fundamentarse a sí misma desde ningún lugar; la crítica a las pretensiones de verdad absoluta de la metafísica; y, sobre todo, la interpretación de las doctrinas filosóficas como expresiones de necesidades vitales y psicológicas, ya sea de sanación o de superación de una crisis, antes que como descubrimientos objetivos.
Bajo estelente, el sesgo perspectival no es un defecto ocasional de algunos pensadores aislados, sino una tendencia que puede atravesar a autores y tradiciones completas, cada vez que estos formulan determinaciones unilaterales y reclaman para sí la universalidad de los métodos, los parámetros de verdad o los principios propios de la filosofía. Lewin extiende esta acusación a Merleau-Ponty, Jaspers y Fichte, entre otros, pero reserva el análisis detallado para tres casos paradigmáticos, los de Albert Camus, Edmund Husserl y Rudolf Carnap.
En el existencialismo de Camus, Lewin identifica la necesidad de elevar la cuestión del valor, o de la falta de valor, de la vida a la categoría de pregunta fundamental de la filosofía. Esta necesidad surge, sostiene, de la honestidad de quien, incluso en medio de la más profunda desesperación, mira de frente al absurdo sin huir hacia él ni hacia su negación; pero cumple, ante todo, un sentido terapéutico, en la línea de lo que el propio Nietzsche había señalado, esto es, que los proyectos filosóficos nacen con frecuencia de la necesidad subjetiva de un autor de sanar o de sobreponerse. La comprensión camusiana del sentido y el propósito de la filosofía está, así, completamente condicionada por su punto de partida afectivo: “se manifiesta en el agente epistémico como un sentimiento, como un concepto y como una actitud” (Lewin, 2025, p. 35) que encuentra su expresión tanto en la pintura y la literatura como en la filosofía. Aceptar afirmaciones universalizadas de este tipo, como que la pregunta por el suicidio sea la pregunta fundamental de la filosofía y todo lo demás un juego sin importancia, equivale, para Lewin, aún permanecer adormecido dentro de una perspectiva subjetiva sin advertir sus límites.
El caso de Husserl es estructuralmente distinto, pero desemboca en la misma conclusión. El fundador de la fenomenología pretende determinar de una vez la forma y el método de la filosofía, concibiéndola como una ciencia rigurosa semejante a las matemáticas, capaz de dejar atrás los desacuerdos perennes que la aquejan desde sus orígenes. Para ello declara la guerra a toda “opinión”, “punto de vista” o “postura” particular, oponiéndoles la actitud fenomenológica. La paradoja que Lewin expone es que esa actitud, lejos de ser un acceso neutral a los objetos del conocimiento, posee exactamente todos los elementos de una situación epistémica, compuesta por una posición (la actitud fenomenológica misma), una dirección (hacia la conciencia y sus vivencias), un horizonte (solo aquello que se da fenomenológicamente), un objeto privilegiado (los fenómenos de conciencia) y un método propio (la reducción fenomenológica). Husserl, en otras palabras, no elimina los puntos de vista, sino que disimula el suyo bajo un vocabulario que aparenta neutralidad.
Carnap, por su parte, comparte con Husserl la ambición de una filosofía científica, aunque la persigue por una vía distinta, la de la adopción del positivismo lógico como el “punto de vista correcto” del filósofo, frente al cual la metafísica, y con ella buena parte de la filosofía continental, queda reducida a mera poesía conceptual. Bajo este programa, la filosofía abandona toda pretensión sustantiva y asume el rol de sintaxis lógica del lenguaje científico, rechazando de plano cualquier concepción metafísica del mundo. También aquí, sostiene Lewin, hay una toma de posición que se presenta como el único acceso racional a la filosofía sin reconocerse como una perspectiva entre otras.
Pero sostiene Lewin en este capítulo, ni siquiera los metafilósofos explícitos, aquellos que sí reconocen estar haciendo metafilosofía, como Rescher o Williamson, logran escapar de este mismo problema. Por metafilosofía explícita entiende Lewin la investigación sistemática y consciente de la naturaleza, los objetivos, los límites y los métodos de la actividad filosófica. A diferencia de los casos analizados en el capítulo anterior, aquí los autores sí se reconocen a sí mismos, o pueden ser reconocidos retrospectivamente, incluso de manera anacrónica, como participantes de un debate metafilosófico propiamente dicho.
