Enseñanza, método y práctica de la filosofía. Entrevista al Dr. Luis Placencia. Kuminak Lefio [Entrevistador]

orcid logo Luis Placencia García es profesor asociado de la Facultad de Filosofía y Humanidades y de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, Doctor en Filosofía por la Martin-Luther-Universität Halle-Wittenberg (2014, summa cum laude) y licenciado por la Pontificia Universidad Católica de Chile (2005, egresado con distinción máxima).

orcid logo Licenciado en Filosofía de la Universidad de Chile, estudiante del diplomado “Fundamentos de la Física” de la misma casa de estudios. Actualmente se desempeña como jefe en Gestión Editorial de la Revista Homónima. Email: kuminak.lefio@ug.uchile.cl. ORCID: https://orcid.org/0009-0005-8121-4063.

 

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Lefio, K. (2026). Enseñanza, método y práctica de la filosofía / Entrevista con el Dr. Luis Placencia. Revista de Filosofía Homónima 1(1), 379-438.

 


ENSEÑANZA, MÉTODO Y PRÁCTICA DE LA FILOSOFÍA[1]

Entrevista al Dr. Luis Placencia[2]

Kuminak Lefio[3]— Entrevistador

 

 

Luis Placencia García es profesor asociado de la Facultad de Filosofía y Humanidades y de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, Doctor en Filosofía por la Martin-Luther-Universität Halle-Wittenberg (2014, summa cum laude) y licenciado por la Pontificia Universidad Católica de Chile (2005, egresado con distinción máxima). Sus líneas de investigación se centran en historia de la filosofía moderna (autores como Descartes, Spinoza, Kant, Hegel), filosofía práctica y problemas de autoconciencia y autoengaño. Así mismo, ha realizado estancias de investigación en la Universität Leipzig (2015) y en la Rheinische Friedrich-Wilhelms-Universität Bonn (2017–2018).

  1. Introducción

Kuminak Lefio

La entrevista consiste en aproximadamente 15 preguntas centrales, con sus seis núcleos temáticos correspondientes, por lo que espero que tenga tiempo de contestarlas y la facilidad de hablarlos por el interés que nos generaba tener su perspectiva. Las preguntas intentan mezclar elementos que les sean más familiares —de lo que pensamos que le puede ser más familiar para usted—, y otros que lo saquen de su zona de confort. Pensamos ente ellas, cuestiones relacionadas con su vida, tanto como estudiante como profesor de filosofía; cuestiones sobre el método de la filosofía su concepción de ella y su práctica; reflexiones en torno a la interdisciplinariedad; acerca de cuestiones de género en filosofía; y el futuro de nuestra disciplina dado el ascenso de nuevas tecnologías.

  1. Como estudiante y como profesor

Kuminak Lefio

Un gusto poder tener esta entrevista con usted.

Me interesa partir, desde la siguiente idea: conversando con varios estudiantes de filosofía, tanto durante la carrera, en los congresos, etc. me di cuenta de que muchos de nosotros partíamos, al entrar en la carrera, con una idea bien distinta de lo que era la filosofía, en comparación con la idea con la que salimos de la carrera, o con la que fuimos evolucionando a medida que conocimos y estudiamos la filosofía. Entonces, por lo mismo, me interesaba preguntarle ¿Cuál era la idea inicial que tenía de la filosofía, cuando entró a estudiarla, y cómo ella fue evolucionando, cambiando, a medida que fue estudiándola y desarrollándose en toda su carrera filosófica? ¿Cómo se fue desarrollando esa concepción que tenía de la filosofía?

Luis Placencia

Cuando yo entré a estudiar filosofía, tenía una idea muy vaga de lo que era. Para mí era una especie de ejercicio de la curiosidad sin restricciones metódicas, pero con una cierta rigurosidad —que yo no sabía muy bien cómo expresar en qué consistía— en torno a las cuestiones fundamentales de la vida humana, o lo que yo entendía que eran las cuestiones fundamentales de la vida humana. Entonces, cuando decidí estudiar filosofía, decidí, en parte, motivado por ese tipo de concepción.

A mí me gustaban mucho otras humanidades también, la historia en particular, también la literatura, pero me parecía que justamente la filosofía era, en algún sentido, más universal, por esta razón que les mencionaba. Y, en la medida que fui estudiando filosofía, empecé a darme cuenta de que cuando la filosofía era “bien hecha” —al menos me parecía a mí que lo era; todo lo estoy tratando de expresar del modo vago en el que yo lo percibía en ese momento—, cuando la filosofía era convincente, planteaba ideas que me parecían bien articuladas, y por lo mismo robustas, me di cuenta de que ese tipo de filosofía normalmente estaba vinculada más bien a unas constricciones metódicas bien definidas; a una cierta conciencia de por qué se hacía lo que se hacía del modo en que se hacía. Y eso para mí fue muy importante, porque, de hecho, en algún momento pensé en dejar la filosofía a causa de que cuando estuve el primer semestre de la universidad, experimenté algo —que creo que muchos estudiantes experimentan— que es no entender muy bien de qué se trataba esto.

Y me pasó como pasaba en ese entonces, y creo que todavía pasa en algunas facultades, que tenía mis cursos de lengua clásica simultáneamente. Me gustaba mucho el mundo clásico, probablemente como tenía esta especie de inquietud por las preguntas de las humanidades, entendida en términos muy generales, y dado que el mundo clásico es una especie de hummus del que surgen ese tipo de preguntas, me interesó por lo tanto mucho desde joven, desde antes de entrar a estudiar filosofía. Entonces, esos cursos de lengua clásica me satisfacían mucho porque yo veía que progresaba; uno hace esta especie de camino curioso en el que pasa de no saber nada, a después poder leer una línea, después poder leer un párrafo, poder leer un texto. Entonces, eso me gustó mucho. Y en la filosofía me sentía más bien desorientado. Veía que se trataba de una exposición de ideas diferentes, algunas de ellas muy interesantes, pero no lograba comprender cómo podía hacerse aquello de buena manera. Hasta que, bueno, el contacto con un profesor en particular, con el profesor Vigo, me generó un impacto muy profundo en ese sentido, porque me pareció que él respondía a unos estándares que a mí me satisfacían mucho. Yo consideraba muy admirable el modo en que él hacía la filosofía. Y en parte de él aprendí esta preocupación, en el fondo, por las cuestiones metódicas de la filosofía. Después me di cuenta de que eso fue decisivo para mí para quedarme en la filosofía, y no intentar hacer una especie de carrera en las lenguas clásicas, que es algo por lo que pensé en algún momento, sobre todo en el latín, que me fascinaba mucho.

Kuminak Lefio

Sí, justamente, relacionándolo con eso, hay algo que me interesaba comentarle, esta idea con la que muchos estudiantes lidian a lo largo de la carrera, de esta vaguedad, de estar un poco perdidos respecto a cómo entender la filosofía, y también cierto ánimo de decepción, que muchas veces se da. ¿Cómo cree usted que se podría hoy en día, sabiendo que eso se sigue dando, apoyar a esos estudiantes? o tal vez ¿Cuál es su manera de dar un apoyo a esos estudiantes en encontrar una forma de entender la filosofía?

Luis Placencia

La respuesta que yo daría es una respuesta en alguna medida desilusionante, pero que tiene que ver con mi propia experiencia. Creo que la manera de tratar de proponerle a los estudiantes un camino en la filosofía es tratar uno mismo de hacer bien su trabajo. Tengo la impresión de que muchas veces en filosofía simplemente enseñamos cosas, decimos cosas, sin tener muy claro por qué lo estamos haciendo. Y creo que una parte esencial del hacer bien nuestro trabajo como profesores consiste justamente en hacer o intentar hacer, cada vez, esa reflexión previa; tratar de explicarnos por qué hacemos lo que hacemos. Por ejemplo, a mí me toca, como ustedes lo saben, cada cierto tiempo dar un curso de filosofía moderna, que es un curso obligatorio. Entonces, yo trato de iniciar siempre el curso explicando por qué yo creo que es importante estudiar eso y por qué es importante estudiar la historia de la filosofía en términos generales.

Eso me parece que es una cosa que uno debería tratar de hacer. Tengo la impresión de que no siempre se hace, que más bien se asume que lo que está dado está dado por alguna razón y entonces simplemente hay que ir a eso que sería la filosofía. Pero cuando uno opera de ese modo justamente oblitera uno de los aspectos esenciales de la filosofía, que es la necesidad de dar cuenta de sí misma. Es decir, trata la filosofía como si fuese una disciplina cualquiera, como cualquiera de las otras, que son todas ellas muy respetables, por supuesto, pero que no tienen esta característica distintiva. Así como la filosofía tiene también, frente a esas otras disciplinas, una serie de desventajas. Nosotros no podemos hacer experimentos, no tenemos métodos formalizados de control, etc. Pero —eso en parte— está intrínsecamente relacionado con el hecho de que justamente no asumimos nada como dado, o intentamos asumir lo menos posible como dado. Lo cual significa entonces que no podemos simplemente llegar y enseñar las materias de las que se trata, como si fuese obvio y trivial el por qué esas cosas son importantes.

Creo que ese ejercicio —el ejercicio de tratar de hacer bien nuestro propio trabajo— obviamente es importante. Ahora, tengo la impresión también de que el abandono en las carreras de filosofía —si uno ve los números es una situación más o menos común también con el resto de las humanidades— obviamente tiene que ver con una cuestión epocal y también laboral. Hay muchas personas que a medida que va avanzando en la carrera se dan cuenta de que tienen que hacer un esfuerzo, que a veces es significativo, y el “premio” —por decirlo de algún modo— al final del esfuerzo es incierto. Y eso es un problema que, desde las mismas facultades de filosofía, nosotros no podemos solucionar. Lo que sí creo que podemos hacer es tratar de hacer un ejercicio razonado de lo que hacemos. Y eso sí sería muy importante.

Lo otro que creo que sería muy importante, especialmente en una facultad como la mía, es tener tasas de ingresos que sean razonables. Si uno admite 100 estudiantes a entrar a estudiar filosofía en un país de 18 millones de personas, está admitiendo unas cifras que creo que son irreales, sobre todo si hay 7 u 8 facultades más de filosofía en el país. Entonces, es muy natural que ante un escenario de esa naturaleza ciertos estudiantes se desanimen. Normalmente dicen los estudiantes: “Yo aquí estoy haciendo un esfuerzo enorme, aprendiendo unas cosas que son rarísimas, que no me queda muy claro cómo se vinculan con el mundo en el que yo vivo, y no termino de ver el beneficio inmediato de todo aquello”. Esto es muy natural en la filosofía. La filosofía en alguna medida siempre consiste en desvinculación del mundo inmediato. Pero claro, eso tiene que tener algún tipo de explicación. Y eso es lo que yo a veces siento que nos hace falta a nosotros los docentes comunicar de buena manera: El por qué esto que hacemos tiene en alguna medida algún sentido, aunque sea inmanente a la filosofía.

Kuminak Lefio

Usted mencionó brevemente aquello que parecía diferenciar a la filosofía de otras disciplinas. Justamente, desearía que profundizase un poco más en si es que cree que la filosofía tiene algún tipo de reflexión particular que la diferencia de otras disciplinas, un poco como lo que decía recién, y cuál sería ese tipo de reflexión que la caracteriza. Si es solo esto que mencionaba, el intentar dar lo menos por dado o lo menos por supuesto, o si hay algo más en el ejercicio filosófico que sea característico a diferencia de otras disciplinas.

Luis Placencia

Varias cosas. Por supuesto, una primera cosa que es relevante tener en cuenta es que esta es una idea de la filosofía. En ningún caso pienso que esta sea la única manera de concebir la filosofía que sea admisible. Hay muchas personas que hacen filosofía y lo hacen muy bien y no están de acuerdo conmigo en esto. Tengo unos colegas con los que he conversado esto y bueno, tienen dudas de estas cosas que yo digo y creo que con cierta razón. No lo doy por una especie de verdad apodíctica, pero creo que hay buenas razones para pensar lo que estoy diciendo.

Obviamente, de la idea de que uno asuma la menor cantidad de prejuicios, es decir, que uno tome como ya admitidas, o por ya sabidas, la menor cantidad de cosas, se desprenden una serie de consecuencias. Porque, fíjense ustedes, que esto vale incluso para la idea misma de la filosofía. Entonces, se desprende el hecho de que la filosofía tiene que hacerse cargo de sí misma, pero tiene que hacerse cargo de sí misma —en mi parecer al menos— de un modo que implica tratar de reflexionar sobre cómo hacer filosofía de una manera que ella se aproxime tanto cuanto sea posible a algo que pudiéramos denominar saber.

La aspiración de la filosofía no es meramente ser una forma de reflexión, sino que ser una forma de reflexión que en alguna medida aspira tanto cuanto se pueda a presentarse como un modo de conocimiento intersubjetivamente válido. Reflexionar es una actividad que en general los seres humanos realizan espontáneamente, especialmente a partir de cierta edad. Hay una edad en que la gente se pone filósofa, se pone a pensar “¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué nos morimos?” Ese tipo de cosas, u otras, como “¿Existe la Torre Entel cuando yo la estoy mirando?” Ese tipo de reflexiones. Pero evidentemente la filosofía lo que busca es, recogiendo esa tendencia espontánea, si no en todos los seres humanos, al menos en una cantidad significativa de ellos, intentar llevarla a una expresión que pudiésemos denominar científica. Es decir, una expresión que responda a ciertos controles metódicos.

