La superación de los desacuerdos profundos: Revisión de bisagras y racionalidad dinámica. Leandro Lema

orcid logo Leandro Lema es Profesor en Filosofía por el IES N°1 «Dra. Alicia Moreau de Justo» y estudiante de grado de la Lic. en Filosofía en la UBA. Email: leandrolema18@gmail.com. ORCID: orcid.org/0009-0002-4934-777X.

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Leandro, L. La Superación de los desacuerdos profundos: Revisión de bisagras y racionalidad dinámica. Revista de Filosofía Homónima, 1(1), pp. 214-236. https://doi.org/xxxxxxx[Por asignar]

 


 

 

LA SUPERACIÓN DE LOS DESACUERDOS PROFUNDOS:

Revisión de bisagras y racionalidad dinámica[1]

Leandro Lema[2]

Universidad de Buenos Aires

IES N°1 «Dra. Alicia Moreau de Justo»

 

Resumen

Los desacuerdos profundos plantean un desafío central para la epistemología del desacuerdo, al involucrar conflictos persistentes y sistemáticos entre pares epistémicos que no pueden resolverse mediante argumentación ni apelando a nueva evidencia. Este trabajo busca explorar algunos aspectos de la estrategia de revisión de bisagras desarrollada en Lema (2023) y compararla con otras respuestas propuestas para afrontar este tipo de desacuerdos. Sostendremos que la revisión de bisagras constituye una estrategia racional apta para disolver y superar ciertos desacuerdos profundos sin por ello renunciar a las pretensiones teóricas propias de la investigación filosófica y científica. Esta propuesta permite, además, ofrecer un modelo para reconstruir la superación de determinados desacuerdos en la historia de la filosofía y de la ciencia, y contribuye a delinear una concepción dinámica de la racionalidad epistémica.

Palabras clave: Desacuerdos profundos, Pares Epistémicos, Epistemología del desacuerdo

 

Overcoming Deep Disagreements: Hinge Revision and Dynamic Rationality

 

Abstract

Deep disagreements pose a central challenge for the epistemology of disagreement, as they involve persistent and systematic conflicts between epistemic peers that cannot be resolved through argumentation or by appealing to new evidence. This paper aims to explore several aspects of the hinge revision strategy developed in Lema (2023) and to compare it with other responses that have been proposed to address this kind of disagreement. It is argued that hinge revision constitutes a rational strategy capable of dissolving and overcoming certain deep disagreements without thereby abandoning the theoretical ambitions of philosophical and scientific inquiry. Moreover, this proposal provides a model for reconstructing the overcoming of some past disagreements in the history of philosophy and science, and helps to articulate a more dynamic conception of epistemic rationality.

Keywords: Deep disagreements, Epistemic Peer, Epistemology of Disagreement.

 

  1. Introducción

Pocos negarían que la filosofía es la disciplina que contiene el mayor y más variado número de desacuerdos. A lo largo de su historia existen disputas que se despliegan en múltiples dimensiones y donde los problemas parecen renacer cíclicamente articulados de diversas maneras. Un gran número de estos debates han persistido por años y, independientemente de la controversia existente sobre si son perennes o no, se vuelve innegable su insensibilidad frente a nueva evidencia o nuevos caminos argumentativos. Por el contrario, con el pasar de los años pareciera aumentarse la distancia entre las posiciones rivales y, con ello, la sospecha de que se tratan de “pseudoproblemas”. Por el carácter persistente y sistemático de las diferencias entre los litigantes en disputa, esta ha sido entendida como la sintomatología inevitable de un mal uso del lenguaje o la encrucijada donde nos acorrala un fundamento filosófico errado. En la historia de la filosofía fue común diagnosticar que determinadas ideas, principios o valores eran la génesis de grandes querellas evitables, por lo que, al mismo tiempo, se pretendió encontrar en estos cimientos filosóficos el talón de Aquiles para desanudar estos conflictos filosóficos aparentemente indisipables.

En la epistemología del desacuerdo han recibido un tratamiento especial aquellos desacuerdos en los cuales las diferencias entre los litigantes hacen que, en principio, parezcan ser irresolubles de manera racional. A partir del texto de Fogelin (2019), a estos desacuerdos se los ha llamado profundos y es tema de debate tanto la naturaleza de los mismos como las consecuencias filosóficas que de ellos se desprenden en torno a la racionalidad humana. Uno de los tópicos más controversiales fue si efectivamente había alguna forma de disolverlos (aún si no fuera argumentalmente) o si debíamos admitirlos como un rasgo inherente de la finitud de la razón humana.

Para que tenga sentido mantener alguna actitud doxástica con respecto de P, es necesario asumir ciertos presupuestos. Únicamente podemos tener un desacuerdo profundo acerca de P si compartimos el conjunto de presupuestos que hacen posible adoptar una actitud doxástica sobre P. En Lema (2023) planteamos que una posible estrategia para superar desacuerdos profundos teóricos es llevar adelante una revisión de bisagras, es decir, reformar aquellos presupuestos que son condición de posibilidad de este tipo de desacuerdos (y de su profundidad) y, por lo tanto, disolverlos.

