Doctor en Filosofía de la Universidad de Chile. Prof. Asistente de la Universidad de Chile. Director de la Escuela de Postgrado de la misma casa de estudios. Email: amartin@uchile.cl.
Licenciado en Filosofía de la Universidad de Chile, estudiante del diplomado “Fundamentos de la Física” de la misma casa de estudios. Actualmente se desempeña como jefe en Gestión Editorial de la Revista Homónima. Email: kuminak.lefio@ug.uchile.cl. ORCID: https://orcid.org/0009-0005-8121-4063.
Doctor en Filosofía. Prof. Asistente de la Universidad de Chile. Coordinador del Magíster en Estudios Cognitivos de la Universidad de Chile. Email: marodrig@uchile.cl.
Oscar Morales es Licenciado en Filosofía, Universidad de Chile y estudiante de Magíster de la misma casa de estudios. Email: moralesbravo58@outlook.com. ORCID: https://orcid.org/0009-0002-3996-0028
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Martin, A., Lefio, K., Rodríguez, M., & Morales, O. (2026). Breve guía de cómo escribir un ensayo filosófico. Revista de Filosofía. Homónima, 1(1), pp. 485-503. https://doi.org/xxxxxxx[Por designar]
BREVE GUÍA DE CÓMO ESCRIBIR UN ENSAYO FILOSÓFICO[1]
Alan Martin[2]
Kuminak Lefio[3]
Manuel Rodríguez[4]
Oscar Morales[5]
¿Qué es un ensayo filosófico?
Un ensayo filosófico es una forma de argumentación racional cuyo propósito no consiste en persuadir mediante recursos retóricos ni en apelar a la autoridad del autor, sino en establecer la validez lógica, la solidez y la coherencia de los argumentos que se emplean para sostener o refutar una proposición filosófica. Se trata de un género dentro del amplio espectro de la literatura filosófica, en el que conviven múltiples estilos: desde los diálogos platónicos y los aforismos de Nietzsche hasta las meditaciones fenomenológicas, la prosa poética de Heidegger o Sartre y los artículos académicos contemporáneos. El ensayo constituye una entre diversas formas legítimas de hacer filosofía, y su valor distintivo radica en articular la originalidad interpretativa (y propositiva) con la disciplina argumentativa.
Aunque no existe un modelo único que prescriba cómo debe estructurarse un ensayo filosófico, sí se reconocen ciertos criterios de rigor indispensables: coherencia interna, claridad conceptual, fundamentación de las tesis, diálogo crítico con la tradición y con la bibliografía pertinente, así como un orden expositivo que facilite la comprensión del argumento. En este sentido, el ensayo filosófico es un ejercicio intelectual que exige precisión terminológica y un desarrollo argumentativo transparente, de modo que tanto las inferencias como los supuestos queden explícitos, permitiendo al lector evaluar de manera autónoma la plausibilidad de las conclusiones.[6]
En lo anterior, nos encontramos con una primera disyuntiva inherente a nuestra práctica filosófica, a la que tanto académicos como estudiantes, de una u otra forma, tenemos que hacer frente. Por un lado, el carácter permanentemente inconcluso de la filosofía hace que no tengamos una única metodología y estándar ya prescritos para cómo debemos escribir (y más ampliamente, reflexionar) acerca de problemas filosóficos. En otras palabras, es razonable que nos cuestionemos quién tiene la justificación última acerca de las formas correctas en las que se debe escribir filosóficamente. Y el estudio profuso por su cuenta parece no resolver este asunto ya que, la fuerza de dicho cuestionamiento sólo aparenta aumentar a medida que nos familiarizamos con la variedad inmensa de tradiciones filosóficas diversas y divergentes entre sí, que históricamente se han posicionado respecto a cómo hacer filosofía.