Otro rasgo fundamental de la filosofía no es que ella carezca de método, a diferencia de otras formas de conocer que tienen un método dado, o unos métodos —pueden ser varios— sino que la filosofía es un tipo de —Heidegger lo dice así— lucha por el método. Es decir, de ejercicio constante de reflexión en torno a cuáles son los métodos más adecuados para realizar las tareas que la filosofía se da a sí misma. Ese es otro rasgo que es muy relevante; no tenemos métodos dados ex-ante, pero eso no nos libera de la necesidad de darnos ciertos métodos. Es decir, la relación de la filosofía con la metodología es una relación distinta a la que tienen otras disciplinas.

Ese es un segundo rasgo ya relevante, digamos, que diferencia a la filosofía de otro tipo de disciplina. Y obviamente de estos rasgos también se desprende una cierta flexibilidad. La filosofía en principio, en virtud de estas cosas que les acabo de mencionar, puede pretender hacerse cargo de asuntos que son muy diferentes. Esta especie de flexibilidad está considerada como un rasgo propio de la filosofía ya desde los primeros filósofos. Ellos lo expresaban de otro modo, como si la filosofía fuera una especie de disciplina universal que se ocupa de todo.

Evidentemente, ya esos primeros filósofos, pienso en Aristóteles por ejemplo, veían que ese de todo no podía significar ocuparse de todo en el sentido de estrictamente todas las cosas en todos los sentidos posibles. Sino que se requería una especie de configuración metódica que permitiese ocuparse de todo. De todas las cosas, pero de un cierto modo. Aristóteles llamaba a eso, la disciplina que estudia lo que es en tanto que algo que es. Entonces, bueno, más allá de que uno comparta eso que dice Aristóteles o no, ahí hay una lección metódica también importante. Esa curiosidad que a mí me atraía tanto, que parece ser propia del filósofo, esa especie de interés universal, tiene que ser ejercido sobre la base de una cierta concepción; cuál es el tipo de encuadre bajo el cual vamos a ejercer esa curiosidad. No es una especie de curiosidad librada a sí misma sin ningún tipo de restricción, ¿no? No es la curiosidad del polímata que se ocupa de cuántas cosas puede.

Kuminak Lefio

Justamente usted mencionaba que le interesaba tratar este tipo de temas metodológicos y más bien, acerca de los fundamentos de por qué tratamos las cosas como las tramamos en filosofía y que le gustaba mostrar aquello, también, en sus clases. Por lo mismo, ya sea en las clases universitarias que usted da, no sé si ha tenido la oportunidad también de hacer clases a secundarios, me interesaba preguntarle si alguna vez le ha ocurrido que en esas clases o en otras instancias con estudiantes que usted haya visto algún tipo de cambio en su forma de pensar respecto a la filosofía por lo que decían sus estudiantes.

Luis Placencia

Sí, pasa mucho. Yo nunca di clases en el colegio salvo unos talleres de lengua clásica que di en el Liceo 1, y que fue una experiencia muy grata por lo demás. De hecho fue lo primero que hice como docente, salvo algunas cosas que hice en el colegio como “docencia” en ayuda a compañeros, y cosas así. Pero como docente, propiamente tal, lo primero que hice fueron unos talleres de lengua clásica y de lógica que para mí fueron muy entretenidos; lo pasé muy bien y fueron muy gratos. Pero eran personas que iban ahí porque querían. Para mí era muy importante eso, entonces después apenas pude tomé la oportunidad de empezar a trabajar en la universidad y no salí nunca más de ahí, porque en general siempre me gustó mucho la idea de darle clases a personas que iban básicamente porque habían escogido hacer eso; que no era una especie de obligación.

Para mí eso es muy importante. Obviamente sin desconocer que la enseñanza primaria y secundaria es central y se hace ahí una tarea importantísima. Lo que pasa es que yo no creo tener la habilidad para ejercer esa tarea de un modo que no sea sumamente dependiente de cierta madurez de las personas. Ese es un ejercicio que requiere de una habilidad y unas capacidades que yo no tengo pero que son capacidades muy importantes, propias de una forma muy excelsa de la inteligencia, de la cual yo carezco.

Pero volviendo al punto, sí, frecuentemente ocurre —me parece— que en las clases uno recibe información de perspectivas que son interesantes. Ahora, para eso obviamente uno requiere que la clase funcione de un modo en que hoy es muy difícil hacerla funcionar. Se necesita que tenga la forma primero de un diálogo, pero también de un diálogo sobre la base de cierta información. Es cierto que a veces la ingenuidad permite adquirir una perspectiva fresca y novedosa y en ocasiones muy necesaria para quienes están mucho tiempo ocupados con un asunto. Pero, también es cierto que si esa ingenuidad está en alguna medida informada, las probabilidades de que ocurra ese fenómeno, en el que quién está demasiado cercano a un asunto logra una cierta distancia, se maximizan.

Entonces, me da la impresión de que ocurre tendencialmente menos que se puedan hacer clases dialogadas y que se puedan hacer clases en que ese diálogo además esté fundado en una especie de preparación. Probablemente, porque tendemos a concebir, cada vez, más la clase como una especie de fenómeno vinculado a enseñar ciertos contenidos. Y eso en la filosofía creo que es muy complejo porque en general mi impresión es que en la filosofía lo que deberíamos tratar de enseñar más bien es cómo reflexionar filosóficamente.

Kant tiene una frase que es muy citada, aunque él ahí está diciendo una cosa ligeramente distinta a lo que se le hace decir cuando se cita la frase, pero no tiene importancia —tergiversemos a Kant un rato, sin problema—, que es esto de que “No se aprende filosofía sino sólo a filosofar”. Esa observación, entendida de un modo distinto a como Kant la hace ver ahí, es una observación muy importante. Porque en mi opinión la enseñanza de la filosofía debería estar más orientada, no tanto a contenidos, sino a que el estudiante desarrolle por sí mismo las capacidades para interpretar un texto, hacerse preguntas adecuadas respecto de él, y por tanto entrenarse en la reflexión filosófica, en una especie de diálogo con otras mentes, a veces mentes ausentes, que son las mentes de los autores que escriben los textos, porque normalmente no están ahí de cuerpo presente, ora porque ya está muerto, ora porque son personas que pertenecen a otros mundos, a otros universos; viven, en Stanford, o en Europa, etc.

Entonces, me ha pasado muchas veces que he aprendido mucho de los estudiantes. De hecho, he trabajado en estudios, he publicado cosas con gente que ha estudiado conmigo. Y para mí en general, la experiencia con esos estudiantes ha sido muy enriquecedora. Es probablemente una de las partes más hermosas del trabajo académico y la docencia, cuando uno tiene la oportunidad de ver crecer a un estudiante y ver cómo se transforma en un colega. Obviamente, es una parte que también puede ser potencialmente difícil de administrar —digamos—, especialmente si uno es inseguro. Pero es un proceso muy satisfactorio.

Kuminak Lefio

Para cerrar esta parte acerca de los estudiantes, también me gustaría preguntarle si pudiera darles un consejo importante a los estudiantes de filosofía hoy en día. ¿Cuál sería?

Luis Placencia

Carpe Diem, que aprovechen el tiempo. Yo siempre cuento una historia que a mí me pasó cuando me fui a doctorar. Yo tenía un profesor que falleció ya hace un tiempo largo, y lo extraño mucho, Don Alfonso Gómez Lobo, una extraordinaria persona. Yo fui ayudante de él varios años y para mí fue una linda experiencia conocerlo. Y digo linda no solo porque aprendí muchísimo, él era un señor admirable, tenía un conocimiento del mundo griego como el que tengo yo de esta cuadra. Era su mundo. Era una bellísima persona. Y me acuerdo de que cuando le fui a contar que me iba a doctorar a Alemania, que además era el país donde él se había doctorado, me sonrió con esa sonrisa plena que tenía. Y me miró con una mirada llena de felicidad. Y me dice, “Qué envidia; qué ganas de empezar de nuevo”. Y él era una persona que vivió muy bien, o sea, yo sé que no me lo decía en términos de que él había vivido una mala vida. Sino más bien al revés; con ese deseo en el fondo autoafirmativo, que decía algo así como “Esta vida que yo he llevado ha sido muy linda y empezó con algo muy lindo, que fue el periodo de estudiar”. Y el periodo de estudiante, yo creo, que es muy lindo y no vuelve más. Es una cosa que uno normalmente, cuando es estudiante, no lo aquilata lo suficiente. Después viene otro período en el que uno finalmente no dispone de la cantidad de tiempo para sí mismo que tiene cuando uno es estudiante.

Obviamente ocurre por razones diferentes. Puede ser porque uno mismo o su entorno envejece y hace que uno tenga que disponer de una cantidad de tiempo para otros. Por supuesto, también está el trabajo, que es una carga significativa, y suele ser también tiempo que uno emplea en atender asuntos de otros. O también muchas veces las personas hacen familia, tienen hijos —como yo mismo—, y tienen que dedicarles tiempo a otros; un tiempo que a veces es muy gozoso, pero que no es tiempo dedicado al estudio.

Entonces, mi consejo sería que piensen que el tiempo que tienen ahora no lo van a volver a tener. Y es un tiempo muy lindo que permite hacer cosas que uno después no puede hacer. Creo que eso es bien importante. O sea, hay una cuestión, si uno quiere, kairológica[4] de la situación, que uno tiene que saber identificar. Tiempo para el “carrete”, por ejemplo, uno tiene después; es verdad que a medida que uno se va haciendo más viejo, también se le va haciendo más difícil resistir ese tipo de instancias, digamos.

Pero el tiempo para estar sentado un buen rato en la biblioteca, para curiosear, para leer cosas simplemente porque sí, porque a uno le dan ganas, le llamó la atención. Ese tiempo lo tiene uno mientras estudia, sea en el pregrado o en el posgrado. Entonces es un tiempo muy bello que mi único consejo para un estudiante es que lo aproveche mucho, porque si a uno realmente le gusta lo que hace, —claramente si la filosofía es una tortura, el consejo sería otro, sería estudiar otra cosa—, si le gusta la filosofía, es muy lindo tener la ocasión de dedicarle un tiempo a algo. Y eso es algo que uno después no puede hacer. Tiene que andar robando tiempo a distintas cosas para poder tener esa intensidad de trabajo y de estudios, si acaso la puede llegar a tener.

Kuminak Lefio

Pasando a otro tema, de lo que yo he tenido la oportunidad de tener clases y discutir con usted, me consta la importancia que le otorga a los problemas filosóficos y cómo los formulamos en nuestra práctica, como parte de su concepción misma de la filosofía y de cómo la enseña también. Por lo mismo, me gustaría preguntarle más específicamente ¿Cuáles fueron los problemas filosóficos que han marcado su carrera filosófica hasta ahora y también cómo llegó a ellos? ¿Qué hizo que le importasen, le interesasen y le llamasen la atención?

Luis Placencia

Me han interesado muchas cosas. Muchas de ellas son cosas a las que yo después no me dediqué, en parte porque me di cuenta de que había gente que lo había hecho ya muy bien. En cualquier caso, lo había hecho de un modo en el que yo no lo iba a poder hacer, probablemente con una calidad y sofisticación que yo no iba a lograr.

Me interesaron preguntas que uno podría denominar filosóficas de antes de estudiar formalmente filosofía, pero probablemente de un modo que yo no admitiría como significativo después de haber estudiado filosofía. Probablemente una de las primeras preguntas que me causó una gran admiración y que hacía parte de estas preguntas que me inquietaban de antes, era la cuestión del tiempo. Es decir, ¿Qué clase de cosa podía ser eso? Algo que parece en alguna medida ser lo más real del mundo, que marca nuestra vida por completo, sentimos su realidad efectiva en nuestro propio cuerpo, en su paso, pero por otro lado parece ser lo más irreal que hay. Si buscamos dónde está el tiempo, no lo encontramos en ninguna parte. De hecho, probablemente una de las formulaciones más brillantes de lo que es una pregunta filosófica es la formulación de Agustín, en torno a ese tipo de preguntas: ¿Qué es el tiempo? Si me preguntan, no lo sé. Si no me preguntan, lo sé. Esa especie de paradoja es indicio de que hay un problema filosófico y me parece que el tiempo es un problema filosófico en ese sentido.

Cuando yo estudié en el pregrado, en la facultad en la que yo estudiaba, Aristóteles era una especie de presencia constante, era una facultad muy aristotélica, en buena hora en mi opinión, y en particular uno de mis maestros, que ya mencioné, el profesor Vigo, había escrito trabajos extraordinarios sobre el tiempo, especialmente en Aristóteles, pero también con influjo de una serie de otros autores.

Entonces, me acuerdo de que en el seminario privado que tenía él, en el coloquio, leímos en esa época La Física de Aristóteles, en el libro cuarto, capítulos 10 a 14. Estaba también la profesora Paloma Baño en esa época, que está como una colega aquí con nosotros. Ella estaba muy interesada en esas cosas, de hecho escribía sobre el tiempo de Aristóteles en esa época.