El primer caso paradigmático es el debate sobre el progreso filosófico que abre el capítulo. Yafeng Shan había propuesto sustituir la noción de “progreso” por la de “éxito” en filosofía, argumentando que, a diferencia de las ciencias, la disciplina filosófica no necesitaría una estructura comparativa ni teleológica para evaluar sus resultados. Lewin objeta que esta operación es imposible sin desnaturalizar la propia matriz conceptual de toda situación epistémica, ya que ningún acto de conocimiento carece de una meta o un foco que lo oriente, así sea de manera mínima u operacional. Incluso cuando los filósofos retoman cuestiones antiguas bajo una luz aparentemente anacrónica, ese movimiento mismo constituye ya una forma de progreso en sentido estricto, pues como señala Lewin los filósofos “se adentran en problemas antiguos y nuevos, repiten posiciones anteriores o descubren otras nuevas, exploran nuevos campos de investigación o reelaboran los ya existentes, desarrollan nuevas corrientes o fortalecen las ya consolidadas” (Lewin, 2025, p. 53).
El caso más relevante para la tesis central del libro, sin embargo, es el de Nicholas Rescher, pues su modelo de “dos niveles” constituye el intento más sofisticado de blindar la metafilosofía frente al problema de la precondicionalidad filosófica (Rescher, 2014). Para Rescher, el filósofo y el metafilósofo ocupan situaciones epistémicas distintas. En el nivel sustantivo de la indagación filosófica es legítimo, incluso necesario, defender dogmáticamente la propia posición, pero al retroceder al nivel metadoctrinal, el pensador debe reconocer, bajo lo que llama “pluralismo orientacional”, que otras posiciones resultan igualmente sostenibles desde “otros puntos de vista”. Se trataría, en suma, de ser dogmático hacia abajo y relativista hacia arriba. Lewin desmonta esta estrategia mostrando que el propio núcleo duro de la filosofía de Rescher, una mezcla de pragmatismo y contextualismo, condiciona también su nivel metadoctrinal, de modo que lo que Rescher llama metafilosofía no es una posición neutral por encima de las disputas filosóficas, sino una metafilosofía pragmático-contextualista entre otras posibles, del mismo modo en que la actitud fenomenológica de Husserl resultaba ser una posición disimulada.
Por otro lado, Lewin sostiene que Timothy Williamson corre la misma suerte. Su defensa de un “anti-excepcionalismo” filosófico, es decir, la tesis de que la filosofía no difiere metodológicamente de las demás ciencias pese a practicarse mayormente desde el sillón, parte de compromisos propios de la tradición analítica, o más bien, de la filosofía analítica de la filosofía o la filosofía de la filosofía analítica. Conclusión incómoda: “no solo no existe una metafilosofía imparcial, filosóficamente libre de prejuicios, sino que tampoco existe una comprensión independiente de la metafilosofía, ni una meta-metafilosofía neutral” (Lewin, 2025, p. 62). El capítulo se cierra con un veredicto que amenaza el proyecto entero del libro: “no existe un solo enfoque metafilosófico que haga justicia a la generalidad del concepto de metafilosofía” (Lewin, 2025, p. 63).
El recorrido por los capítulos anteriores deja al lector ante una paradoja que amenaza con disolver el proyecto entero del libro. Si tanto las concepciones implícitas como las explícitas de la metafilosofía están filosóficamente precondicionadas, si ninguna de ellas alcanza un denominador común respecto del concepto de filosofía y si incluso los intentos de meta-metafilosofía reproducen en un nivel superior el mismo sesgo perspectival que pretendían superar, entonces parecería, como el propio Lewin reconoce sin eludirlo, que “la metafilosofía es imposible y/o inútil” (Lewin, 2025, p. 67). La respuesta no consiste en negar el problema sino en reencuadrarlo, pues la precondicionalidad filosófica no es un defecto accidental que debería eliminarse, sino una condición estructural de toda situación epistémica, incluida la del metafilósofo. La salida no es la neutralidad imposible, sino la reflexividad consciente que ofrece una meta-metafilosofía perspectivista, es decir, un nivel de reflexión que no aspira a situarse por encima de las perspectivas filosóficas, sino a comprender su pluralidad y a orientar la práctica metafilosófica hacia criterios de universalidad e inclusividad.