La otra cara de la disyuntiva se presenta al notar que la filosofía como práctica misma, se fundamenta en la capacidad de comunidades humanas de sostener estándares comunes. Esto es lo que permite que aquello que se piense y se escriba no sea sólo comunicable, sino que además evaluable y discutible de forma intersubjetiva por otros que compartan nuestra inquietud filosófica. Es decir, tampoco se puede dar la práctica filosófica como la conocemos, sin acuerdos acerca de cómo se debe o es recomendable pensar, escribir y discutir los problemas filosóficos.[7] Y por suerte, cuando cada uno de nosotros se enfrenta a este dilema, ya existen estándares dados, estos vienen de nuestro contexto cultural particular y de una multitud de líneas del pensamiento que han intentado hacer lo mismo a través de la historia de la filosofía.
Así la invitación que parece hacernos esta primera disyuntiva es a conservar nuestro espíritu crítico, evaluando profundamente la metodología y objetivos que adoptamos en nuestra escritura filosófica, y en el proceso, desarrollar una perspectiva filosófica propia con la que afrontar la escritura filosófica. Al mismo tiempo, que intentamos cumplir con los estándares intersubjetivos de evaluación que posibilitan el desarrollo de la filosofía en comunidad y que nos permiten aprender de nuestros maestros y compañeros, tanto como de las lecturas de quienes antes y ahora se enfrentan a la tarea de escribir filosofía.
El ensayo filosófico no tiene como propósito exponer temáticas generales de la disciplina, sino examinar debates, proposiciones o conceptos específicos con el fin de aportar críticamente al estado del arte. Su objetivo es investigar y no divulgar. Solo una propuesta filosófica controvertida es capaz de tener un impacto en el debate filosófico, y no se trata meramente de tener un nombre llamativo, sino de aquella propuesta que es capaz de mostrar un problema, mostrar su importancia y abordarlo con fuerza y rigor argumentativo. Por esta razón, todo ensayo debe responder a una pregunta filosófica clara y bien delimitada, inscrita dentro de un debate ya establecido en la tradición[8], de la cual se desprende la tesis que se defiende y la estrategia argumentativa que le da sustento. Al igual que un organismo vivo, el ensayo se compone de partes que cumplen funciones particulares y que lo estructuran en un inicio, un desarrollo y un cierre.
Ahora bien, las partes de un ensayo filosófico no dependen de la contrastación empírica ni de demostraciones matemáticas como ocurre en las ciencias para comprobar la verdad de una hipótesis. Sin embargo, esto no exime al ensayista de ofrecer razones justificadas. El juicio crítico en filosofía se apoya en la consistencia lógica, en la claridad de las definiciones y en la capacidad de situar la propia aportación en relación con posiciones previas. El motor de la filosofía es, en este sentido, la argumentación racional, entendida como el esfuerzo constante por fundamentar las ideas, someterlas a examen y dialogar con tradiciones ya existentes sin renunciar a la posibilidad de innovar en ellas. De forma complementaria, es importante considerar cómo la filosofía se encuentra inmersa en un medio académico e investigativo donde otras disciplinas con sus propios supuestos y metodologías se encuentran en una constante teorización que roza o directamente se funde con las temáticas que nosotros problematizamos. Y sin poner en riesgo la independencia de la filosofía, este intercambio de perspectivas, a veces más crítico y otras más acogedor, formará parte de nuestro medio de argumentación racional.
Así, dado el creciente interés suscitado en la comunidad filosófica por participar en la nueva Revista de Estudiantes de Filosofía Homónima, el equipo de ensayos sobre lectura y escritura filosófica ha considerado pertinente ofrecer una breve guía acerca de cómo elaborar un ensayo filosófico. Más que proponer una fórmula rígida, estas orientaciones son más bien sugerencias generales dirigidas a quienes deseen publicar, con el objetivo de brindar una visión clara sobre los elementos fundamentales que conforman un ensayo en filosofía. También, es nuestro objetivo suscitar el tipo de inquietudes metafilosóficas que son propias de nuestro quehacer filosófico, especialmente cuando intentamos tomar decisiones respecto a cómo acercarnos a la filosofía, y en este caso particular, cómo escribir al respecto.