Y estaba la profesora Gabriela Rossi, que ahora es profesora de la Universidad de Los Andes y fue profesora de la Universidad Adolfo Ibáñez y de la Católica de Valparaíso, que estaba también trabajando sobre los temas de la Física; estaba el profesor Boeri, también el profesor Vigo. Yo me acuerdo de que ahí me embelesé con ese asunto. Leí cuanto cayó en mis manos sobre el tema, estos textos de Aristóteles que leíamos en el coloquio; leímos también, me acuerdo, esos famosos Problemas Fundamentales de la Fenomenología de Heidegger, donde él trata esta cuestión en distintos autores, que son realmente fascinantes.

Y yo por mi cuenta leí también una cantidad de otros trabajos —Por ejemplo, el famoso artículo de MacTaggart. Eso fue un asunto que me fascinó mucho. Y en parte, fíjese usted, un poco en esa guisa, llegué a ocuparme con lo que fue mi primer tema, el primer tema que me interesó, que yo trabajé con cierta seriedad, que era el problema del espacio, un problema relativamente similar, digamos. Y ahí me ocupé con la cuestión del espacio en la filosofía de Kant. Escribí mi primer trabajo, que después se publicó como un libro. Me fascinó ese asunto.

Me fascinó el problema de qué tipo de entidad o de forma de ser tenía el espacio. Que parecía, por un lado, ser una especie también de entidad omnipresente, pero completamente imposible de localizar. Más bien era una especie de condición de posibilidad de localizar entidades. Entonces, esta especie de realidad curiosa, digamos, que tienen estos objetos, me llamó mucho la atención en su momento. Y creo yo que eso me abrió también, especialmente a partir del estudio del enfoque kantiano de estos asuntos, cierta sensibilidad para lo que yo creo que ha sido una ocupación muy constante, que es el intento de ocuparme con determinados objetos, que, justamente, sin tener el modo de ser de las cosas, son, no obstante, entidades muy reales, digamos. O entidades de enorme significación, cuya realidad es difícil de discutir.

De alguna manera fue un modo en que la filosofía me dio una especie de antídoto a una tendencia que yo tenía muy naturalmente. Esta especie de tendencia que creo, en general, tienen casi todas las personas hoy por hoy, de considerar como efectivamente reales solamente los objetos materiales. Considerar que vivimos en un mundo de cosas; de cosas empíricamente observables. Y bueno, Kant y el enfoque de algunos de mis maestros, hizo que me fascinara por este tipo de objetos que parecen tener esta especie de realidad sui generis. La realidad de lo que no es cósico, de lo que no es empíricamente observable de manera directa, pero, no obstante, parece ser en alguna medida indiscutible. En alguna medida por esa razón también, y esto fue de lo que me ocupé en el doctorado, me interesó también el problema de la acción humana, que parece tener un estatus similar, y ahí me ocupé nuevamente también del asunto de la mano de Kant, que en realidad ha sido el filósofo del que más tiempo le he ocupado.

Y finalmente, me han ocupado también en los últimos años cuestiones vinculadas a algo que podríamos denominar en términos amplios como el conocimiento de sí. Creo yo que es otra dimensión de la filosofía que es muy significativa: parece ser que la filosofía, junto con los otros rasgos que mencioné anteriormente, tiene, al menos bajo una concepción de ella, esta idea de ser una especie de disciplina que busca que la racionalidad humana, los seres humanos se comprendan a sí mismos a la vez que comprendan al mundo. Y eso para mí es muy fascinante. Entonces, problemas como el conocimiento de sí, la autoconciencia y fundamentalmente el autoengaño, que me interesaba mucho también, son cuestiones a las que le he dedicado cierto esfuerzo, y esto último ya más en términos sistemáticos y no solamente en Kant. Pero, en general, si tuviese que presentar una especie de itinerario lo haría de esa manera.

Kuminak Lefio

En esa línea, deseába plantearle lo siguiente, ya que mencionó su interés por los problemas del autoconocimiento y también esta idea de la relación entre el mundo y cómo nos conocemos a nosotros mismos. Como se mencionó también recién, para la filosofía los posibles intereses son sumamente amplios; esto mismo que usted dijo, que la filosofía podría tratarse de todo, al menos en alguna forma, y algunas de esas formulaciones puede ser tan amplias como “la filosofía se trata del mundo y nuestro lugar en él”. O, más cercano a lo que usted mismo ha mencionado, “el mundo y cómo nos conocemos a nosotros mismos”. Pero de esto surge un cuestionamiento, y un cuestionamiento que me parece que es adecuado que también usted pueda contestar, ¿Es adecuado concebirnos a nosotros como parte de este mundo que investigamos? ¿O hay algo particular acerca de la comprensión de nosotros mismos que lo distingue de los demás objetos que podemos tener en nuestra reflexión? Deseaba que pudiese profundizar acerca de su postura sobre esto, especialmente, por su interés en las preguntas del autoconocimiento.

Luis Placencia

Es una pregunta muy difícil, porque, por de pronto, supone una especie de paso posterior a los que ya hemos dado, que es tratar de reflexionar sobre qué es lo que llamamos mundo. Cuando hablamos del mundo, especialmente en un ámbito de reflexión pre-filosófica, o incluso en un ámbito ya no de reflexión, sino que simplemente correspondiente a lo que llamamos la vida cotidiana, parece ser que hablamos de una especie de ítem, como si se tratase de una cosa más o de un agregado de cosas. Esa es la manera más natural de hablar del mundo.

Vean esa serie tan extraordinaria de “Cosmos”, de Sagan, comienza justamente con esa frase tremenda, “El Cosmos es todo lo que hay, todo lo que fue y todo lo que alguna vez habrá”. Fíjense que la definición es extensional. El Cosmos es un conjunto de ítems que existen, existieron o van a existir. Con lo tremenda que es la frase, me acuerdo yo cuando la escuché la primera vez, era niño, hubo una ilusión tremenda. ¿Qué es eso?, cabe preguntarse si eso realmente podría ser lo que llamamos mundo. Creo que ahí falta algo, que es que, aquellos seres, aquellas entidades, que en el contexto de esos ítems que están dados, experimentan esos ítems de un modo tal que buscan hacer sentido de ellos.

Esos somos nosotros. Y parece ser que “mundo” tiene un sentido, que en alguna medida es ligeramente distinto de este otro sentido, de esta especie de sentido que podríamos denominar extensional. Lo podríamos denominar el marco de significaciones bajo el cual los seres humanos hacemos sentido de aquello que experimentamos. Y el marco de significaciones a partir del cual también transformamos eso que experimentamos.

Los seres humanos tenemos además esa cualidad curiosa de que simplemente no nos conformamos con hacer lo que sería nuestra naturaleza y observar lo que hay, sino que tratamos de transformar esa naturaleza y a la vez transformarnos a nosotros mismos. Piénsenlo ustedes, estamos en una universidad. Una universidad no sería posible si no tuviésemos esa curiosa tendencia: de tratar de hacer con nosotros algo en alguna medida completamente diferente a lo que somos desde un comienzo. Si siguiéramos con nuestros impulsos naturales no estaríamos aquí. Estaríamos haciendo otras cosas. A lo mejor pueden ser cosas mejores, más interesantes, no tengo ni idea, pero en cualquier caso estamos aquí.

Entonces, claro, yo creo que si uno entiende el mundo en ese segundo sentido, el papel que tiene la filosofía es un papel en algún sentido diferente, ya no se trata meramente de dar cuenta de lo que hay, sino de cómo comprendemos aquello que hay y de cómo eso que hay adquiere cierta relevancia; algunas formas incluso adquieren el tipo de entidad que tiene a partir del modo como nosotros prestamos sentido a las cosas. Es decir, dicho de otra manera, parece ser que nosotros no experimentamos el mundo como un conjunto de simples cosas existentes dentro de las cuales nosotros somos una más, sino que más bien en un sentido derivado, no este sentido extensional, constituimos un mundo de significaciones cuyo foco somos nosotros.

  • Mujeres en la filosofía y la academia

 

Kuminak Lefio

Muchas gracias por la respuesta. Me interesa pasar a otro tema, y un tema que creo que es muy relevante para nuestro contexto actual como academia filosófica, y se trata de la cantidad significativamente mayor de hombres que de mujeres que se dedican a la práctica. Al menos, como un dato —pues, no hay estadísticas al respecto—, desde mi experiencia como estudiante y la de muchas compañeras en la carrera de filosofía entran a estudiar muchos más hombres que mujeres. Se nota este fenómeno en los cursos y también da la impresión, por lo que piensan también otros académicos, que eso se replica posteriormente también en el desarrollo académico.

Conversando con varios académicos, varios tienen intuiciones o teorías respecto a por qué se da este fenómeno, y por qué no se replica en otras carreras de nuestra misma Facultad. Nos interesaba mucho conocer más a profundidad las distintas perspectivas que hay al respecto, y en este caso la suya. ¿Por qué cree que se da esto en la filosofía? Sabiendo que no es único a la filosofía, pero que sí parece ser un caso destacable y que preeminentemente se da de tal modo.

Luis Placencia

Mire, el ¿por qué? es una pregunta que yo no puedo responder, digamos. Es decir, ahí estoy, como dicen los alemanes, sobrepreguntado. No tengo las competencias para responder eso, no sé si alguien las tiene por lo demás. En cualquier caso creo que es un problema, en eso estamos todos de acuerdo. Es un problema y hay que intentar solucionarlo, porque evidentemente el talento está repartido de manera relativamente equitativa. En ningún sentido es el caso que los hombres tengan más talento, las mujeres menos, etc. Es un fenómeno que ocurre efectivamente en muchos ámbitos. Hay un ámbito, ustedes saben, con el que tengo una cierta relación, por mis pasiones personales, y en el que ocurre de manera muy dramática, que es el ajedrez. Y es muy curioso. Yo tengo una hija que juega ajedrez, y a veces le tengo que explicar a algunas personas por qué hay premios femeninos. Porque muchas personas dicen “el ajedrez es un deporte en el que la condición física, la fuerza, digamos, no juega ningún papel”. Entonces, lo más natural sería pensar que no hay ninguna razón para que existan competencias separadas. Es razonable pensar que, por ejemplo, en el tenis, los hombres no compitan con las mujeres porque la fuerza física, por razones fisiológicas, es completamente distinta. Sacar más fuerte ya da una ventaja. Sacar desde más arriba también, qué sé yo. Y es razonable.

Es como la diferencia de peso en el boxeo. Competirán los que pesan 100 kilos con los que pesan 100 kilos; si me ponen a mí a competir con un tipo de 120 kilos, me noquea en el primer round, sin ningún problema. Entonces, no es un problema, digamos así, de capacidades para el deporte, sino de que cada cual ejerza dentro de un ámbito en el cual esas capacidades sean comparables, por ejemplo.

Pero, lo que pasa es que en el ajedrez ocurre un fenómeno muy curioso, que es que hasta aproximadamente los 10, 12 años, las niñas y los niños se desenvuelven de manera muy equitativa ¡Muy equitativa! De hecho, a mí me toca ir a torneos escolares muy frecuentemente, y yo veo cómo entre los 10, 12 años, muchas veces, si es que no siempre, las niñas ganan. Hay un par de niñas de 10, 12 años en Chile que son buenísimas. Pero en algún momento pasa algo —que no sé qué es— que hace que muchas veces las niñas dejen de competir. De hecho, hace poco estuve en un torneo sub-18 donde no había niñas o mujeres. ¿Qué pasa? No tengo idea. Lo que sí creo, como les decía primero, que es un problema. Hay que tratar de entender por qué se produce el problema, porque tomar medidas para resolver un problema suele ser más efectivo si uno entiende las causas. Obviamente, con esto no quiero decir que no se deba hacer nada hasta que no conozcamos las causas, porque uno va comprendiendo las causas en la medida en que uno hace cosas para solventar el problema. Si hace algo que no funciona, bueno, después intenta otra cosa. Pero, sí hay que tener la suficiente claridad para saber qué es lo que está funcionando, qué es lo que no. A veces hay distintos tipos de agendas que no tienen la claridad suficiente respecto a eso.

Ahora, lo que sí también creo que puedo decir, que es importante, es que, aunque se da esa situación que usted acaba de mencionar, el panorama ha cambiado mucho para mí. Cuando yo entré a estudiar filosofía —tengo la suficiente cantidad de años como para poder hacer un contraste— hace más de 20 años estudié en una facultad en la que había una sola profesora; había menos mujeres que las que hay hoy en filosofía aquí, y en general en el medio. Lo cual, supongo, quiere decir que algunas de las políticas que se han estado tomando han tenido un efecto positivo. Entonces, supongo yo que, más allá de cuál sea la causa de por qué ocurre eso, sí es un fenómeno que está cambiando. Probablemente, como se trata de algún tipo de fenómeno de difícil comprensión y cuyas causas son muy profundas, el cambio va a ser lento. Pero eso no significa que tengamos que dejar de insistir. Porque evidentemente, como decía anteriormente, creo que estamos todos de acuerdo, en que hay un problema. Pero es difícil saber cuáles son las causas. Es muy difícil. Obviamente, creo que hay ciertas cosas que uno intuitivamente podría decir que tienen cierta significación, aunque no sé si sean la causa o una de las causas, pero en cualquier caso son significativas. Por ejemplo, aunque esto está cambiando, la existencia de modelos, en alguna medida, también ayuda a que el cambio vaya profundizándose. Pero, para las mujeres de hace 20 años atrás, y para qué decir las de antes, probablemente era mucho más difícil insertarse en un mundo en el que todas las personas eran en algún sentido completamente distintas a ti, y eso es muy importante.