En este escrito sostendremos que el núcleo de presupuestos mínimos (sin los cuales no se puede desenvolver la discusión racional sobre el objeto del desacuerdo profundo) es el que determina y circunscribe el área de problemas a los cuales nos dirigimos al adoptarlo y que, en última instancia, es ese núcleo el que tenemos que analizar cuando queremos explicar la ‘profundidad’ del desacuerdo mismo. Argumentaremos en favor de la aplicabilidad de la revisión de bisagras en casos de desacuerdos filosóficos y científicos como una manera para superarlos. Por otra parte, analizaremos la manera en la que esta estrategia puede modificar la manera en la que entendemos la racionalidad en los contextos de desacuerdos.

Para ello, en la segunda sección haremos una breve presentación de qué es un desacuerdo profundo y qué características tiene. Su primera subsección estará dedicada a presentar sus principales características a partir del texto de Ranalli (2021) y mostraremos su aplicabilidad a casos de desacuerdos en filosofía y en ciencia. En la segunda subsección indagaremos en cómo entender la profundidad del desacuerdo y qué la origina. La tercera sección explicaremos la revisión de bisagras que presentamos en Lema (2023) como una posible solución a ciertos desacuerdos profundos y defenderemos su consistencia comparándola con otras estrategias posibles planteadas para afrontar este tipo de desacuerdos.

  1. En los límites de la argumentación
    • Paridad e Irresolubilidad

 

En primer lugar, debemos preguntarnos si existen desacuerdos filosóficos y científicos[3] que puedan considerarse profundos. La noción de desacuerdo profundo, aunque su caracterización sigue siendo objeto de debate (véase Ranalli & Lagewaard, 2022a, 2022b), fue introducida por primera vez por Robert Fogelin en un artículo de 1985 titulado “La lógica de los desacuerdos profundos” (2019). Aunque inicialmente se dirigía a un público interesado en los problemas de la lógica informal, este trabajo terminó introduciendo nociones y problemas que más tarde fueron recogidos y debatidos en un marco más amplio de discusión que luego se configuró como epistemología del desacuerdo. En ese artículo, Fogelin caracterizó un tipo de desacuerdos en el cual las partes que litigan comparten un trasfondo común que resulta insuficiente para resolver el conflicto mediante medios argumentativos. Inspirado en cómo Wittgenstein entiende el intercambio de razones en Sobre la certeza (2009), Fogelin sostiene que, para que la argumentación sea efectiva, debe existir una base común entre ambos litigantes. De esto resulta que, cuando el trasfondo compartido se encuentra socavado y los argumentos presentados se apoyen en un suelo no compartido, serán vacíos para el oponente.

Recientemente Ranalli (2021) ofreció una caracterización de los desacuerdos profundos que, además de su simplicidad, presenta la virtud de ser neutral frente a las posibles controversias acerca de su naturaleza. Para este autor, una buena teoría de los desacuerdos profundos debe dar cuenta de la articulación de sus principales características, a saber: ser genuino, persistente, sistemático y que sus partes sean sensibles a dar y recibir razones. Veamos qué desacuerdos filosóficos y científicos cumplen con estas cuatro características que ahora pasaremos a explicar.

En primer lugar, existen varios debates entre filósofos (e incluso, en algunos casos, entre científicos) donde la irresolubilidad se debe a una diferencia en lo que cada parte entiende que está discutiendo, al significado que atribuyen a los términos en cuestión. En estos casos, pareciera que si los interlocutores se pusieran de acuerdo en su lenguaje y determinaran con precisión a qué se refieren con sus palabras o qué quieren afirmar no habría tal confusión. Estos casos no pueden ser considerados como desacuerdos genuinos, sino meras diferencias verbales cuya disolución elimina la apariencia misma de desacuerdo. Sin comprometernos con el proyecto analítico de creer que toda disputa filosófica es resuelta por medio de un análisis adecuado del lenguaje, podemos comprender que numerosos desacuerdos filosóficos parecen deberse a confusiones en la forma en la que las partes usan términos como “es”, “existe”, “rojo” o “infinito”. A nosotros nos interesará el caso en el cual los filósofos y científicos tengan un uso del lenguaje que les permita entenderse lo suficiente como para tener un desacuerdo genuino y que ni aun así logren estar de acuerdo.