- Estructura de un ensayo
- Título
El título constituye el rostro de toda investigación y actúa como el primer filtro a través del cual los lectores se aproximan a su contenido. De ahí que no solo debe guardar coherencia con el desarrollo del texto, sino también ofrecer una síntesis clara y precisa de su propósito. En este sentido, el título cumple la función de condensar en pocas palabras el problema central que la obra aborda, orientando al lector respecto de sus objetivos y alcances. Por ello, es aconsejable evitar fórmulas enigmáticas, excesivamente generales o vagas, que dificulten la comprensión inmediata del tema tratado. Un buen título, en cambio, debe mantener el equilibrio entre concisión, rigor conceptual y claridad expositiva, de manera que logre captar el interés sin sacrificar exactitud.
- Introducción
La introducción cumple un papel decisivo en todo escrito filosófico, pues orienta al lector en el objetivo del texto, al igual que el debate en el que se inscribe la investigación y define de manera explícita la perspectiva desde la cual será abordado. En este apartado debe formularse con claridad la hipótesis de investigación, utilizando un lenguaje preciso y evitando expresiones vagas o ambiguas. Una declaración inicial como “en este trabajo sostendré que…” no solo aporta transparencia, sino que también ofrece al lector una guía inmediata sobre la tesis que se defenderá a lo largo del texto. Además, es conveniente asumir que el lector posee cierto grado de familiaridad con la temática, aunque no necesariamente sea un experto, por ello es importante explicar los conceptos técnicos que resulten imprescindibles para la comprensión del argumento, cuidando siempre que dichas aclaraciones no interrumpan el flujo de la exposición ni desvíen la atención de la idea principal.
Además de exponer la hipótesis y los conceptos clave, la introducción debe situar al lector en el contexto del problema y mostrar de qué manera se aborda dentro de la extensa tradición filosófica en la que se inscribe. Es importante señalar si el enfoque adoptado corresponde a una reconstrucción fenomenológica, un análisis conceptual, un contraste crítico o una reconstrucción hermenéutica, por mencionar algunos. Esto permite al lector comprender la posición de la obra dentro del espectro filosófico y la forma particular en que enfrenta el problema.
En muchos casos, la introducción también cumple la función de justificar la relevancia filosófica del problema planteado. Aunque en filosofía no existen debates clausurados ni temas que no puedan ser legítimamente tratados, a menudo resulta necesario explicar por qué la cuestión seleccionada merece atención y cuál es su aporte al desarrollo del pensamiento dentro del campo analizado. Así, un debate que fue relevante hace mucho tiempo puede ser nuevamente examinado, siempre que la discusión propuesta consiga aportar algo significativo a la reflexión filosófica en curso.
En este apartado inicial del ensayo, presentar con claridad el problema filosófico y la importancia del mismo, no tiene por que ser solo un paso rutinario que nos vemos obligados a cumplir como una mera formalidad, sino que puede ser una parte esencial de la investigación. Se trata de un espacio en el que podemos entender en profundidad los detalles del problema al que nos enfrentamos y los fundamentos que nos permiten formularlo como un problema filosófico (propio de la filosofía y abordable por sus metodologías). Como comprendamos, y seamos capaces de expresar, el problema será nuestra primera guía en el camino que emprendemos al intentar darle una respuesta satisfactoria en el resto de nuestro ensayo filosófico. Alternativamente, si nos encontramos en una situación tal que solo contamos con una idea vaga del problema que queremos abordar, es importante no paralizarse y dejar de investigar acerca de estos tópicos que nos interesan. En este caso, llegar a conocer y plantear de forma clara el problema de nuestra investigación será un objetivo fundamental que nos permitirá progresar en la investigación, motivándonos a estudiar rigurosamente el tema y esclarecer a cuál aspecto específico del mismo apuntan nuestras ideas. De una u otra forma, los problemas de nuestros ensayos son importantes.
Así mismo, la introducción cumple la función de trazar una línea de argumentación que anticipe al lector el desarrollo del ensayo. Para ello, resulta útil emplear expresiones como “la primera parte de este trabajo tiene como propósito…”, “a continuación se desarrolla…” o “con el fin de demostrar…”, que señalan de manera clara qué se abordará en cada sección y cómo se conectan entre sí los distintos apartados del texto. Este recurso no solo orienta al lector, sino que también obliga al autor a reflexionar sobre la organización de su trabajo, asegurando que cada sección cumpla un propósito específico dentro del conjunto y que la progresión argumentativa sea coherente. Así, enunciar explícitamente las partes que componen el ensayo permite establecer un mapa estructural que facilita la comprensión del texto y guía la lectura de manera efectiva.