Como les mencioné anteriormente, yo tengo una hija chica y es lo primero que se da cuenta inmediatamente cuando va a un lugar en el que solo es de la ausencia de mujeres; se dice “¿Y por qué no hay una mujer? ¿Por qué solo hay jugadores varones? ¿Por qué hay solo profesores varones?”, es una cosa que le llama inmediatamente la atención. No sé si ese es el caso de todas las mujeres, pero evidentemente hay una cantidad significativa de mujeres y de niñas para las que eso genera un impacto. Y evidentemente el mensaje que hay implícito tras la ausencia de personas como yo es “esto no es para mí”. Entonces, yo creo que la presencia de modelos es relevante y en eso me parece que las políticas que coadyuven a que existan esos modelos son importantes.

Kuminak Lefio

¿Qué creería que son los mejores siguientes pasos al tomar esta situación e intentar mejorarla? ¿Cree que agregaría algo más? ¿Qué se le ocurre además de buscar dar modelos a las estudiantes de filosofía y tal vez resaltarlos en la filosofía?

 

Luis Placencia

Sí. Creo que hoy en día uno de los problemas es que, en general, empezamos a replicar dentro de la filosofía una especie de esquema: ocurre cuando la filosofía se percibe como algo exclusivamente masculino —y lo mismo pasa, por ejemplo, en la ingeniería—, y entonces surgen subdisciplinas consideradas “para mujeres”. Eso es lo que veo que está ocurriendo; puedo estar equivocado. Entonces, determinados asuntos, son asuntos que tratan las colegas y hay otros asuntos que tratan los colegas, y creo que eso no está bien. Lo que deberíamos tratar de hacer es de generar incentivos, no sé cuáles, pero generarlos para que eso deje de ser así. Entiendo que, por ejemplo, en las ingenierías ocurre otro tanto. En las ingenierías ocurre que una cantidad mayor de mujeres va o a la biotecnología o a la ingeniería industrial. Pero en la ingeniería, por ejemplo, eléctrica, matemática o química, en cambio, se empieza a replicar el fenómeno de que quienes las estudian son, en su mayoría, hombres.

Kuminak Lefio

Eso haría que la estadística en general se viese como que se está más equiparado la situación pero en realidad…

Luis Placencia

Es que en algún sentido lo está, digamos. Pero, se vuelve a generar esta especie de fenómeno de separación —o de sesgo de género— en determinadas subdisciplinas. Y obviamente una manera que puede tener uno de reaccionar ante eso es la misma manera como se reaccionaba hace 20 o 30 años atrás en relación a la filosofía, es decir: “que en realidad es una cosa de interés, dejemos que cada cual haga lo que quiera”. Pero, verlo así, evidentemente implica soslayar el hecho de que los intereses también están, por ejemplo, vinculados a modelos. El hecho de que las personas sienten, en el fondo, que un lugar no les pertenece, es en la medida en que hay un modelo único que seguir.

Es muy importante tratar de diversificar o tratar de hacer que esta especie de “generación de compartimientos estancos”, en el ámbito de la filosofía, deje de ocurrir. Ahí me parece que hay un punto importante, y las colegas también tienen una tarea relevante que hacer, porque hay ciertas subdisciplinas en las que obviamente es tentador involucrarse, porque hay un punto de partida que evidentemente los varones no tienen: “la experiencia”. Es decir, evidentemente, ser mujer —así como ser varón también, pero en este caso estamos hablando de ser mujer— provee una cantidad de experiencias que no son transmisibles de manera discursiva. Por decirlo así, hay un saber, que está constituido a partir de las propias vivencias. Pero, por otro lado, también es cierto que es relevante, por las razones que fueron mencionadas previamente, que las colegas también adquieran una relevancia significativa en otros ámbitos. Y ya lo han hecho algunas en algunos contextos. Pienso en Ruth Barcan Marcus; es difícil encontrar una persona de la relevancia de ella en la historia de la lógica del siglo XX. Entonces, ahí yo creo que hay una tarea también por hacer.

Kuminak Lefio

Conversando con compañeros, existen perspectivas bien variadas en torno a qué lugar ocupa la filosofía en la vida de las personas que se dedican a ella. En un extremo, hay quienes —en un esfuerzo de dividir la vida laboral y la vida personal— tienden a ver a la filosofía completamente como su vida profesional. En ese sentido, los aspectos de su vida diaria o personal son separados de su vida laboral, y en este segundo aspecto sitúan a la filosofía. Por otro lado, hay gente que —en el otro extremo, completamente contrario— les parece aquello imposible. La filosofía, en el fondo, invade y llena cada elemento de sus vidas diarias. En ejemplos extremos, hay gente que dice que “su relación con los autores es prácticamente igual de importante a la relación con su pareja”[5]. Me gustaría saber su perspectiva al respecto de su relación con la filosofía. Dentro de estas caracterizaciones, ¿Dónde cree que se encuentra usted? ¿Qué relación cree que tiene la filosofía con su vida diaria?

Luis Placencia

Entonces, no creo que haya una sola manera de relacionarse con la filosofía que sea razonable. Entre otras cosas también porque las circunstancias son muy distintas. Creo que cuando uno es estudiante, por ejemplo, es muy positivo tener una especie de relación muy profunda con el asunto —entre otras cosas por las razones que ya mencioné— pero cuando uno es más grande, las cosas cambian. Imagínese usted que cuando uno está a cargo —por ejemplo— de otros seres humanos y no solo de sí mismo la situación es muy distinta. Yo creo que es un error categorial pensar que unas ideas son más importantes que los seres humanos más próximos y amados. Es decir, yo no puedo comparar a mi hija con Kant. No solo porque pienso que mi hija es más importante, sino porque esos dos ítems pertenecen a órdenes completamente diferentes. Es como comparar a Colo Colo[7] con mi hija o a Colo Colo con Kant.

Pero sí, creo que en general de joven es muy positivo tener una relación en la que uno le da tanto cuanto pueda a la filosofía. Porque primero es una ocupación muy peculiar. Segundo es una ocupación en la que normalmente tiene sentido ingresar o dedicarse a ella porque a uno realmente le apasiona. Porque si es por ganar dinero o escalar en la cadena trófica social, no es el lugar; para eso hay que ir a otra carrera.

Entonces, si es así, es bueno dedicarle mucho tiempo y tratar de involucrarse. Pasa también que las situaciones cambian. A veces también ocurre que uno está en contextos —por ejemplo— laborales que no son tan favorables. Entonces, en ese sentido, esa es una situación en la que se torna muy positivo hacer una especie de corte entre la vida privada y la profesional.

En suma, no creo que haya una sola manera. Depende siempre de quién es uno, en qué contexto está, cuáles son las circunstancias y en qué fase de su vida está. No hay receta en esto.

Kuminak Lefio

Me interesa hacerle una pregunta teórica, pasando a un punto más complejo tal vez; más filosófico. Cuando investigamos problemas filosóficos, como hemos venido mencionando antes, ¿Cómo podemos distinguir una genuina aporía, una situación realmente paradójica, que se arraiga en algún elemento fundamental de nuestra condición humana y sus limitaciones, de algo que sea meramente una disonancia cognitiva, que se nos presenta en la experiencia como algo aporético, pero que realmente no lo es? Y, en la filosofía, ¿Llegamos a conocer definitivamente cuáles son estas aporías reales? ¿O es un error también pensar esta diferenciación?

Luis Placencia

Creo que hay una inquietud muy profunda tras la pregunta: que es que no todo lo que parece ser un problema filosófico, lo es. Y la pregunta es profunda porque además considera uno de los rasgos formales que nos permite distinguir un problema filosófico de algo que no es un problema filosófico, que es justamente el carácter aporético del problema. Muchas veces tenemos un indicio de eso a partir de una paradoja, o de una situación paradojal. Es decir, del hecho de que tengamos muy buenas razones para sostener dos tesis que son incompatibles no se sigue que la paradoja no presente un problema meramente aparente, o sea un pseuproblema. Creo que eso efectivamente puede ocurrir, y de hecho hay ejemplos de eso.

Ahora, creo que en ese sentido la historia de la filosofía sí provee un insumo que es muy interesante. Porque de alguna manera nos provee o nos da cierta información relativa a —por ejemplo— aporías o problemas que son relativamente permanentes. Hay ciertos problemas de la historia de la filosofía que parece ser que son recurrentes, para no decir permanentes. Es decir, que, cada cierto tiempo, surgen. Mencionábamos anteriormente el problema del tiempo, y un ejemplo era Agustín de la antigüedad tardía, hace muchísimos años. Pero, nadie diría que el problema acerca de la cuestión de la naturaleza del tiempo está resuelto.

Por supuesto tenemos una cantidad de información de la cual Agustín no disponía. No había el desarrollo de la física que hay hoy en la época de Agustín. Pero eso hace que el problema, lejos de estar resuelto, sea más difícil de resolver, porque lo que dice la física sobre el tiempo, no se relaciona de manera tan directa y evidente con lo que las personas piensan comúnmente que es el tiempo. Y creo que quienes sostienen que uno simplemente tiene que darle razón a la física, están operando a partir de un prejuicio filosófico. No digo que sea falsa esa tesis. Puede ser verdadera. Yo tiendo a pensar que no lo es —pero esa es una opinión mía, podemos hablar después de eso. En cualquier caso, esa es una tesis filosófica que requiere algún tipo de acreditación o de argumento. No es evidente que la visión científica del mundo —si es que la hay— tenga que tener algún tipo de prioridad —salvo en el ámbito de la ciencia— sobre la visión de los seres humanos comunes y corrientes, que en algún sentido tienen una cierta idea compartida de lo que es el tiempo y que es distante de la idea que sostiene la física. A lo mejor con el tiempo se van a aproximar ambas visiones, eso es una posibilidad, pero hasta el momento es distante.

Entonces, lo que yo diría es que ahí tiene uno un criterio —no una regla que permite discernir de manera perfecta, pero sí un criterio— que le permite a uno reflexionar sobre el carácter genuino o aparente de una paradoja. Y yo creo que esa es una de las razones por las cuales, de hecho, la filosofía se ocupa con su propia historia, porque la historia en ese sentido sirve como una especie de método de control de la propia reflexión.

  1. Reflexiones sobre la interdisciplinariedad

Kuminak Lefio

En su experiencia como profesor, ya no solo a estudiantes de filosofía, sino también a estudiantes, por ejemplo, de derecho, también nos interesaba mucho preguntarle si cree que el pensamiento y la enseñanza filosófica tienen un impacto real en la formación y desempeño de otros estudiantes y profesionales de otras disciplinas, o si acaso en ellos la filosofía no llega a permear de la forma que uno tal vez quisiera.

Luis Placencia

Es difícil para mí responder esa pregunta porque supone varias cosas. Supone, por ejemplo, una distancia de mi parte, con lo que yo mismo realizo que no sé si tengo. Espero tenerla, pero no sé si la tengo. Por eso tengo que ser honesto. Evidentemente todos nosotros tendemos a pensar que lo que hacemos es importante. Y cuando pensamos que no lo es, eso nos genera un problema. Podríamos incluso llegar a decir que es un problema existencial.

Entonces, tengo el sesgo de pensar que lo que hago es importante y trato de hacer también las cosas que hago de manera tal que sean significativas para los estudiantes que les toca estar conmigo.  Ahora, eso por una parte hace difícil responder la pregunta, y por otra parte es difícil responder la pregunta también porque yo no tengo los estándares de un abogado. De manera tal que me es difícil saber si para la formación de un abogado es relevante lo que nosotros hacemos.

Lo que sí tengo son reflexiones de colegas que sí son abogados que van en esa dirección. Hay un excelente libro —que creo haberles mencionado alguna vez en otro contexto— del profesor Rodrigo Valenzuela Cori, que es un importante abogado chileno que hasta hace poco enseñó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. El profesor Valenzuela sostiene en ese libro una cosa que creo que tiene mucho sentido —y la dice él como abogado, no yo como filósofo— que en general la enseñanza del derecho en Chile está excesivamente concentrada en el aprendizaje de códigos y doctrinas, entrenándose muy poco las capacidades hermenéuticas de los estudiantes. Estas capacidades son relevantes porque lo propio del derecho —piensa él y creo que tiene razón— en lo que se refiere a su ejercicio, es justamente el contexto adversarial. Dicho de otra manera, los abogados son personas que se desempeñan en conflictos. El derecho es un modo de resolver conflictos a partir de ciertas reglas dadas que son asumidas como válidas para las partes, y a las cuales las partes se atienen para la resolución de ese conflicto. Pero fíjense ustedes que eso significa entonces que el mero conocimiento de las reglas y de la interpretación de las mismas no puede servir para resolver el conflicto. Porque si así fuese, o bien no habría conflicto, porque una de las partes se daría cuenta de que no tiene la razón, evidentemente, y simplemente no aspiraría a nada, o bien la resolución sería simplemente algorítmica —usted toma el conflicto, ve la regla, resuelve el problema.