En segundo término, nos interesarán los casos donde el desacuerdo es persistente. Esto no sólo alude a que se perpetúe indefinidamente, sino que su resolubilidad pareciera ser independiente de la nueva evidencia o de los nuevos argumentos que entren en juego. Si la categoría de desacuerdo profundo depende de la persistencia temporal del debate y sólo se puede aplicar retrospectivamente cuando parece haber evidencia suficiente de su prolongación, entonces estaríamos frente a un conjunto de desacuerdos profundos ante los cuales existe la amenaza de que sean resueltos en el mañana. ¿Qué relevancia puede tener el contar con una categoría de desacuerdos análoga a las esmeraldas verzules de Goodman[4]? La irresolubilidad a través del tiempo debe ser considerada como uno de los síntomas de la naturaleza del desacuerdo profundo, no como una de sus características esenciales.

El suelo de creencias comunes, como dijimos en un principio, no es suficiente para que sobre él se apoyen argumentos que definan la cuestión en uno u otro sentido. Sin embargo, la evidencia tampoco podrá servir para resolver la cuestión, no sólo por limitaciones contingentes (falta de equipamiento tecnológico o de presupuesto), sino porque en principio parece imposible conseguir evidencia relevante. Toda evidencia será interpretada de manera distinta por cada uno de los litigantes, no hay una base observacional neutral que sirva para zanjar la discusión. Un ejemplo de esto es el caso del Homo Floresiensis presentado en De Cruz & De Smedt (2013), en el cual no hubo un consenso sobre si los fósiles hallados eran de una nueva especie de homínido o, por el contrario, solo eran el resultado de una enfermedad que causaba problemas de crecimiento. Aquí los científicos ni siquiera podían ponerse de acuerdo en cómo interpretar la evidencia proporcionada por estos restos fósiles.

En tercer lugar, el hecho de que todo argumento o evidencia remite a elementos no compartidos está íntimamente conectado con el hecho de que el desacuerdo es sistemático. La incompatibilidad de las actitudes doxásticas de los agentes con respecto a P en realidad está instanciando dos sistemas de creencias distintos, donde es imposible aislar una afirmación para evaluarla de manera independiente. Poner en duda la actitud doxástica que un agente mantiene con respecto a P es hacerlo de todo su sistema articulado sobre cómo entender un fragmento del mundo.

Por último, en el caso de los desacuerdos filosóficos y científicos idealmente las personas están abiertas a dar y recibir razones, no se limitan a cerrarse dogmáticamente sobre su posición o a creer que la otra persona no es un digno rival argumentativo. Ha sido de mucha relevancia el auge a mitades de la década de los 2000 de trabajos que específicamente discutían las implicancias de estudiar casos ideales de desacuerdos entre “pares epistémicos” (véase Christensen, 2007)[5]. En un desacuerdo se considera que los actores son pares epistémicos si comparten la misma evidencia relevante para la cuestión sobre la que desacuerdan, tienen la misma capacidad para procesar esa evidencia y carecen de vicios epistémicos que puedan obstruir la racionalidad frente a la evidencia y la cuestión a discutir. Al entender los debates filosóficos y científicos como desacuerdos entre pares epistémicos no buscamos elevar un peldaño en la idealización de las discusiones reales, sino que perseguimos despejar el análisis de explicaciones que transformen la profundidad del desacuerdo en un síntoma de una brecha cognitiva o evidencial. La idea es que los integrantes de este tipo de desacuerdos estarán abiertos a la argumentación porque perciben a su interlocutor como un par epistémico.

  • Origen de la profundidad

La cuestión que surge aquí es que, si los desacuerdos que caracterizamos no son resultado de una confusión, de una disparidad evidencial/cognitiva o de no mantener una actitud argumental, ¿qué es lo que origina este tipo de desacuerdos? Aquí nos vamos a suscribir al “enfoque wittgensteiniano”, según el cual, lo que origina los desacuerdos profundos es una divergencia de hinge propositions (proposiciones bisagra) que sirven de base a todo el resto de las creencias[6]. Siguiendo algunas ideas wittgensteinianas expuestas en Sobre la Certeza (2009)[7], antes de hacer cualquier afirmación, negación o duda debemos contar con una base doxástica mínima que esté fuera de toda duda. Aquello que tomamos por cierto configura el marco que nos permite adoptar una actitud doxástica frente a un determinado conjunto de proposiciones. Eso no implica que sea suficiente contar con dichos presupuestos para desenvolver de forma fructífera la argumentación como medio de resolución. Estas certezas poseen una incuestionabilidad que no se deben a ninguna característica intrínseca de ellas (como ser tautológica, autoevidente o cualquier otra característica), sino por la función que cumplen en un determinado sistema de creencias, al servir de fundamento alrededor del cual se teje toda la red de creencias. La incuestionabilidad solo es relativa al juego de lenguaje que habilita, no por ser un dogma de nuestras prácticas. Como explica Wittgenstein (2009, §§114, 166 y 253), es un presupuesto necesario para llevar adelante toda investigación o prácticas discursivas.