Si bien es cierto que en la mayoría de las ocasiones no contamos con un conocimiento completo de todos los puntos que abordaremos ni de la forma en que los desarrollaremos, es común que, a medida que escribimos, surjan nuevas ideas que modifiquen el rumbo inicial del texto. Esto forma parte natural del proceso de escritura, pero para no perder claridad resulta fundamental precisar ciertos aspectos antes de comenzar. Incluso cuando no tengamos definida la conclusión a la que esperamos llegar, toda introducción debería responder a tres preguntas generales, con independencia del contenido específico del texto, que orientarán el desarrollo del ensayo: ¿qué pretende el autor?, ¿en qué debate se inscribe el problema que se abordará? y ¿cuáles son los argumentos que se propone desarrollar? Estas preguntas, aunque preliminares, ofrecen un marco de referencia indispensable que ayuda a dotar de orden, dirección y límites a la investigación.
- Desarrollo argumentativo
Si bien, como mencionamos antes, la filosofía no recurre a métodos empíricos ni a demostraciones matemáticas, la manera en que somete a prueba una hipótesis de investigación es mediante la construcción de argumentos estructurados con lógica[9] y claridad. La tarea central de un ensayo filosófico consiste en articular un esquema argumentativo en el que un conjunto de premisas conduzca de manera justificada a una conclusión. Un argumento no se reduce a la mera enumeración de afirmaciones, sino que constituye una cadena inferencial en la que cada premisa desempeña una función justificadora específica y explícita. En este sentido, un argumento puede definirse como un conjunto de proposiciones en el cual algunas de ellas —las premisas— se ofrecen en apoyo de otra —la conclusión—. La exigencia fundamental de todo autor consiste en mostrar la pertinencia de cada premisa y su conexión con la conclusión, explicando con rigor por qué la aceptación de aquellas debe llevar razonablemente a aceptar esta última.
Ciertamente, la argumentación filosófica posee sus particularidades y su contenido puede articularse de distintas maneras. Sin embargo, en términos formales todo debate racional debe ajustarse a ciertos criterios que permitan determinar la validez de los razonamientos. No todo razonamiento es aceptable, por lo que conviene distinguir entre validez y solidez. Un argumento es válido cuando la conclusión se sigue lógicamente de las premisas, independientemente de que estas sean verdaderas o falsas. En cambio, un argumento es sólido cuando, además de ser válido, las premisas resultan efectivamente verdaderas.
Un punto importante en un argumento es que las premisas sean suficientes para aceptar la conclusión. Sin embargo, el concepto de “suficiencia” no es del todo claro. Dammer (2009, p. 8) por ejemplo señala que las premisas deben ser suficientes en cantidad y calidad, pero también se puede entender suficiencia en términos de la lógica proposicional, en particular en la relación que se da en el condicional desde el antecedente hacia el consecuente. Con el objetivo de aportar claridad en este respecto, es aconsejable determinar qué tipo de razonamiento es el que se está utilizando en el ensayo, y cuáles son las reglas formales de cada uno:
En el caso de un razonamiento deductivo, la verdad de las premisas implica necesariamente la verdad de la conclusión. En ese sentido, si bien la verdad de la conclusión no está contenida en ninguna de las premisas por separado, la adecuada articulación de las premisas debe contener a la conclusión. usualmente en este tipo de razonamiento hay una premisa de carácter general, una ley o principio, y lo que se intenta demostrar es que el fenómeno particular bajo escrutinio es un caso de esa premisa general. Por ejemplo, en un debate ético, se intentará demostrar que una opción particular responde a un principio ético universal (o bien que es incompatible con dicho principio, para refutarla). En estos casos, la conclusión se sigue necesariamente de las premisas, sin excepción, por lo que basta con mostrar un contraejemplo para refutar la tesis, es decir, es suficiente mostrar la posibilidad (conceptual o empírica) para refutar el argumento.