Entonces, ¿qué es lo que hace un buen abogado? Él es capaz de interpretar la regla de manera tal que esa regla, en algún sentido, recoja los intereses de su parte. Y eso es lo que un buen abogado siempre tiene que poder hacer, lo cual obviamente supone que el conflicto se genere en un escenario —fundamentalmente el tipo de conflicto que es más interesante para un abogado— en el cual las reglas pueden, en alguna medida, adaptarse al interés de las partes. Pero eso supone una cierta capacidad de interpretación de las reglas que no viene dada con el mero aprendizaje de las mismas y de la doctrina.  Por supuesto es muy importante esto último —sin eso no hay nada. El aprendizaje de las reglas y de la doctrina es el suelo que permite la resolución del conflicto justamente de un modo que no es el de la violencia, el del mero ejercicio del poder o el de la corrupción, que es el tipo de mecanismo que se supone soslaya o evita el derecho. De alguna manera lo que buscan los abogados es que los conflictos no se resuelvan de esa manera —por ¿Quién es más fuerte? ¿Quién tiene más plata? ¿Quién tiene más influencia? ¿Quién es más poderoso en la escala social? o ¿Quién tiene más gente a su lado? — sino que sobre la base de un conjunto de reglas, que además tienen origen legítimo y que surgen del poder delegado del pueblo a los representantes.

Ahora, los conflictos se generan, como decía anteriormente, ahí donde las reglas son susceptibles de interpretación, entonces es muy importante que los aprendan a interpretar. Creo que en ese sentido la filosofía sí puede ser importante para ellos —que es básicamente lo que dice Valenzuela. Pero no sólo la filosofía, también el arte, por ejemplo. Si hay un lugar en el que la hermenéutica o el ejercicio interpretativo se ejerce como en ningún otro contexto, es en el arte. El arte es un ámbito en el cual, por un lado, hay una gran libertad interpretativa, pero parece ser que esa libertad no es carente de límite. Ahora, los límites son difusos, son mucho más difusos que en otros ámbitos.

Entonces, el mismo Valenzuela plantea el arte justamente como un caso también relevante. Por algo también a la filosofía hermenéutica —piénsese en Gadamer— le interesó muchísimo el arte, como prácticamente a ninguna otra forma de filosofía. El arte es el reino de la interpretación.

Kuminak Lefio

Tal vez ahora siguiendo esta idea, pero desde una perspectiva un poco más general, quisiera preguntarle, ¿cree que todos pueden comprender y sacarle provecho a la filosofía, cuando han intentado atenderla? ¿O es una posibilidad que solo está limitada a algunas personas? Y también, por ende, ¿Tiene sentido como una regla general fomentar el pensamiento filosófico en otras personas y en otras disciplinas, o es una cosa más bien de casos particulares donde cumple rédito o se le saca provecho? ¿Qué piensa usted al respecto?

Luis Placencia

Lo que pasa es que, planteado en ese nivel de generalidad, evidentemente tendría que inclinarme con la segunda opción, pero en un sentido muy amplio. Es decir, evidentemente la filosofía no puede ser significativa para todos los seres humanos en todo contexto. Por ejemplo, para un niño de un año, no puede tener ningún tipo de significación —básicamente porque no está en condiciones de cumplir con una serie de requisitos, pero que por otro lado son muy elementales. Los requisitos que se deben cumplir para que la filosofía pueda tener algún tipo de significación o de relevancia son menores que los requisitos que se tienen que cumplir para que la astrofísica, por ejemplo, tenga algún tipo de significación.

O la econometría. La econometría a la mayor parte de los seres humanos les interesa muy poco. En cambio, las preguntas de naturaleza filosófica probablemente les interesan a más seres humanos que las preguntas económicas. Esto no quiere decir que la filosofía sea más importante que la econometría. Depende acerca de qué estamos hablando, por ejemplo, si se trata de fenómenos como “calcular el costo de un crédito”, me imagino que ahí la filosofía deja de ser tan importante; su importancia tiende a cero en esos contextos.  Pero en los contextos apropiados, me parece que la filosofía puede ser muy significativa para muchos seres humanos. Y probablemente puede ser muy significativa, o más significativa, para una serie de disciplinas muy especializadas —eso creo que sí es así.

Esto no quita que se requieran ciertas condiciones de base. El dominio del lenguaje, la capacidad para leer textos y una cierta disposición reflexiva son probablemente indispensables, ya que con alguien que simplemente está obstinado en defender una cierta idea de las cosas no se puede filosofar. Es algo sobre lo que Platón ya reflexionó largamente, a su manera, en los Diálogos. En varios Diálogos, Sócrates dice: “Con este no se puede conversar”. Obviamente esas condiciones se requieren. Asimismo, se requiere estar interesado en descubrir la verdad y compartir una serie de premisas sumamente elementales respecto de la racionalidad humana. Por ejemplo, el principio de contradicción o la idea de que la racionalidad humana nos permite, a partir de una conversación, ponernos de acuerdo en ciertas cosas.

Dadas esas condiciones básicas —y algunas otras más— la filosofía es significativa para personas que no estudian la carrera —el fondo de la pregunta probablemente es ese— o para personas que no van a estudiar filosofía. Es decir, para personas que digamos están en el colegio, universidades, etc. De hecho, creo que eso que yo llamaría filosofía, en esos contextos, es lo que a veces se confunde con lo que hoy por hoy se llama “pensamiento crítico”, pero que es el menos crítico de todos los pensamientos. Lo que se entiende por pensamiento crítico es el aprendizaje de una serie de dogmas, que serían la crítica. Pero, no hay nada menos crítico que transformar la crítica en un conjunto de dogmas. Más bien la crítica consiste justamente en tratar de tener la menor cantidad de dogmas posible.

Y en ese sentido, creo que la filosofía entendida como “pensamiento crítico” en esa significación específica, es decir, el tipo de pensamiento que busca asumir la menor cantidad de dogmas posibles, y reflexionar desde ese punto de partida, por supuesto que puede ser significativa para seres humanos que no estudian filosofía y que no van a estudiar filosofía profesionalmente.

 

Kuminak Lefio

Deseaba llevar esta misma pregunta a una perspectiva más ética, en el aspecto de la posibilidad de la filosofía, ya no sólo que sea significativa, como usted lo mencionaba, sino que sea beneficiosa y que aporte a vivir una vida buena. Hay situaciones que ponen en duda esta idea, si es obvio que la filosofía sea siempre un bien. Por ejemplo, teniendo en cuenta casos de estudiantes que se enfrentan a diversos problemas de salud mental en el proceso de estudiar la carrera, o casos en los que las reflexiones filosóficas nos pueden llevar a crisis cognitivas de tal magnitud que nos incapaciten. Pensando en estos ejemplos u otros que a usted se le pueden ocurrir ¿Cree que la filosofía o el estudio de la misma son un bien en sí mismo? ¿Es un beneficio para todos los que deciden estudiarla? O, en cambio, ¿cree que hay contextos en que la filosofía puede volverse dañina o nociva? ¿O cree que en los ejemplos que le mencionaba no hay relación causal o una relación real entre ellos y la filosofía?

Luis Placencia

Yo veo una diferencia, por lo pronto, en tres niveles. Una cosa es la filosofía o la filosofía propiamente tal, otra cosa es el estudio de la filosofía y otra es la carrera de filosofía y el estudio de la filosofía en la carrera de filosofía. Son tres cosas distintas. Hay formas de hacer la carrera de filosofía que yo pienso que son profundamente antifilosóficas, en el segundo sentido del término. Y la tarea de los que estamos enseñando filosofía, en la carrera de filosofía, es que esas dos cosas se acerquen, tanto cuanto se pueda. Por supuesto, ahí nos topamos con una serie de dificultades muy serias, como que las ideas que hay de lo que sería la filosofía son muy distintas. Hay colegas que simplemente piensan que hacer filosofía es hacer lo que hacen los filósofos profesionales y tratar de surfear esa ola.. A mí eso no me parece, no estoy de acuerdo con eso, pero entiendo que hay colegas que tienen esa idea y que son muy capaces, son personas excelentes en muchos sentidos, en tanto especialistas —por ejemplo— y como filósofos también, en alguna medida… para qué decir como profesionales. Sin embargo, no la comparto.

En cualquier caso, creo que —en parte por eso y por otras razones— es relevante hacer esa distinción. La carrera de filosofía no enseña a ser filósofo. Tampoco enseña filosofía. En el mejor de los casos, enseña a filosofar. Y creo que muchas veces no lo logra.

Entonces, si uno toma la filosofía como esta especie de ejercicio de autoesclarecimiento realizado a partir de un punto de arranque que es máximamente distante de dogmas, me parece que la filosofía —entendida así— es probablemente una tarea que es positiva, si no para todos los seres humanos, para una cantidad muy grande de ellos. Creo que todos nosotros en alguna medida requerimos de entender en algún nivel qué es lo que somos, por qué hacemos lo que hacemos, por qué nuestra vida es como es, por qué le damos significación a las cosas que le damos significación, por qué hay otras cosas que nos parecen irrelevantes, por qué nos hemos equivocado respecto de cosas que nos han parecido relevantes  —que en realidad a lo mejor no lo son—, por qué otros le dan relevancia a cosas que nosotros mismos no le damos relevancia, y así. Ese es un tipo de ejercicio que es muy importante para la vida humana en términos generales, y que, realizado de un cierto modo, es un ejercicio que llamaría filosófico. Es decir, ejercido a partir de ciertas concepciones racionales.

Ahora, no estoy seguro de si el ejercicio profesional necesariamente es positivo para todo el mundo, porque lo que hace el ejercicio profesional de ese tipo —el ejercicio profesional de la persecución de ese tipo de preguntas— es algo así como maximizar la tendencia, llevarla a otro nivel, transformarla en una especie de ocupación —llamémoslo así— científica, rigurosa, etc. Y eso no sé si en general es bueno para todo el mundo. De hecho, es más, no estoy seguro de si es bueno incluso para los que nos dedicamos a eso. Pero, probablemente si lo hiciese todo el mundo, la sociedad colapsaría —no tendríamos disponible una cantidad de bienes que necesitamos mucho más para la vida cotidiana que este tipo de reflexión. Entonces, ahí distinguiría entre esos dos niveles.

Y la carrera de filosofía —por supuesto— puede ser terrible para mucha gente. Creo que uno no debería andar por el mundo entusiasmando a la gente que estudie la carrera de filosofía, sino que más bien dejar que llegue aquí la gente que está muy convencida de algo así. Esto no lo digo porque la carrera sea terrible, sino porque si uno realmente no tiene una inclinación y un interés muy fuerte por esto, puede ser una cosa muy desagradable. Con el agravante, de que tiene un “premio” que es muy reducido. En las Facultades de Derecho un montón de gente — estimo que un tercio de los estudiantes que ingresan cada año— son estudiantes que en realidad no tienen un interés muy marcado por ese tipo de carrera, como por la justicia o por los códigos, o por lo que sea. Simplemente descubren que es lo que se les da más fácilmente y dentro de lo que se les da más fácilmente les permite vivir de un modo que ellos consideran cercano —o que satisface— ciertos estándares. Eso en la filosofía es más difícil, y no hay razones para pensar que vaya a dejar de serlo. Lo cual no significa que uno estudiando filosofía vaya a vivir mal. Significa simplemente que el esfuerzo que hay que hacer para lograr vivir de esto es significativo y es mucho más significativo que el que hay que hacer en otros ámbitos. Y a veces, haciendo unos esfuerzos enormes, muy significativos, uno recibe un “premio” que es menor al que recibe haciendo un esfuerzo similar en otro contexto. Y “premio” no quiere decir solamente aquí el dinero que uno gana, también el reconocimiento, el prestigio social, etc.

Si uno está dispuesto a correr todos estos riesgos porque tiene un amor por las preguntas filosóficas y las discusiones en torno a ese tipo de asuntos, y por la escritura o la lectura o ambas cosas, puede ser muy positivo estudiar filosofía. Si no es ese el caso, lo desaconsejaría —sin duda.

  1. La Filosofía y las nuevas tecnologías

Kuminak Lefio

Llegando al último eslabón de nuestra entrevista, nos gustaría partir preguntándole ¿Usted cree que la filosofía requiere de la tecnología para desarrollarse? En su opinión, ¿A medida que se desarrollan diferentes tecnologías, la filosofía se estudia siempre un poco “a la antigua” o se mueve con los nuevos desarrollos?

Luis Placencia

Por la razón mencionada anteriormente, es decir, aquellas que indican que la filosofía se da a sí misma o tiene que buscar desde sí misma sus métodos, en principio, no hay una dependencia esencial como la que podría haber entre la química y las nuevas tecnologías. Las ciencias que trabajan con métodos que van “evolucionando”, evidentemente se van enriqueciendo a partir del desarrollo tecnológico.

En la filosofía es distinto, porque nosotros no tenemos una especie de método que se vaya enriqueciendo a partir del desarrollo tecnológico. Lo cual no quiere decir que la tecnología sea irrelevante para nosotros desde todo punto de vista. Es decir, no veo nada negativo, y se me ocurren cosas positivas que podrían tener lugar empleando la tecnología, pero no creo que sea esencial. Más bien, no me situaría en la posición de que el método de la filosofía es el mismo de hace 2.000 años atrás o 2.500 años atrás, en ningún caso. Tampoco me situaría entre quienes estiman que es una especie de imperativo el emplear nuevas tecnologías. No veo por qué. Al revés, me parece que eso da lugar a tendencias perniciosas.