Para Fogelin (2019) en los desacuerdos profundos la argumentación es ineficaz debido al choque de proposiciones bisagra distintas; lo que es tomado como una certeza difiere para cada una de las partes que están en disputa. Esto esparce el desacuerdo a través del resto del sistema de creencias que articula la evidencia y funciona como suelo para los argumentos, haciendo que el desacuerdo persista a lo largo de tiempo. Esto hizo que la mayor parte de la literatura sobre desacuerdos profundos se enfoque en las características de lo que diferencia cada posición, sin conectar aquellas creencias compartidas con la persistencia y la sistematicidad del desacuerdo. Sin embargo, existe una profunda conexión entre el desacuerdo profundo y las creencias compartidas que lo enmarcan.

El common ground doxástico que es condición de posibilidad para discutir sobre una proposición mantiene una relación directa con esta última. No es suficiente asumir un grupo de compromisos[8] como hablante de un idioma o como sujeto de una comunidad para adoptar una actitud doxástica sobre una proposición, sino que debo tener algunas presuposiciones que hagan inteligible plantearse el contenido de esta proposición en particular. Para que no sea absurdo discutir si la entidad que título “estrella matutina” y la que nombro como “vespertina” son o no la misma, debo tomar por cierto que ambos términos son referenciales. Un ejemplo concreto es ofrecido en Lema & Madroñal (2023), donde, para el caso del debate entre realistas y antirrealistas científicos, se determinan un núcleo de creencias que es necesario compartir para participar de la discusión, ya que son suficientes para poder plantear el problema del estatus de las entidades inobservables postuladas por nuestras mejores teorías. Se vuelve absurdo debatir esto último si no aceptamos que existe un mundo externo, que los términos científicos parecen referir a entidades externas o que podemos ajustar nuestro conocimiento a través de nuestra interacción con el mundo.

La anterioridad lógica y metodológica del núcleo de creencias que compartimos circunscribe qué debates podemos o no tener y la naturaleza de los mismos. Entre este conjunto de presupuestos habrá algunos que nos guíen en que actitudes doxásticas adoptar frente a determinadas circunstancias. Regulan lo que, a grandes rasgos, podemos entender cómo nuestras políticas epistémicas[9]. Esto resulta relevante cuando estas políticas epistémicas acordadas no son suficientes para determinar qué actitud doxástica aplicar en un caso particular. Sin embargo, no es su formulación lingüística la que contiene una ambigüedad, sino que hay locaciones de nuestro espacio epistémico donde ellas funcionan de una forma precisa y otros donde no están condicionados plenamente por el marco. Debido a esto, los argumentos esgrimidos necesitan apoyarse en creencias no compartidas que obedecen a visiones incompatibles del problema, no siendo convincentes para el interlocutor. Sin embargo, desde ya que sería vacuo intentar establecer una ecuación precisa entre los presupuestos que nos determinan qué actitud epistémica debemos adoptar y aquellos presupuestos más laxos que solo nos guían a adoptarlas[10].

Cuando la persistencia y la sistematicidad del desacuerdo emerge, aparecen de manera patente aquellos lugares de nuestro espacio lógico donde nuestro suelo de discusión genera indeterminación. La idea es que los requisitos doxásticos que posibilitan tomar posiciones distintas sobre una misma proposición son igual de “exigentes” que aquellas condiciones necesarias para que haya acuerdo. El desacuerdo no es más simple de explicar que el acuerdo, también requiere una serie de condiciones mínimas sin las cuales se diluye.

Por otra parte, la imposibilidad para llevar adelante la argumentación de manera exitosa no impugna la razonabilidad de los agentes. Considerar que podemos ser llevados a admitir actitudes doxásticas incompatibles frente a una misma evidencia sin que haya un error racional de por medio nos pone en discusión, en primer lugar, con quienes sostienen la famosa tesis de la unicidad, según la cual, frente a un mismo conjunto de evidencias, solo hay una actitud doxástica adecuada frente a una proposición determinada. Es decir, según ella, si en el encuentro con un amigo ambos somos testigos de que un coche se está incendiando, debería haber una (y solamente una) actitud doxástica legítima y racional frente a ese conjunto de evidencias con respecto a la proposición “el coche se incendió”. Sin embargo, el punto es que solo desde un sistema epistémico podemos hablar de razonabilidad epistémica en la asunción de cierta actitud doxástica y es eso, precisamente, en lo que difieren los interlocutores de un desacuerdo profundo. El problema es que esas proposiciones están por fuera de la evaluación del marco porque configuran el marco, están más allá de la evidencia porque son el soporte desde el cual un hecho aumenta la probabilidad de que una creencia sea verdadera. Aún si se pudiera predicar la verdad o la falsedad acerca de las proposiciones bisagra tal como sugiere Feldman (2005), no nos interesaría dicha cuestión, dado que siempre partimos de un sistema epistémico dado y la pregunta es qué sucede cuando nuestro interlocutor parte de un sistema lo suficientemente similar para que acordemos en que una proposición merece que adoptemos una actitud doxástica hacia ella pero diferimos irremediablemente en cómo hacerlo.