El razonamiento inductivo puede utilizarse para justificar la adopción de algún principio o regla general que no sea autoevidente. En este tipo de argumento las premisas intentan hacer probable la conclusión. El procedimiento consiste en enumerar casos que puedan contarse como del mismo tipo, para evidenciar que hay una conexión entre el antecedente y el consecuente, o, como se expresaría normalmente, entre la causa y el efecto. Aquí la noción de causalidad se puede entender en dos sentidos: como correlación entre dos eventos (los eventos del tipo A van seguidos de eventos del tipo B), o en términos contrafácticos (si A no hubiera sucedido, entonces B no habría sucedido, o bien que si B no hubiera sucedido tampoco A habría sucedido). En ambos casos es importante fijarse en dos aspectos: que los eventos puedan ser caracterizados como siendo del mismo tipo, y que la muestra sea representativa para establecer la probabilidad, lo que rescata las anteriores nociones de cantidad y calidad, por un lado, y la idea de que en un condicional el antecedente es una condición suficiente para el consecuente y que el consecuente es una condición necesaria para el antecedente. Por ejemplo, si se pretende defender la tesis de que el existencialismo es una consecuencia de las condiciones de la Europa de entreguerras, habrá que mostrar, al menos, que hay una conexión conceptual entre lo significativo de ese periodo y ese tipo de pensamiento, y/o que hay otros casos históricos que son semejantes en los aspectos relevantes y donde se dio un caso similar de conexión.
Finalmente, cuando no contamos con principios generales ni tampoco tenemos una guía para caracterizar tipos de casos como semejantes, es decir en un caso problemático completamente novedoso, es necesario formular una hipótesis que pueda ser testeada inductivamente, y en caso de éxito poder contar con una regla general. El tipo de razonamiento que conduce a la formación de hipótesis es llamado por la tradición como “abductivo”, reconociendo la formulación de C. S. Peirce (1955), que se caracteriza por esta necesidad de dar un salto creativo (pero no por ende invalido) al intentar explicar aquello que nos sorprende de la realidad y para lo cual los conceptos, esquemas y principios con los que ya contamos no dan abasto. Si bien no hay una formalización clara de este tipo de razonamiento, pues justamente es una discusión actual el cómo llegamos (ámbito descriptivo: psicología, neurociencia, ciencia cognitiva, filosofía de la mente, etc.) y cómo deberíamos llegar a nuestras ideas (ámbito normativo: epistemología), si hay al menos dos casos claros: la inferencia a la mejor explicación (IME) y el razonamiento metafórico. En el caso del razonamiento metafórico se intenta comprender un fenómeno nuevo en términos de un fenómeno ya conocido, distinto pero con semejanzas que se estiman relevantes, y se evalúan las consecuencias que se siguen de aplicar la metáfora. Por ejemplo, si la mente fuera al cuerpo como el software es al hardware, ¿que se seguiría para el estudio de lo mental? si la hipótesis resulta fructífera entonces se acepta como guía de investigación. En el caso de IME, la pregunta se plantea entre hipótesis en competencia, y en este caso se evalúan tanto el potencial explicativo como la coherencia con el resto de lo que aceptamos como verdadero. Por ejemplo, si aceptamos la metáfora del computador para investigar lo mental, tenemos dos opciones: que la mente sea un procesador de información general que aprende de la experiencia o bien que la mente venga “pre-cargada” con programas específicos para cada dominio cognitivo. Dado que la evolución, a través de la selección natural, sólo puede funcionar en base al éxito (supervivencia, fitness), y que el éxito siempre es específico a alguna tarea, entonces parece ser una mejor hipótesis asumir que la mente no es una tabula rasa sino un conjunto de mecanismos específicos de procesamiento, al menos mientras no se cuestionen algunos de los supuestos del razonamiento.