Un ejemplo que puedo poner es esto, no tiene que ver con el empleo de tecnología en el método filosófico, pero sí en la exposición, y eso revierte, por lo menos, en el método de enseñanza. Hoy por hoy es muy común sostener que una buena clase debe emplear ciertos métodos o ciertos recursos electrónicos o digitales, como por ejemplo una exposición en PowerPoint. Creo que una exposición en PowerPoint puede ser muy útil, bajo ciertas circunstancias, y puede ser tremendamente perniciosa, bajo otras. Si lo que yo quiero es conversar con usted y tener un diálogo sobre la base de un texto, el PowerPoint puede ser terrible. Porque de antemano ya le estoy diciendo a usted lo que yo creo que es importante. Cuando la idea, en realidad, es la inversa: que usted, a partir de su propia reflexión, sea capaz de descubrir cuáles son los aspectos relevantes, o eventualmente descubra aspectos que son relevantes que no estaban anticipados en la preparación de la sesión.

Imagínese una conversación donde llego con un PowerPoint, y digo mis puntos son este, este y el otro. Esa es una conversación imposible, tiránica. Entonces es curioso, pero se toma como una especie de rasgo de horizontalidad, lo que en realidad es todo lo contrario: No hay verticalidad mayor que esa. Para una clase expositiva, un PowerPoint puede ser muy útil porque básicamente sirve para destacar aquellos aspectos que el expositor quiere que el auditor comprenda como esenciales, pero para una clase dialógica —para un seminario— el PowerPoint puede —no digo que lo sea— pero puede ser fatal.

Esa es la impresión que yo tengo al menos. Ha sido un ejemplo, y esta tecnología en realidad no tiene nada de nuevo, es muy antigua, pero creo que uno puede hacer extensivo esta consideración con una serie de otros ejemplos.

Kuminak Lefio

De hecho nos gustaría llevar la discusión a nuestro contexto más actual. En el cual cada vez se hacen más presentes las herramientas de inteligencia artificial en nuestra práctica filosófica. Tanto en el estudio como en la investigación. Al mismo tiempo estas herramientas mejoran su efectividad y se vuelven cada vez más indistinguibles del trabajo hecho sin inteligencia artificial. A propósito, vale la pena hacer el disclaimer de que estas preguntas de la entrevista fueron hechas sin inteligencia artificial.

Profesor Luis Placencia

Y yo tampoco estoy respondiendo con uso de IA.

Kuminak Lefio

Acerca de este tema, me gustaría preguntarle ¿Cómo cree que el uso de la inteligencia artificial afecta a la adquisición de pensamiento filosófico en el estudio y la investigación? Y ¿A qué efectos positivos y negativos cree que hay que prestarle atención con respecto a esta nueva tecnología?

Luis Placencia

No tengo cómo saber todavía cómo afecta directamente porque es algo muy nuevo, pero hay ciertas ideas que puedo tener como hipótesis, y que creo que son hipótesis bien fundadas. Tengo la impresión de que si la inteligencia artificial se torna una especie de herramienta empleada masivamente para sustituir ciertas tareas que son esenciales para el desarrollo de la capacidad de reflexionar filosóficamente, el efecto que va a tener es muy pernicioso. Porque, por supuesto, es muy útil tener instrumentos que permitan descargarnos de ciertas tareas que pueden ser tediosas. Es muy útil, por ejemplo, tener un instrumento que nos permite corregir rápidamente la ortografía de un texto, pero eso no sustituye la tarea de comprensión y de conocimiento del idioma que implica el aprendizaje de la ortografía.

Entonces, creo que como instrumentos de suyo, como todos los instrumentos, no son ni negativos ni positivos. Todo depende del uso que hagamos de ellos. Si hacemos de ellos un uso que implique que vamos a perder ciertas habilidades —que el desarrollo de la historia humana nos ha mostrado que son relevantes— me parece que puede ser negativo. Por ejemplo, el aprendizaje de idiomas. Si alguien cree que la inteligencia artificial puede sustituir el aprendizaje del idioma por uno mismo, me parece que está equivocado. Puede ser un instrumento muy útil, pero ¿cómo uno va a discernir si es que el instrumento está ejerciendo bien la tarea o no si uno mismo no conoce de alguna manera la lengua? No se puede. Por supuesto, es maravilloso poder hacerse una idea de lo que dice un texto escrito en macedonio, porque ni yo probablemente, ni ustedes tampoco, nos vamos a dar la tarea de aprender macedonio para leer un texto, pero es importante tener las capacidades que permitan discernir entre lo que significa hacerse una idea muy general de lo que dice un texto y haberlo leído en serio: Para leerlo en serio, uno lo que tiene que hacer es conocer la lengua.

Entonces, si la inteligencia artificial se va a transformar en una especie de instrumento que nos va a hacer pensar que esas habilidades son soslayables, como se quejan algunas personas que ha ocurrido con ciertas formas de la calculadora… La calculadora es fantástica, pero uno tiene que también ser capaz de hacer el cálculo por sí mismo. De lo contrario se pueden producir problemas muy serios. Es decir, uno tiene que ser capaz de entender los procesos que eventualmente son sustituidos por la máquina. Porque, de lo contrario, vamos no solo a depender de manera completamente excesiva de las máquinas, sino que en alguna medida vamos a ser incapaces de corregir nuestros errores. Las máquinas también pueden errar. Hay ciertas operaciones matemáticas que una calculadora de ordenador, por de pronto, las hace mal. Por ejemplo, las reglas del paréntesis; algunas calculadoras de móvil no las logran aplicar o no las aplican adecuadamente.

Entonces, me parece que requerimos de no perder al menos ciertas habilidades. Con esto no quiero decir que todas las habilidades sean relevantes, pero tengo la impresión de que además no estamos en condiciones de discriminar con tanta facilidad cuáles son las habilidades que son relevantes y cuáles no. Recién el paso del tiempo nos va enseñando cuáles son esas habilidades relevantes. Probablemente el hecho de que haya algunas que hayan permanecido —siendo enseñadas, etc.— durante siglos es una muestra de su relevancia. Como, por ejemplo, escribir a mano. La cantidad de evidencia que hay ahora de que la escritura a mano maximiza la comprensión, frente a la escritura en teclado, es muy grande. Pero eso es una habilidad que se está perdiendo. Si perdemos eso, vamos a perder una cosa, en mi opinión, valiosa, cuyo valor incluso probablemente no hemos terminado de comprender.

Es lo que ha pasado también con la memoria. Durante décadas hemos sido entrenados en la idea de que el aprendizaje y el entrenamiento de la memoria era una cosa simplemente tonta, que eso podía ser sustituido por las máquinas. Es cierto, es muy valioso poder sustituir ciertos aspectos de la memoria por las máquinas, pero eso no implica que el ejercicio y el entrenamiento de la memoria por nuestra parte sea irrelevante; un ser humano sin memoria es un tonto.

Kuminak Lefio

Una pregunta tal vez un poco más entretenida. ¿Cómo habría cambiado su valorización o su disposición frente a la entrevista —y a esta conversación que hemos estado teniendo hasta ahora— si hubiese estado escrita con IA?

Luis Placencia

¿Usted dice las preguntas?

Kuminak Lefio

Si, las preguntas, no las respuestas.

Profesor Luis Placencia

Bueno, depende, porque, por de pronto ustedes están aquí de cuerpo presente, de manera tal que no tengo solo unas preguntas, sino que tengo a otras personas que —a veces sobre la base de lo que digo— reaccionan espontáneamente, me preguntan, etc. Además, los estoy observando a ustedes; eso tiene unos efectos que son muy significativos, propios de la conversación cara a cara.

Y además, en ese caso tendría que suponer que aunque ustedes hayan formulado o hubiesen formulado las preguntas así, en alguna medida las controlaron. Creo que no hay nada problemático en —por ejemplo— hacer un cuestionario de esa manera. Uno tiene que controlar si eso está bien hecho o está mal hecho, entre otras cosas. Y para eso uno tiene que tener habilidad; si uno no tiene la habilidad no puede controlar nada.

En cualquier caso, si eso hubiese sido así, me hubiese parecido preferible que ustedes hubiesen formulado las preguntas por ustedes mismos. Porque entiendo que la formulación de una lista de preguntas en alguna medida responde a una especie de idea de anticipación de lo que uno espera que sea una conversación. Y al menos, lo que la experiencia me indica, es que es mucho más interesante conversar con seres humanos que con Chat GPT. Más allá de que Chat GPT sea sorprendente y en muchas ocasiones parezca como si fuese un ser humano —todo eso es cierto, no lo niego—, hay algo acerca de la imprevisibilidad de la inteligencia humana, que probablemente la inteligencia artificial no tenga y sea muy difícil que alguna vez lo tenga —básicamente porque está muerta, no tiene intereses ni sentimientos. Más bien, aquí podría decir cosas que a ustedes los puede entusiasmar o herir o interesar, nada de eso es algo que puede tener lugar en el caso de una máquina.

Y eso vale también para el set inicial de preguntas. Yo supongo que el set inicial de preguntas —por ejemplo— está generado a partir de ciertos intereses, de una cierta visión del mundo, etc. que es algo muy difícil de esperar en una máquina.

De hecho, mis respuestas, por supuesto, en algún sentido suponen que yo anticipo en cierta medida cuáles son esos intereses y esa visión del mundo. Entre otras cosas porque también los conozco a ustedes. Entonces, no estoy en una situación en la que converso con dos perfectos desconocidos, sino con dos personas que sé en alguna medida quiénes son, qué es lo que piensan, por qué están haciendo esto. Y creo que toda esa información es muy significativa en un diálogo, en algún sentido lo orienta. Probablemente si yo hubiese sabido que esas preguntas están formuladas por una máquina, podría haber respondido o hubiese respondido de manera distinta. Incluso a lo mejor hasta con una chanza.

Kuminak Lefio

Me interesa hablar un poco más sobre sus prácticas más comunes o rutinarias en el estudio de la filosofía. ¿Cómo suele estudiar filosofía hoy en día? Y ¿Hay alguna herramienta digital o tecnológica que le gustaría que existiese para apoyar ese estudio de la filosofía pero que todavía no existe?

Luis Placencia

Mire, interesante. A mí me pasa en esto —probablemente porque soy un viejo en muchas otras cosas— que yo trato de depender lo menos de la tecnología, ya que a mí me tocó vivir el cambio. Yo empecé a estudiar filosofía en una época en que uno prácticamente no usaba instrumentos digitales; estaba el computador —ya existía— y uno escribía en el computador. Yo alcancé a escribir trabajos a máquina en el colegio. Y uno escribía a máquina —cuando tenía máquina—, a veces lo escribía a mano cuando era más chico. Pero alcancé a escribir muchas cosas a máquina de escribir.

Entonces, cuando llegó la revolución del Internet eso fue tremendo, porque empezaron a aparecer una cantidad de instrumentos que además cambiaron con el paso del tiempo de manera rapidísima. En un comienzo fueron fascinantes.

Cuando yo estudiaba, experimenté —imagínense ustedes— la dificultad de conseguir un paper: uno tenía que ir a la biblioteca y el paper debía de estar ahí. Tenía que estar en el papel, ahí. Si no estaba ahí, había unas pocas opciones. Existía JSTOR ya y esas cosas; había unas pocas bibliotecas digitales, pero uno tenía que estar suscrito; no había estas páginas que permitan el pirateo y eso. Entonces, conseguir un paper era una cosa tremenda. Yo tuve profesores que me trajeron un paper fotocopiado de viajes que hacían. Le pedía al profesor: “Por favor, fotocópieme este paper”. Y él iba, fotocopiaba el paper y me lo traía muy amablemente —algunos eran lo suficientemente amables como para hacer eso—, y cuando llegaba el paper era una cosa que uno estaba esperando desde hace meses. Entonces, no era como ahora que uno hace “clic” y descarga una cantidad de información impresionante. Me pasó que conocí eso.

También, conocí la Stanford encyclopedia of philosophy después de cuando empecé a estudiar —si existía antes, estaba en pañales y no era una cosa de uso recurrente—; conocí las bibliotecas digitales; conocí Zotero, que era una cosa extraordinaria, lo usé muchísimo tiempo; conocí todos los dispositivos o programas de escritura que son extraordinarios — Scrivener, por ejemplo, que es una maravilla.

Entonces, pasó que yo mismo noté que mi propia manera de estudiar empezó a cambiar mucho y empecé a perder cosas que tenía antes y que creo que eran más valiosas: Que era simplemente estar sentado con el libro durante muchas horas sin distraerme con nada más. Entonces, el esfuerzo que he estado más bien intentando hacer es el esfuerzo inverso, el esfuerzo de —a lo mejor es un error, pero ustedes ven que yo tengo fichitas de papel en mi oficina, y en mi casa tengo miles— que es el ejercicio simplemente de sentarse con el libro, escribir a mano y tomar apuntes en fichas como esas, que son básicamente un papel A4 partido en dos, y que corto con una regla. Y eso me sirve. Es cierto que a veces tiene un componente un poco desesperante, porque tengo que acordarme de dónde está la ficha que escribí, y cuándo la escribí. Tengo un montón de libretas también en la casa —como esta— que después tengo que sacar las hojas y ficharlas. Pero ¿sabe qué?, prefiero eso que ponerlo todo en un dispositivo digital donde después a veces ni siquiera me acuerdo qué escribí. Aunque, con las cosas que escribí en papel, me pasa también. A veces tengo que revisar mi ficha y cuando reviso la ficha me acuerdo, y a veces me acuerdo de que leí cosas que ya no me acordaba que había leído. Imagínese usted después de veintitantos años estudiando filosofía, pasa que uno no se acuerda de que leyó algo que en realidad había leído.