  1. La revisión de bisagras y la racionalidad dinámica para superar los desacuerdos

Entonces, si en un determinado marco es posible adoptar dos actitudes doxásticas opuestas frente a una misma proposición y no hay una forma consensuada de determinar qué posición es racional adoptar, ¿debemos conformarnos con un pesimismo epistémico?

Para Castro (2022) la única estrategia que es factible llevar adelante para superar los desacuerdos profundos teóricos (es decir, no aquellos acerca de lo que hay que hacer, sino acerca de un hecho) es la suspensión del juicio. El reconocimiento de que la evidencia no será suficiente para reconocer la disputa y los límites de la argumentación lleva a resignar toda pretensión de verdad o correctitud. No obstante, esto padece el defecto de no ser una salida convincente en contextos científicos, e incluso podría defenderse que tampoco lo sería en discusiones filosóficas. Difícilmente podemos renunciar a todo problema teórico solo por el hecho de que exista una diferencia persistente y sistemática. La esterilidad teórica de esta forma de superar los desacuerdos profundos es patente si, por ejemplo, lo llevamos al caso del homo floresiensis, donde esa estrategia hubiera sido heurísticamente vacua para la ciencia.

Por otra parte, tampoco es factible ver al relativismo como la única estrategia meta-filosófica posible frente al desacuerdo profundo teórico cuando la argumentación falla, como es sugerido por Serebrinsky (2025). Para la autora, como toda justificación epistémica es circular e incluso la justificación pragmática desarrollada en Lynch (2011) sería circular, la única estrategia legítima es que las partes mantengan su posición reconociendo la legitimidad y racionalidad de la posición del adversario. Más allá de las desventajas teóricas y pragmáticas que son propias del relativismo por sí mismo, no parece ser útil para modelar cómo se comporta la racionalidad en las discusiones de la historia de la ciencia y la filosofía. Claro que podemos concebir adoptar una posición relativista sobre un desacuerdo profundo contemporáneo; no obstante, cuando miramos el decurso de las discusiones pasadas, parecen abandonarse las discusiones o perder significatividad.

Si estuviéramos encerrados en marcos epistémicos de manera permanente, habría problemas perennes cuya persistencia se mantendría a lo largo de los años. En ese contexto tendría sentido una visión pesimista que para estos casos solo conciba como una salida posible el suspender el juicio o adoptar una posición relativista acerca de la proposición en disputa. No obstante, si bien algunos filósofos han apostado por estrategias de este estilo, no es la norma dentro de la indagación científica.

Que las proposiciones bisagra sean asumidas como irrevisables para un determinado campo de indagación no constituye que no podamos revisarlas por fuera de él. La imposibilidad se limita a rechazar las proposiciones bisagra al mismo tiempo que se llevan adelante prácticas discursivas apoyadas en ellas, es relativa a dichas prácticas. Corrientemente hacemos ajustes en el marco en el cual planteamos los problemas y sostenemos nuestros argumentos.

De acuerdo a lo que dijimos en la sección anterior, si todo desacuerdo (incluso los profundos) tiene como condición de posibilidad un conjunto de creencias y sin ellas se disolvería, la modificación del common ground del debate puede causar la disolución de este. Esto es lo que en Lema (2023) titulamos revisión de bisagras, la cual consiste en superar los desacuerdos cambiando las reglas del juego que los posibilitan.

En la historia de la ciencia son notorios los casos donde los científicos, a pesar de estar inmersos en un paradigma con los mismos presupuestos, herramientas, valores y objetivos, presentan desacuerdos que cumplen con ser genuinos, sistemáticos, persistentes y donde las partes parecen estar abiertas al intercambio argumentativo. También en estos casos corroboramos (incluso de forma más patente) que, al abandonar el paradigma, los científicos posteriores miran con desconcierto la problematicidad de la discusión pasada.

Reconstruyamos un caso de la historia de la ciencia para entender la revisión de bisagras. Durante fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, había una parte de la comunidad científica que estudiaba los fenómenos térmicos y compartía una serie de presupuestos que tomaba como ciertos en sus investigaciones. En primer lugar, conciben que (C1) el calor es una sustancia material, denominada calórico; en segundo lugar, creen que (C2) el calórico se conserva y puede transferirse de un cuerpo a otro; y, finalmente, presuponen que (C3) la tarea de la física térmica consiste en describir los fenómenos caloríficos en términos de la distribución y el flujo de dicha sustancia. Bajo estos compromisos, se vuelve pertinente la cuestión acerca de si ciertos procesos físicos implican o no la liberación de calórico, constituyendo un problema genuino de investigación. En particular, estaba en tela de juicio la verdad o no de la proposición P: “Durante la fricción, un cuerpo libera una cantidad de calórico previamente contenida en él”. Dentro de este marco común, los científicos adoptaron posiciones divergentes acerca de ella.