Teniendo en cuenta, la cantidad de aristas que tienen los problemas en filosofía y la naturaleza misma de esta, es inevitable que nuestro ensayo filosófico tenga supuestos, por lo tanto, no podemos aspirar a que absolutamente todo lo que digamos quede profundamente justificado por otras premisas, también ellas igual de justificadas. Esto es verdadero para la filosofía en general, pero es aún más patente en textos que no pueden extenderse tanto, como lo es el ensayo filosófico. Esto no puede implicar que nos neguemos a justificar nuestras ideas, ni tampoco que intentemos ocultar estos supuestos al lector, por el contrario, nosotros debemos ser los primeros en captar nuestros supuestos y en mencionarlos transparentemente como tales. Como una buena regla general, allí donde nos parezca que no estamos suponiendo absolutamente nada, es mejor volver a revisar nuestro ensayo. Y allí cuando notemos los supuestos con los que nos comprometemos, revisar que sean lo suficientemente básicos y fáciles de aceptar cognitivamente, para elegir esos y no otros. A veces simplemente es práctico acotar nuestra investigación por medio de esta delimitación de supuestos, darlos por sentados puede permitirnos desarrollar discusión hasta puntos significativamente más valiosos que a lo que llegaríamos si no lo hacemos.[10]
De igual forma, las premisas deben cumplir requisitos mínimos para ser presentadas válidamente en un argumento. Deben ser pertinentes al problema tratado, evitar trivialidades y estar libres de ambigüedades terminológicas. Tal como mencionamos, es recomendable que el autor explicite sus supuestos centrales y defina de manera operativa los conceptos controvertidos. Cuando una premisa sea debatible, debe ser defendida con razones sólidas o respaldada mediante referencias bibliográficas pertinentes, en lugar de dejarla como un supuesto implícito. También resulta fundamental evitar la circularidad entre premisas y conclusión, así como la inclusión de antecedentes irrelevantes, el diálogo con la bibliografía debe ser continuo. Situar la pregunta y la tesis en relación con posiciones previas exige mostrar a qué debates se responde, qué planteamientos se matizan y cuáles se rechazan. En la práctica, conviene priorizar las fuentes directamente relevantes y evitar listados extensos sin conexión argumentativa. Cada referencia debe aportar al planteamiento central, ya sea apoyándolo, problematizándolo o sirviendo de objeto de crítica.
La construcción de un buen argumento exige considerar distintas perspectivas y no limitarse a la propia. Un autor riguroso se adelanta a las objeciones más probables en su versión más robusta y ofrece respuestas bien fundamentadas, lo que fortalece la consistencia de su propuesta y evidencia que la tesis ha pasado por un examen crítico. En la práctica, resulta útil reservar un espacio del escrito para discutir objeciones y ofrecer réplicas, así como recurrir a contraejemplos o experimentos mentales cuando ayudan a poner a prueba la solidez de las premisas. Saber incorporar las críticas sin distorsionarlas ni debilitarlas de forma artificiosa es, en efecto, un rasgo que distingue la madurez filosófica. Por lo mismo, esto último es, a la vez, un ejercicio que debería fortalecer nuestra postura y entrenarnos en ser caritativo con las de los demás.
Para lograr lo anterior es una buena práctica (y comúnmente difundida) apoyarse en las objeciones que ya existen en la literatura sobre el tópico en discusión para nuestra posición o aquellas que son cercanas. Esto nos permite entrar en diálogo con lo que realmente sostienen investigadores que no opinan como nosotros, que comúnmente son posturas más complejas, matizadas y difíciles de confrontar que lo que nuestra imaginación ofrece, pero eso es justamente lo que le da riqueza al debate (y por ende a nuestro ensayo).[11]
Al considerar estos contraargumentos siempre hay que cuidar no caer en la “Falacia del hombre de paja”, es decir, en lugar de probar si los argumentos de la proposición filosófica contrincante son válidos y hacerse cargo de ellos desde su mejor versión posible, se simplifican hasta distorsionar el sentido del argumento, solo con el fin de desacreditar la postura del oponente.