Entonces, en realidad, si usted me dijera qué quisiera yo que se desarrollara que no existe, le diría que no sé. Porque no he explorado, de hecho, lo que ya existe en su totalidad y no sé si alguien lo habrá hecho. La cantidad de cosas que hay es impresionante. Es muy fascinante. Y lo que hay, trato en alguna medida de no ser tan dependiente de ello. Ahora, lo que sí creo que sería muy deseable, pero no sé si depende del desarrollo de alguna herramienta tecnológica específica, sí creo que sería muy deseable el que dispusiésemos de un acceso más prístino y libre a la producción y el trabajo científico. En general, creo que todo lo que se pueda hacer en favor de la ciencia abierta y el desarrollo de plataformas de esa naturaleza —de software de esa naturaleza, software libre, etc.—, en general es muy positivo.

Por supuesto, no es agradable tener que depender de medios que son ilícitos para trabajar. En países como el nuestro, dependemos enormemente de eso. En otros países, donde la cantidad de recursos que hay es mucho mayor, no es así. Me gustaría mucho que pudiésemos disponer de bases de datos lo más centralizadas posible —creo que no las hay—, y que sean bases de datos que no sean ilegales, es decir, que uno acceda al trabajo de otros a través, ojalá, de una sola plataforma, y no tener que estar buscando en cuatro o cinco de ellas dónde puede estar el paper, y que además esa plataforma no esté desarrollada de manera ilícita. No porque tenga yo un problema con que sea ilícita esa plataforma, me parece que en realidad el problema es el sistema de reglas que ha incentivado que exista ese tipo de plataformas. Es decir, en realidad lo que hacen las editoriales es estafarnos a todos nosotros, porque, publican con cargo normalmente a proyectos que son financiados a partir de las rentas generales; trabajo que es hecho por otras personas; que es revisado por otras personas; y cobran una cantidad enorme a esas mismas personas para que lean esos trabajos. Entonces, eso es absurdo; no tiene ninguna lógica desde ningún punto de vista. El trabajo, en mi opinión, que hace la editorial es simplemente poner eso en un cierto medio en el que esté a disposición de todo el mundo. Eso es algo que puede hacer cualquier ser humano relativamente bien entrenado hoy por hoy, que esté —al menos— en el colegio.

Creo que eso es lo que yo esperaría, pero eso depende no de cambios tecnológicos sino de cambios legales. A lo mejor me falta imaginación, para pensar cosas. Pero es natural, porque crecí en un mundo en el que ninguno de estos dispositivos existía y lo curioso es que creo que podíamos estudiar bien. Si usted me apura, de hecho, en algún sentido podíamos estudiar mejor. Porque, ¿qué es lo que ha cambiado? Lo que ha cambiado hoy es que tenemos acceso a una cantidad enorme de información. Pero, por otro lado, es una cantidad de información que nunca vamos a poder procesar. Imagínese, que incluso con los libros de papel que ya tengo, y he comprado, tendría para leer toda mi vida. Y no me sentiría, por otro lado, feliz delegando la tarea de la lectura de eso en un resumen que me haga una máquina porque tengo la impresión que —al menos lo que a mí me interesa genuinamente— lo realmente valioso, es leer y entender eso, y que está dado por el proceso de lectura y de comprensión, no simplemente por el resumen de la información. Por supuesto es útil disponer de eso. Con esto no estoy, de nuevo, queriendo hacer una especie de discurso antitecnológico. Es útil tener un resumen; uno puede hacerse una idea más próxima y eventualmente descartar alguna lectura o favorecer otra. Ayuda en alguna medida en el mare magnum de la cantidad de material que hay el tener esa herramienta.

  1. El Futuro

 

Kuminak Lefio

Me pareció muy interesante y valiosa la respuesta respecto al acceso abierto y voy a seguir intentando un poco que aplique la imaginación para orientarse hacia el futuro. Me gustaría preguntarle cómo se imagina que será nuestro futuro en unos 50 años más. Y en concordancia con ello, más específicamente, ¿cómo cree que se estudiará y desarrollará la filosofía en 50 años más? ¿Cree que en ese futuro se seguirá haciendo filosofía o se imagina que podría cambiar tan radicalmente, por el acervo de estas nuevas tecnologías, que en su opinión dejase de poder considerarse filosofía? Entendiendo que la filosofía tiene una historia más larga en comparación con estos 50 años que le propongo, pero que también estamos experimentando como los cambios que experimentamos son cada vez más radicales.

Luis Placencia

A ver, imaginar el futuro en 50 años más depende del ámbito; hay ámbitos que me lo imagino y otros que no sé muy bien cómo van a ser. Tampoco tengo el conocimiento como para hacer ese tipo de ejercicios de imaginación. Tomo como ejercicio de imaginación en general estas anticipaciones que hacen lo que hoy día llaman futurólogos, es decir, no le asigno otro valor que no sea ese. Porque el ejercicio, digámoslo así, anticipativo ha existido siempre y siempre ha existido gente en ese ámbito que ha acertado y gente que se ha equivocado, desde Julio Verne, y probablemente de antes. Entonces, hoy día —justamente tomando en cuenta la cantidad de tecnologías nuevas y de conocimientos que ellas implican, el desarrollo de las mismas y comprenderlas— no estoy en condiciones de imaginar qué tecnologías se van a desarrollar, cuáles son las más próximas, etc. Simplemente tengo ahí conocimientos de segunda mano; cosas que dicen otros, que además no siempre son consistentemente entre sí.

Ahora, sobre la filosofía propiamente tal, tengo la impresión de que es difícil que la filosofía desaparezca del todo, digamos, en el sentido de que no reflexionemos más sobre nuestra propia naturaleza; sobre el mundo y nuestro entorno; sobre el modo en que nos relacionamos con él; sobre nuestro propio destino, etc. No creo que eso sea posible, y no creo que la tarea de la reflexión en general sea sustituible por insumos tecnológicos, porque en general, además, no es una tarea ni ancilar, ni mecánica. De hecho, es más bien el tipo de tarea que uno emprende cuando se libera de ese tipo de ejercicios; cuando uno ya cocinó; hizo el aseo; ordenó la pieza y se procuró algo para comer, recién ahí puede tener tiempo para este tipo de tareas. Entonces, no lo veo como algo que vaya a desaparecer de manera tan simple. A lo mejor va a cambiar el modo como se ejerce. De hecho, vemos que hay cosas que están cambiando, por ejemplo, el modo como se ejerce la divulgación filosófica, que evidentemente es muy distinto a cómo se hacía antes. Y en eso la tecnología sí ha incidido. Hoy en día hay una cantidad de divulgación de tipo audiovisual, que es enorme, y que por supuesto es muy distinta a la divulgación “antigua” —la divulgación se hace desde hace mucho tiempo. El famoso libro de Jaspers, por ejemplo, son programas de radio. La famosa disputa de Bertrand Russell con Copleston sobre la existencia de Dios, también fue un programa de radio. Entonces, divulgación, se ha hecho desde antaño, en distintos niveles y de distinta calidad, y hoy día evidentemente, por ejemplo, los medios audiovisuales —y para aquí decir, las plataformas de redes sociales; Instagram; esas cosas— sirven muchísimo. Hay gente que hace divulgación en ese plano, y la divulgación es muy importante, es crucial.

Hay gente que hace divulgación en ese plano y utiliza mucho esas plataformas, o los podcasts, etc. Yo creo que allí hay todo un mundo que probablemente va a cambiar mucho, por de pronto el primer acceso a la filosofía. Ocurría antiguamente que el primer acceso a la filosofía era dado por la compra de un libro en una cuneta —bueno, ese fue mi primer acceso a la filosofía—; un libro de dudosa procedencia; de dudosa calidad la traducción… uno leía eso.

Esto lo digo también porque hay mucha gente que se queja, que dicen “No, esto que dicen estos divulgadores es terrible”. Bueno, puede ser. Hay divulgadores de todo tipo, unos son mejores que otros, pero en cualquier caso hacen algo —¡Hacen algo!— que yo por de pronto no hago, y que muchas otras personas no hacen, que provoca que la gente eventualmente desarrolle interés en hacer filosofía. Entonces lo encuentro positivo, y ahí creo que ese primer acceso probablemente está cambiando mucho. Probablemente va a cambiar en el futuro. Me imagino que el nivel de diferenciación con el que se va a llegar al público va a ser mucho mayor. Y eso evidentemente va a preparar una dificultad para el ejercicio más genuino de la filosofía, porque intentar integrar todo ese “mundo de diferenciación” va a ser más difícil que lo que ya es hoy, que ya es sumamente difícil, en cualquier caso, mucho más difícil que lo que era en el siglo XIX, o en el siglo IV a.C. De manera tal que evidentemente eso va a generar un desafío enorme —que creo— hace que sea muy factible pensar que la filosofía como tal no necesariamente va a tender a desaparecer, sino que va a tender a tener más bien una mayor dificultad en el ejercicio de su tarea. De hecho en algún sentido —esto que les mencionaba— presenta ese tipo de dificultad: ¿Cómo alguien que se dedica a la filosofía, a la filosofía académica o lo que sea, integra el tipo de inquietudes que muchas veces se manifiestan a través de la divulgación, a través de medios audiovisuales? Que algunas de ellas son muy filosóficas, otras están a lo mejor más alejadas, pero tienen algún tipo de sustrato filosófico, y evidentemente eso genera una dificultad, pero a la vez un desafío para el ejercicio de la tarea de la filosofía académica.

Entonces, sí. Me imagino, por lo menos, un ejercicio mucho más diferenciado y localizado, por ejemplo, de la llegada de la filosofía en las formas más simples o más de divulgación al gran público. Es decir, si usted quiere, puesto de otra manera, a través de diferentes plataformas y de diferentes medios, va a dejar de existir, si es que ya no dejó de existir, eso que antiguamente se llamaba “el gran público”, como ha dejado de existir eso que antiguamente se llamaba “la opinión pública”. El uso del artículo determinado, de hecho, ya no tiene ningún sentido en ese plano. Usted tiene en las redes sociales, e incluso en los medios de difusión masiva, más bien fenómenos de segmentación: la búsqueda de públicos que parecen tener cada vez menos cosas en común entre sí, lo cual de nuevo genera una dificultad, que en algún sentido es de índole filosófica. Piense usted, por ejemplo, que en el plano político, ese tipo de fenómenos generan la dificultad de ¿cómo entonces nos concebimos, por ejemplo, como una nación, todavía como una unidad? Ahí donde parece que no tenemos nada en común entre aquellos individuos que formamos parte de una nación. Si no es ello mismo una dificultad de naturaleza filosófica, genera dificultades de naturaleza filosófica, o se vincula con problemas de naturaleza filosófica, por ejemplo, el problema de por qué obedecemos a un determinado orden político. Ya Hume decía: ¿no hay algo misterioso en eso, de que obedezcamos a un poder que en realidad solo está fundado en nuestro poder, pero que en algún sentido se opone muchas veces a nuestra propia visión? Sin embargo, parece ser que por alguna razón lo hacemos. No estoy queriendo decir que eso sea estúpido, lo que estoy queriendo decir, más bien, es que por misterioso que sea, ocurre eso: Que el poder de la palabra de un individuo, o de dos o tres individuos —o de 120 individuos— termina resultando mandatorio para millones de individuos, cuya mayoría, por lo demás, suele pensar que esos individuos, son unos truhanes; gente que lo único que hace es no hacer nada, perder el tiempo, robarse el dinero, etc. Es cosa de ver cualquier encuesta, digamos. Pero curiosamente, más allá de que pensemos eso, o de que muchos piensen eso, cuando llega el día de la elección, vamos todos ahí en filita, nos ponemos en la filita, y ponemos el papelito en la urna.

No quiero decir con esto que hacemos una estupidez, lo que quiero decir es que opera ahí un tipo de fenómeno de obediencia política, que parece tener razones muy de fondo, y que uno —creo yo— tiene que preguntarse cuán sostenible es a partir de los cambios que les estoy mencionando. Parece ser que en alguna medida ese fenómeno está vinculado al hecho de que tenemos una cierta idea de que nos gobernamos a nosotros mismos entre un conjunto de iguales. ¿Cuán sostenible es eso si a medida que pasa el tiempo nos vamos considerando cada vez más desiguales, como cada vez más lejanos a lo que nos gobierna? Es un problema que evidentemente la nueva tecnología también genera, porque “la opinión pública” servía de modo de construir esa idea de una “identidad común”. Por ejemplo, cuando era chico, o era joven incluso, uno llegaba a la casa y las familias veían el noticiario, muchas veces después de la teleserie —había la teleserie de la tarde y después venía el noticiario, eran tres, cuatro noticiarios nada más, en los cuales básicamente se pasaban las mismas noticias. Eso no existe ahora. Entonces, el noticiario en alguna medida modelaba la opinión común.