Por un lado, existían autores como Antoine-Laurent Lavoisier o Pierre-Simon Laplace, los cuales sostenían que la fricción provocaba la liberación de calórico almacenado en los cuerpos, interpretación coherente con la concepción del calor como una sustancia sutil y conservada. Por otro lado, otros investigadores, sin cuestionar la existencia del calórico ni el marco teórico general con los compromisos C, ponían en duda que la fricción pudiera explicarse en términos de una simple descarga de una cantidad previamente contenida. A su juicio, los resultados experimentales no permitían establecer con claridad ni el modo en que el calórico se encontraba alojado en los cuerpos ni las razones por las cuales su producción parecía no exhibir un límite definido.

Ambas posiciones se concebían a sí mismas como aplicaciones legítimas de los principios C1–C3 y podían acomodar la evidencia empírica mediante el recurso a hipótesis auxiliares y partiendo de presupuestos metodológicos distintos, tales como diferentes supuestos acerca de la capacidad de los materiales para contener calórico o sobre su transmisión. En este contexto, los argumentos presentados por una de las partes podían ser sistemáticamente neutralizados por la otra, sin que se dispusiera de un criterio empírico independiente que permitiera zanjar de manera definitiva la cuestión acerca de la verdad o falsedad de P.

En este contexto, cuando Benjamin Thompson abandona los compromisos C1-C3, rompe con el marco desde el cual surgía el desacuerdo. Rumford sospecha que el calor no podía ser una entidad almacenada en los cuerpos, sino que debe vincularse de alguna manera al movimiento. Con la ruptura del suelo doxástico compartido, la proposición P pierde su estatuto de afirmación significativa: la controversia acerca de si un cuerpo libera o no calórico durante la fricción deja de ser inteligible, puesto que ya no se reconoce la existencia de aquello cuya liberación estaba en disputa. El nuevo marco teórico reconfigura así el conjunto de problemas y soluciones legítima, conllevando una pérdida en la inteligibilidad de las preguntas que estructuraban el debate previo. Aquello que antes se entendía como una cuestión acerca de la verdad o falsedad de P pasa a ser para el nuevo marco una pregunta mal planteada o un pseudoproblema.

Aquello sobre lo que desacordamos es relativo al tipo de proposiciones bisagras que adoptemos. Sin embargo, como señalamos en Lema (2023), esto no es una forma de resolver racionalmente un desacuerdo, sino de superarlo. No disolvemos el desacuerdo llegando a un consenso entre las partes a través de argumentos que sean convincentes, ya que carecemos de un suelo común para hacerlo, sino que decidimos abandonar los cimientos sobre los cuales se desarrolla el debate.

Es evidente que no es factible abandonar toda base epistémica que enmarque una discrepancia persistente y sistemática. Para cualquiera sería absurdo que, impulsado por la discordancia acerca de cómo fundamentar las matemáticas, alguien sugiriera abandonar la investigación en dicha disciplina. No obstante, revisar las proposiciones bisagra sobre las cuales nos estamos apoyando bajo la sospecha de que ellas nos pueden estar conduciendo a callejones sin salida no puede ser tachada de actitud “irracional”. Por el contrario, es síntoma de una mente lo suficientemente crítica para cambiar elementos centrales del sistema de creencias y mudar de marco. Quienes abandonan marcos epistémicos de discusión parecen estar empujados por buenas razones, incluso cuando sea imposible ofrecer un argumento definitivo en favor de ello (por carecer de un fundamento último que permita apoyar una estrategia inferencial de este tipo)[11]. La revisión de bisagras se encuentra implícita en varios episodios de la historia de la filosofía y la ciencia como una manera de reconstruirlos[12].

Esto nos brinda una imagen dinámica de la argumentación, donde no tenemos agentes epistémicos encerrados en eternos desacuerdos profundos, sino que hay sujetos abiertos a, en determinadas circunstancias, cambiar la indagación teórica allí donde parecieran fallar dichos compromisos bisagra o donde otros logran convencernos. La argumentación dentro de marcos epistémicos compartidos es una dimensión fundamental de la racionalidad, pero también lo es el cambiar las reglas del juego desde donde se mueve nuestra racionalidad epistémica, aquella que es fundacionista e inferencial.

Esta estrategia permite que la suspensión del juicio y el relativismo no sean las únicas salidas frente a desacuerdos profundos teóricos. Disuelve el desacuerdo para abrir caminos a otras sendas teóricas. En él no estamos admitiendo la imposibilidad de llegar a un resultado (tal como sucede en la suspensión del juicio) ni tampoco nos mantenemos en nuestra posición reconociendo que nuestro adversario puede estar justificado desde su posición (como en el caso del relativismo). Podemos reconocer, en cambio, que el marco del que partimos nuestro adversario y nosotros es infértil, que es inconducente y que es necesario explorar otras sendas teóricas. Ni hay una ausencia de error ni es imposible determinarlo, el fallo está en el meta-nivel de la configuración del marco de discusión. Piénsese en todas las discusiones teológicas o metafísicas que, si no hubiéramos abandonado el marco de discusión, seguirían generando polémica hasta hoy sin poder ser superadas.