Ej.: A: para el utilitarismo lo correcto consiste en aquello que produce mayor placer para el mayor número de personas
B: el utilitarismo es una doctrina inmoral que no considera el sufrimiento de quienes no conforman la mayoría
Conclusión
La conclusión constituye el momento de cierre del ensayo y cumple la función de integrar de manera coherente los elementos desarrollados en el cuerpo del texto. Su redacción exige un ejercicio de síntesis que no debe confundirse con una mera repetición de lo ya expuesto. Antes bien, se trata de condensar los aspectos más relevantes de la argumentación, de modo que el lector pueda reconocer con claridad cuál ha sido el itinerario seguido y qué resultados se han alcanzado. En este sentido, la conclusión debe, en primer lugar, ofrecer una respuesta explícita a la pregunta filosófica formulada en la introducción. El criterio decisivo es que dicha respuesta sea una consecuencia de las premisas y argumentos presentados a lo largo del trabajo. La introducción de consideraciones que no han sido previamente desarrolladas constituye un error metodológico, pues equivale a elaborar una conclusión sin fundamento, lo que ha sido metafóricamente denominado como la “falacia del conejo en el sombrero”. En segundo lugar, una conclusión bien estructurada reconoce los límites de la investigación. El ensayo filosófico no pretende clausurar de manera definitiva los problemas tratados, sino contribuir a su esclarecimiento desde una perspectiva particular. Por ello, resulta pertinente señalar los aspectos que han quedado fuera del análisis o que requieren un examen más detallado, a fin de evitar la pretensión de haber agotado el tema en su totalidad. Por último, la conclusión no se reduce a un cierre retrospectivo, sino que cumple también una función prospectiva. A partir de las implicancias de lo desarrollado, puede abrir nuevas líneas de reflexión y plantear interrogantes que orienten investigaciones futuras. De este modo, el ensayo no solo concluye, sino que se proyecta hacia horizontes de discusión más amplios
Epílogo: Algunas consideraciones importantes a tener en cuenta
La elaboración de textos de investigación filosófica es un proceso público y riguroso que exige del autor un compromiso con la integridad ética de su obra. Por ello, es fundamental considerar ciertos aspectos éticos y formales.
Al autor debe velar por la integridad ética de su obra en al menos tres sentidos: 1) aunque la filosofía no suele involucrar investigaciones con seres sintientes, con frecuencia aborda temas sensibles que pueden afectar a las personas, por lo que cada análisis debe realizarse con el debido respeto; 2) es esencial no tergiversar las ideas de otros autores para favorecer el propio argumento, ya que ello constituye una práctica inapropiada; 3) la honestidad académica requiere reconocer de manera explícita las ideas o palabras ajenas, evitando cualquier forma de plagio, incluido el autoplagio o el plagio involuntario. Asimismo, cualquier uso de herramientas de inteligencia artificial debe declararse de forma transparente y limitarse a funciones de corrección, búsqueda o apoyo técnico, sin reemplazar el trabajo crítico y reflexivo del investigador. Esto no implica negar el posible aporte que significan estas herramientas si se ocupan de manera adecuada, en cambio, el énfasis está puesto en que no reemplacen aquello que es esencial para que tengamos una discusión filosófica crítica y ética a través de la redacción de ensayos.
La escritura de un texto filosófico es un proceso lento, sin atajos, que exige madurar las ideas con paciencia y rigor. Esto implica reescribir y corregir el borrador cuantas veces sea necesario, no solo en lo formal, sino también en lo conceptual, con el fin de lograr una versión final clara y coherente. A su vez, es fundamental integrar diversas perspectivas mediante una recopilación bibliográfica cuidadosa y un diálogo crítico con las fuentes. Cada fuente debe ser revisada con detención, asegurando que las referencias y citas estén correctamente consignadas y en plena correspondencia con los argumentos desarrollados en la obra.
Un buen escrito, antes de ser enviado a revisión por parte de una revista, debe haber pasado por un diálogo previo con nuestros pares más cercanos, quienes, en la medida de lo posible, han de brindar una retroalimentación honesta y crítica que nos permita reconocer qué aspectos conviene mejorar de cara al envío final. Este proceso no solo contribuye a detectar eventuales debilidades argumentativas, sino que también facilita la evaluación de la claridad y coherencia del texto, de la solidez metodológica y conceptual de los planteamientos, así como de la pertinencia de la contribución respecto de la literatura existente. Además existen instancias sumamente importantes, como los congresos, coloquios, simposios y “workshops” donde se pueden presentar dichas investigaciones más allá de nuestro grupo cercano, lo cual aumenta la diversidad de puntos de vista que pueden ofrecernos críticas y comentarios a evaluar.