Para articular esta propuesta, Lewin distingue con precisión lo que la unidad de la metafilosofía no requiere. Recurriendo a la analogía con la disciplina deportiva, señala que así como los participantes de una competición pueden emplear técnicas distintas y alcanzar resultados diferentes, pero siempre dentro de un marco compartido de reglas, la metafilosofía no necesita homogeneidad de métodos ni unanimidad de resultados sino un campo de estudio claramente definido y un criterio de demarcación. Sobre lo primero, advierte que, a diferencia de la filosofía en general, en metafilosofía, a pesar de la fragmentación a acusa Lewin, existe un amplio consenso respecto del objeto, ya que todas sus investigaciones tienen como referente a la filosofía misma. Sobre lo segundo, ofrece una formulación precisa: “una reflexión es metafilosófica sí y solo si el autor pretende referirse a la comprensión general de la filosofía y de sus métodos” (Lewin, 2025, p. 71). Esta definición, además, abre la puerta al tratamiento anacrónico de figuras históricas como Platón, Kant o Hegel, ninguno de los cuales escribió una obra titulada “metafilosofía”, pero cuyos compromisos metafilosóficos implícitos son perfectamente identificables y merecen ser estudiados, siempre que se haga sin caer en el adormecimiento perspectival de asumir sus puntos de vista como universales.
La solución al problema de la unidad pasa, en definitiva, por ampliar el modelo de dos niveles propuesto por Rescher, el de filosofía y metafilosofía, a un modelo de tres niveles que incorpora la meta-metafilosofía como dimensión constitutiva, donde cada nivel condiciona a los demás en virtud de la ley de reciprocidad metafilosófica. Importa subrayar también el límite que Lewin traza en sentido contrario, pues la metafilosofía no debe convertirse en una superdisciplina rectora encargada de proporcionar soluciones a los problemas de primer orden de la lógica, la ética o la epistemología. Las disciplinas filosóficas particulares conservan su autonomía; la metafilosofía interviene únicamente cuando se hace necesaria una reflexión de mayor alcance sobre la concepción y la práctica de la filosofía misma. La metafilosofía como una disciplina unificada no se logra monopolizándola desde una sola tradición ni únicamente aprendiendo a tomar distancia de la propia posición al modo de Rescher, sino cuando cada programa de investigación contribuye con su perspectiva particular, reconoce sus límites epistémicos y adopta como idea regulativa el discurso interperspectivo, es decir, una orientación que toma la filosofía en su diversidad como objeto de intercambio entre tradiciones.
Así en suma, esta reseña ha intentado, sí, tomar distancia crítica de Lewin, no por afán polémico, sino porque es la misma exigencia que su libro plantea, a saber, que ninguna lectura de la metafilosofía puede eximirse de declarar su propia situación epistémica. Dicho esto, el mayor mérito de la obra no reside en haber resuelto el problema de la unidad metafilosófica, sino en haber articulado, con un rigor poco común, la arquitectura conceptual necesaria para plantearlo correctamente. En ese sentido, Lewin nos entrega una caja de herramientas que, pese a su marcado acento analítico, bien puede extenderse más allá de esa tradición.
REFERENCIAS
Lazerowitz, M. (1970). A note on «metaphilosophy». Metaphilosophy, 1(1), 91. https://doi.org/10.1111/j.1467-9973.1970.tb00792.x
Lewin, M. (2025). Metaphilosophy as a unified discipline. Palgrave Macmillan. https://doi.org/10.1007/978-3-662-71909-1
Lewin, M. y Minkin, D. (Eds.). (2025). Handbuch Metaphilosophie. J.B. Metzler. https://doi.org/10.1007/978-3-662-69683-5
Lewin, M. (s.f.). Michael Lewin [Página web]. https://www.michaellewin.net/
Rescher, N. (2014). Metaphilosophy: Philosophy in philosophical perspective. Lexington Books.
Whitehead, A. N. (1929). Process and reality: An essay in cosmology. Macmillan.
NOTAS
[1] Oscar Morales es Licenciado en Filosofía, Magíster y Doctorando de la Universidad de Chile. Email: moralesbravo58@outlook.com. ORCID: https://orcid.org/0009-0002-3996-0028