Modelar esos cambios bajo el modelo de la revisión de bisagras puede darnos herramientas adicionales para analizarlos, desglosar sus detalles y poder comprender de qué forma opera la racionalidad en esos episodios de la historia de la ciencia y la filosofía[13].

  1. Conclusión

A lo largo de este trabajo hemos sostenido que los llamados desacuerdos profundos, tal como los caracterizó Robert Fogelin (2019), no nos encierran en una racionalidad epistémica asfixiante, sino que hay caminos posibles para salir de aquellos casos donde falle sistemáticamente la argumentación. Frente a posiciones pesimistas o que creen que solo es posible adoptar un relativismo o suspender el juicio acerca de la cuestión discutida como una estrategia para este tipo de desacuerdos, defendimos que pueden haber otros caminos igualmente válidos. Los desacuerdos entre pares epistémicos acerca de cuestiones teóricas que son persistentes y sistemáticos han cautivado nuestra atención allí donde no pueden atribuirse a fallas cognitivas ni a déficits de evidencia, sino a divergencias más elementales en los compromisos que estructuran el pensamiento de los interlocutores. Estas divergencias, originadas en las llamadas proposiciones bisagra, delimitan aquel espacio lógico donde asumimos actitudes doxásticas acerca de una proposición y permiten explicar qué sucede cuando la argumentación resulta impotente para alcanzar consensos y servir de puente para una resolución racional de la disputa.

Defendimos que la revisión de bisagras que presentamos en Lema (2023) constituye una posible estrategia para superar algunos desacuerdos profundos teóricos en filosofía y en ciencia que, a diferencia del relativismo o la suspensión del juicio no es teóricamente infértil. Ella no consiste, desde ya, en una resolución argumentativa, sino una reconfiguración del marco epistémico que sostiene el conflicto y toda argumentación en él. Revisar bisagras equivale a someter a crítica los fundamentos mismos de nuestra práctica racional, un gesto que no implica irracionalidad, sino una forma más profunda de autocrítica teórica. Que el relativismo y la suspensión del juicio no sean la única estrategia para afrontar un desacuerdo profundo teórico, amplía el repertorio de conceptos posibles para hacer reconstrucciones de la dinámica de los desacuerdos profundos en ciencia y en filosofía.

Si bien esta estrategia no puede aplicarse universalmente, ya que no todo desacuerdo permite o exige una revisión de sus compromisos básicos, su reconocimiento amplía el horizonte de lo que puede considerarse una respuesta racional al disenso. En lugar de aceptar la irresolubilidad como un límite insalvable de la razón, la revisión de bisagras invita a pensar la filosofía y la ciencia como prácticas en permanente reconstrucción, capaces de transformar su propio suelo de inteligibilidad. Hemos defendido, por otra parte, que la revisión de bisagra es aplicable a varios casos de desacuerdos profundos dentro de la ciencia y la filosofía, no siendo un recurso excepcional en su historia. Contar con este concepto no solo nos ayuda a entender los desacuerdos profundos, sino que permite construir nuevos modelos acerca de cómo fueron abandonadas viejas disputas en el pasado.

REFERENCIAS

 

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NOTAS

 

[1] Publicado: 29 / 01 / 2026. Revista Open Access 4.0. Artículos de la Revista Homónima. (ISSN 3087-260X), Departamento de Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Andrés Bello. Cómo citar: Leandro, L. La superación de los desacuerdos profundos: Revisión de bisagras y racionalidad dinámica. Revista de Filosofía Homónima, 1(1), pp. 214-236. https://doi.org/xxxxxxx[Por asignar]

[2] Leandro Lema es Profesor en Filosofía por el IES N°1 «Dra. Alicia Moreau de Justo» y estudiante de grado de la Lic. en Filosofía en la UBA. Email: leandrolema18@gmail.com. ORCID: orcid.org/0009-0002-4934-777X.

[3] Aquí vamos a unificar distintos desacuerdos teóricos acerca de qué actitud doxástica debemos adoptar frente a una proposición P, tanto si son científicos o filosóficos. Desde ya que son muchas las diferencias entre ambos casos, más todo lo sustancial de nuestra propuesta para modelar los desacuerdos profundos puede ser aplicado indistintamente.