Hoy día la experiencia que tenemos del mundo común está mediada con nuestras distintas “cajas de resonancia”. Si ustedes me preguntan a mí, por ejemplo, ¿Quién es famoso hoy? No tengo idea, pero no porque no vea medios. Veo medios, pero los medios me dan a mí lo que ellos suponen que yo quiero ver, y con cierto acierto. No me envían noticias de “Balbi El Niño”[8], el que expulsaron del comando de Jeanette Jara, que yo supongo que debe ser una persona muy conocida, pero de cuya existencia yo me enteré el día de ayer o antes de ayer, por un fenómeno, digamos, electoral.

Kuminak Lefio

Sí, yo igual. Yo no sabía quién era.

Luis Placencia

Bueno, eso es índice de que ya tienen sus años, ¿ven? Claro, porque ese es el modo en que la política busca llegar al público joven.

Yo me enteré, por ejemplo, de la existencia de Dua Lipa hace un par de años atrás. Y me enteré de que era conocidísima, y no tenía ni idea. También me di cuenta de que, de hecho, había escuchado canciones de Dua Lipa, sin saber que eran de Dua Lipa.

Kuminak Lefio

Como síntesis de toda esta sección, planeé contarle acerca de una situación de un evento, que tal vez ya conozca, pero se lo contaré de todas formas, que ocurrió hace un par de años en el “Congreso Futuro”. La introducción dice así: ¿Imagina ir a tomar una taza de café con su autor favorito fallecido hace más de 100 años? Eso ya no es algo imposible. Porque este lunes, sobre el escenario del Congreso Futuro, se revivió a nada menos que a Charles Darwin, quien fue entrevistado en el llamado Metaverso.

Y efectivamente, se trataba de un intento de replicar a Charles Darwin por medio de una inteligencia artificial que había sido entrenada en sus escritos, en sus intérpretes de sus escritos y otro tipo de textos relevantes. Y se le preguntaban a Charles Darwin, bajo esta simulación de inteligencia artificial —que podía responder, igual que se puede hacer con Chat GPT—, preguntas de todo tipo, incluyendo preguntas muy ajenas a su época, por ejemplo sobre qué pensaba sobre el cambio climático o cosas de ese estilo.

Si a usted le propusiesen ahora —o en un futuro con inteligencia artificiales aún más potentes— este tipo de conversaciones, pero con filósofos importantes que hace mucho tiempo fallecieron. Por dar algunos ejemplos, una discusión de los temas que usted quiera con Kant, Husserl u otro filósofo que se le venga a la mente. ¿Cree plausible la idea de que estas tecnologías de alguna forma logren recrear con fidelidad esta idea contrafáctica de “lo que diría el autor si estuviese vivo”? ¿Cree que este tipo de herramientas podrían llegar a reemplazar la necesidad de leer a los autores en el futuro? ¿O sería un error asumir aquello? Y más en general, ¿qué opina de esta forma de mirar “la historia de las ideas humanas” que adopta, por ejemplo, pero no únicamente, instancias como el “Congreso Futuro”?

Luis Placencia

Me parece que es un ejercicio muy divertido. La idea es divertida por sí misma, ¿no? y me imagino que sería divertido participar de la conversación. Ahora, en ningún caso lo creería un sustituto del ejercicio de la interpretación de los textos de los autores, por una razón bien simple: porque que hay una diferencia entre leer por uno mismo un texto —además en el orden en el que el texto está dispuesto, si uno quiere, eventualmente por el autor, etc.—, que el de depender de una mediación. Ustedes sabrán que yo mismo, pero no solo yo, sino que mucha gente, desde el tipo de aprendizaje al menos en el que yo me formé, tratamos de hacer énfasis más bien en lo contrario; en la idea de que uno tiene que tratar de depender de la menor cantidad de mediaciones.

Siempre existen las mediaciones; las mediaciones no son sustituibles. Por ejemplo, nosotros leemos los textos de unas ediciones que cambian una serie de cosas. A veces presentan como libros cosas que no son libros —digamos, cosas así—, pero, uno tiene que saber eso y eventualmente tratar de ser consciente de aquellos aspectos. Ahora, con eso no quiero decir que este tipo de ejercicio sea completamente inútil, o que no tenga ninguna relevancia. Más bien al revés, creo que puede arrojar mucha información, por de pronto, información también de lo que es capaz de hacer la misma inteligencia artificial —por eso es interesante. Alguien que realmente sepa de Darwin, podría eventualmente comparar las respuestas con el conocimiento que él tiene, etc. Ahora, lo que creo que es insoslayable, es el hecho de que Charles Darwin está muerto. De manera tal que los procesos que hubiesen sido necesarios para que él se hubiese formado una opinión sobre los fenómenos del presente no pueden tener lugar —hay un gap, digamos así, un vacío—, y que habría implicado sin duda alguna una cantidad de aprendizajes, para un individuo como Darwin que ya no ocurrió. Uno no puede simplemente hacer que un individuo supuestamente se forme una opinión del presente a partir de opiniones que fueron emitidas hace 150-200 años atrás. Porque eso supone sostener que ese individuo no hubiese aprendido nada entre medio; revisado ninguna posición o no hubiese adquirido ninguna opinión nueva respecto a fenómenos que, por ejemplo, para él no eran anticipables.

El ejercicio me parece, desde ese punto de vista, un poco ficticio y creo que así no funciona. Pero por otro lado es muy interesante la idea de que uno pueda, en algún sentido, lúdicamente, imaginarse ese ejercicio de conversación. Me parece un instrumento curioso, divertido, eventualmente valioso, pero en ningún caso sustituto del ejercicio filosófico, más histórico a la vez —digamos, más propio—, que es tratar de situarse y de aproximarse, tanto cuanto sea posible, a la mirada del individuo concreto en ese momento y a lo que esa obra significa, no solo para ese momento, sino que para el desarrollo posterior de la obra.

Entonces, de hecho, fíjese usted que pienso que en la lectura de textos del pasado, mucho más importante que tratar de entender la opinión del autor del pasado, es entender el mensaje de la obra. El mensaje de la obra es, en algún sentido, independiente de la opinión del autor. Pero ese mensaje tampoco es accesible trivialmente a partir de la letra —llamémoslo así. Solo es reconstruible a partir del ejercicio de la inteligencia de hacerse preguntas con el texto.

Y, por supuesto, ahí las máquinas pueden ayudar mucho. Uno puede ayudarse con las máquinas buscando pasajes, dónde puede ser relevante leer para encontrar esto u otro. O, a lo mejor, incluso —en este modo que decía usted— pidiéndole a la máquina que haga como si fuese el autor. Pero yo no tomaría eso como la última palabra, sino que más bien simplemente como un insumo. Ahora, la literatura de intérpretes también es eso, en algún sentido: Un insumo a partir del cual uno se nutre de la visión de otros. Pero eso, en ningún caso, sustituye el propio ejercicio.

Eso es lo más importante. Lo que uno haga por uno mismo. Esto vale también para las habilidades, las capacidades, etc., y no hay sustitución.

Kuminak Lefio

En este aspecto más lúdico que usted menciona, ya que mencionó a Kant como uno de los autores más relevantes, tal vez, para su trayectoria, ¿qué cree que le llamaría la atención preguntarle? Entendiéndolo desde un ámbito más lúdico

Luis Placencia

Es una buena pregunta. No sé si tengo una pregunta que fuese “la pregunta que yo le haría”. Probablemente lo que más me interesaría en ese caso, supongamos que yo tengo una máquina que trata de emular el pensamiento de Kant, me surgiría instintivamente hacerle muchas preguntas para tratar de ver cómo piensa. Cuán cerca está del Kant que yo mismo me imagino. Eso probablemente sería mi manera proceder, y las preguntas que haría, en cada caso, dependerían del tipo de respuestas que vaya recibiendo.

Ese ejercicio, es un ejercicio distinto al que usted me dijese: “¿qué haría usted si se encontrara con Kant?” Son situaciones distintas. Y además, de hecho, para esa última pregunta también es variable, porque una cosa es “¿qué haría si me encontrara con Kant y yo supiera que Kant pudo experimentar en algún nivel, o en alguna medida, los sucesos del mundo que transcurrieron desde que él murió y el mundo como es hoy?”. Y otra cosa es si supiese que se ha quedado suspendido en 1804. Hay una serie de opiniones de Kant que a mí me parecen aberrantes, y me interesaría mucho —por ejemplo— saber qué pensaría él respecto de esas cosas teniendo una cantidad de información que era imposible que tuviese en ese momento. Las opiniones, por ejemplo, que Kant tiene sobre las “razas” y ese tipo de cosas, son opiniones que eran muy comunes en ese momento. O, por ejemplo, sobre el género, y que evidentemente dependían —si usted quiere— de prejuicios compartidos de la época. De manera tal que, más allá de que a uno le parezca muy lamentable y muy desagradable alguien que sostiene ese tipo de opiniones, uno puede en alguna medida dispensar el hecho de que esas opiniones hayan sido sostenidas por el simple hecho de que eran opiniones bastante comunes —no digo universales, porque evidentemente no lo eran, pero sí muy comunes.

Lo interesante, por ejemplo, es saber cómo vería esas opiniones un autor como Kant si es que supiese todo lo que hemos aprendido. Eso es un punto probablemente interesante. Pero, eso es una pregunta que yo no le haría a una IA, que simplemente lo que hace es replicar —algo así— como el pensamiento de Kant y después aplicarlo a casos presentes.

Kuminak Lefio

Y sería sumamente interesante, especialmente en el caso de Kant por su orientación antidogmática, averiguar si es que él sería capaz de dejar esos prejuicios a la luz de nueva información.

Luis Placencia

Por supuesto. Por ejemplo, en el caso de las opiniones sobre el género, hay una evidencia masiva, ya existente, que haría que probablemente la mayor cantidad de autores que expresaron esas opiniones—de maneras que implicaban, por ejemplo, sostener que las mujeres eran incapaces de cierta forma de pensamiento, de cierta forma de liderazgo, etc.—, supongo, que la evidencia masiva de la que disponemos hoy, haría que cualquier autor relativamente reflexivo tuviese que al menos reconsiderar la opinión. Por supuesto, estoy seguro que había muchos casos en ese momento que sirven de ejemplo de lo contrario, pero en una cantidad mucho menor por razones estructurales.

Kuminak Lefio

Y menos valorado…

Luis Placencia

Por supuesto. En un contexto en el que el talento femenino no podía florecer como florece hoy, y probablemente —estamos todos de acuerdo— en que no florece en la forma máxima en que podría hacerlo, como tampoco florece el talento de muchos otros seres humanos que están en situaciones de desventaja frente a otros —creo que nadie puede pensar que en Chile el talento solamente florece en las comunas de las Condes, Vitacura y Lo Barnechea, o en Santiago, y que no florece en La Pintana, o en Puente Alto… Yo como “Puente Altino” me sentiría muy ofendido por ese tipo de razonamiento.

Kuminak Lefio

Llegando a la pregunta final de esta entrevista, y agradeciéndole mucho por el tiempo que nos ha dedicado, me complacería el tomarme la libertad de hacer una pregunta aún más fantasiosa. Si en una cantidad indefinida de años en el futuro, entre las nuevas estructuras de una sociedad tan distinta a la nuestra, que nos resultaría prácticamente imposible reconocernos en aquellos humanos que la habitan, alguien encontrase este pedazo impreso o digital de nuestra revista ¿Qué mensaje le dejaría a los humanos de dicho futuro que lo leerían?

Luis Placencia

Difícil pregunta. Porque supone dejarle un mensaje a alguien del cual yo no sé nada, salvo el hecho de que es máximamente lejano a mí… Probablemente le dejaría el mensaje de que traten de saber de nosotros, que hay cosas interesantes para descubrir.

Kuminak Lefio

Muchas gracias, profesor.

Luis Placencia

Gracias a ustedes.

25 de noviembre de 2025

Facultad de Filosofía y Humanidades

Universidad de Chile

[1] Publicado: 29 / 01 / 2026. Revista Open Access 4.0. Entrevistas de la Revista Homónima. Cómo citar: Lefio, K. (2026). Enseñanza, método y práctica de la filosofía / Entrevista con el Dr. Luis Placencia. Revista de Filosofía Homónima 1(1), 379-438.

[2] Email: luis.placencia@uchile.cl. ORCID: https://orcid.org/0000-0003-1052-0846

[3] Licenciado en Filosofía de la Universidad de Chile, estudiante del diplomado “Fundamentos de la Física” de la misma casa de estudios. Actualmente se desempeña como jefe en Gestión Editorial de la Revista Homónima. Email: kuminak.lefio@ug.uchile.cl. ORCID: https://orcid.org/0009-0005-8121-4063.

[4] “Kairológica” de “kairós” (ocasión, tiempo preciso para algo, en griego clásico)

[5] Dicho por Ernesto Castro

[7] Equipo de Futbol Chileno

[8] El nombre real es “Balbi El Chamako”

Revista de Filosofía Homónima

Revista de Filosofía dirigida a académicos, investigadores y estudiantes de pregrado y posgrado de Filosofía u otras disciplinas.

Proyecto editorial patrocinado por y afiliado a la Universidad Andrés Bello

ISSN 3087-260X

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