[4] Nota del Editor: para quienes no conozcan las «esmeraldas verzules», son parte de una paradoja planteada por Goodman, N. (1979), que versa sobre la inducción. «Verzul» es un adjetivo que se predica correctamente de algo (por ejemplo una esmeralda) cuando ese objeto al ser observado, hasta cierto momento dado en el tiempo, es detectado como verde, y desde ese momento en adelante al ser observado es detectado como azul. Lo paradójico es que basándonos en la información de observaciones realizadas antes de dicho momento podríamos inducir adecuadamente tanto que se trata de un objeto verde como de un objeto «verzul». Para este artículo, la característica importante de las esmeraldas verzules es solo lo primero: este cambio drástico que tienen en su forma de ser, de un instante a otro.

[5] No obstante, el tratamiento de la noción de par epistémico fue introducida anteriormente en Gutting (1982).

[6] No vamos a defender aquí la superioridad de este enfoque frente a otras reconstrucciones alternativas. Una reconstrucción integral del debate puede verse en Ranalli (2020) & Ranalli & Lagewaard (2022a, 2022b).

[7] Aquí voy a tomar la caracterización que hace Nudler (2002) de las ideas wittgensteinianas de Sobre la Certeza.

[8] En sentido estricto, hablar de proposiciones bisagra y de compromisos bisagra puede tener algunas diferencias conceptuales en la forma en la que entendemos su naturaleza y el lugar que desempeña en nuestro sistema epistémico. No obstante, pasaremos por alto esta distinción para una mayor fluidez.

[9] Sigo aquí el término de Borge & Lo Guercio (2019), aunque sin usarlo en su sentido técnico para analizar la función que tienen dentro del debate.

[10] Serebrinsky (2025) interpreta que en Lema & Madroñal (2023) defendemos que el debate entre realistas y antirrealistas científicos se debe a una divergencia de significados. Sin embargo, como sostenemos aquí, hay un desacuerdo genuino donde se comparten los presupuestos suficientes para hablar de lo mismo y que haya una comprensión mutua mínima, pero se produce una divergencia en la aplicación de las reglas que guían nuestras prácticas epistémicas debido a la adopción de bisagras adicionales y de otras configuraciones de nuestro marco de certezas.

[11] Excede a este trabajo abordar qué criterios guían la racionalidad al poner en cuestión las proposiciones bisagra que configuran nuestro marco de argumentación, pero baste señalar que seguramente la revisabilidad requiera criterios pragmáticos que determinen qué circunstancias habilitan ponerlas en cuestión. En este sentido, el contextualismo wittgensteiniano de Michael Williams (2007) hace una lectura de Sobre la Certeza que hace consistente la posibilidad de revisar las proposiciones bisagra como una estrategia para disolver los desacuerdos profundos.

[12] Un ejemplo que puede ilustrar esto es la defensa que hace Richard Rorty del abandono del programa representacionalista en epistemología en su famoso libro La Filosofía el Espejo de la Naturaleza (1989). Allí destaca que, si bien no hay argumentos conclusivos que pueda brindar en apoyo de su posición pragmatista, puede defenderse las virtudes de su adopción.

[13] Un ejemplo filosófico puede ser ofrecido para mostrar la fertilidad de nuestro modelo. Recientemente, con la introducción de la noción de stance epistémica por parte de van Fraassen (2002) y el posterior desarrollo por Chakravartty (2004, 2017), algunos autores se han inclinado por una lectura meta-filosófica más relativista del debate entre realistas y antirrealistas científicos (puede encontrarse un ejemplo de ello en Madroñal, 2023 o en Serebrinsky, 2025). En vez de caracterizar cada posición como un conjunto de proposiciones que conforman una doctrina, se ha optado por entender al debate como el choque de distintos valores que guían nuestras prácticas epistémicas. Estas stances, en sentido estricto, carecen de valor de verdad y solo puede evaluarse su racionalidad.

Si lo que hemos defendido hasta aquí es correcto, nuestro modelo acerca de los cambios de marco puede dar

cuenta de por qué para ciertos filósofos no tiene sentido la discusión entre realistas y antirrealistas científicos, incluso cuando se presenten como stances. Ambas stances en disputa son parte de una meta-stance a la cual podemos o no adherir. Una estrategia para superar el mencionado desacuerdo entre realistas y antirrealistas será realizar modificaciones en esta meta-stance que hagan que carezca de sentido tomar posición acerca del estatus de las entidades inobservables o del conocimiento acerca de ellas. Posiciones pragmatistas como las de Frápolli (2014; 2020) logran disolver el debate, haciendo que pierdan significatividad las actitudes doxásticas acerca de las proposiciones que se ponen en cuestión en este debate. Queda para otros trabajos analizar de qué forma podemos evaluar la aplicación de la revisión de bisagras, dado que existen casos exitosos (como el abandono de paradigmas pasados que conllevo disolver los desacuerdos que existían dentro de ellos) y casos donde sería absurdo llevarla a cabo.

 

Revista de Filosofía dirigida a académicosinvestigadores estudiantes de pregrado y posgrado de Filosofía u otras disciplinas. Proyecto editorial patroninado por y afiliado a la 

Universidad Andrés Bello ISSN: 3087-260X

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