La extensión de un ensayo no puede determinarse de manera exacta, pues lo esencial es que el texto responda con claridad a la pregunta que se propone abordar. Los problemas complejos requieren respuestas igualmente complejas, por lo que desarrollar un tema profundo en unas pocas páginas puede resultar insuficiente. De manera orientativa, un ensayo académico suele situarse entre cinco y treinta páginas; sin embargo, esta medida no es estricta, ya que existen textos breves que se han consolidado como referentes importantes en la filosofía, así como extensos ensayos del tamaño de tratados que también han marcado la tradición académica. Lo relevante es que la extensión del ensayo se ajuste a la complejidad del tema y permita argumentar lo suficiente para que nuestra conclusión sea sólida.
Con independencia de la solidez lógica de los argumentos, si un texto carece de una redacción cuidada, los errores formales distraen al lector y pueden incluso llevarlo a desestimar la obra. Por ello, la claridad y el rigor estilístico son tan importantes como la coherencia argumentativa en la escritura filosófica. Una buena redacción exige precisión terminológica, frases concisas que eviten ambigüedades, un orden expositivo que guíe al lector en el desarrollo de la argumentación y la supresión de repeticiones innecesarias. La falta de claridad en la expresión suele ser reflejo de una falta de claridad en el pensamiento. En este sentido, los aspectos formales no constituyen un adorno accesorio, sino una condición indispensable para que las ideas puedan ser comprendidas y valoradas.
Aunque existen diversas maneras de estructurar la redacción de un ensayo, resulta fundamental establecer un orden específico para organizar las ideas. Algunos autores prefieren elaborar el resumen o la introducción una vez finalizado el texto, mientras que otros siguen el orden natural del desarrollo del ensayo desde el inicio. Cada estrategia tiene ventajas y dificultades; por ejemplo, redactar la introducción al final permite mayor claridad sobre los objetivos y la estructura, pero seguir el orden lineal del texto puede ayudar a mantener un flujo argumentativo coherente. No obstante, ninguna de estas opciones garantiza resultados uniformes para todos los autores, por lo que cada quien debe encontrar el método que mejor se adapte a su estilo de escritura y al tipo de ensayo que está elaborando.
REFERENCIAS
Damer, T. E. (2009). Attacking faulty reasoning: a practical guide to fallacy-free arguments. Wadsworth Cengage Learning.
Peirce, C. S. (1955). Philosophical Writings of Peirce: Selected Writings. In J. Buchler (Ed.). (pp. 150-156). Dover Publications.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
Candia, C. y Flores, T. (2025). Manual de buenas prácticas en la investigación. CEDEA, DICP, Dirección Escuela de Postgrado, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile.
Chudnoff, E. (s.f.). A guide to philosophical writing. Harvard University. Recuperado de: https://hwpi.harvard.edu/files/hwp/files/philosophical_writing.pdf
Feinberg, J., y Shafer-Landau, R. (2001). Doing philosophy: A guide to the writing of philosophy papers (2nd ed.). Wadsworth.
Gorovitz, S., et al. (1979). Philosophical analysis: An introduction to its language and techniques (3rd ed.). Random House.
Martinich, A. P. (1997). Philosophical writing (2nd ed.). Blackwell.
Seech, Z. (2003). Writing philosophy papers (4th ed.). Wadsworth.
Solomon, R. (2001). Writing philosophy [Appendix]. In The big questions: A short introduction to philosophy (6th ed.). Wadsworth.
NOTAS
[1] Publicado: 29 / 01 / 2026. Revista Open Access 4.0. Artículos de la Revista Homónima (ISSN 3087-260X), Departamento de Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Andrés Bello. Cómo citar: Martin, A., Lefio, K., Rodríguez, M., & Morales, O. (2026). Breve guía de cómo escribir un ensayo filosófico. Revista de Filosofía. Homónima, 1(1), pp. 485-503. https://doi.org/xxxxxxx[Por designar]
[2] Doctor en Filosofía de la Universidad de Chile. Prof. Asistente de la Universidad de Chile. Director de la Escuela de Postgrado de la misma casa de estudios. Email: amartin@uchile.cl.
[3] Licenciado en Filosofía de la Universidad de Chile, estudiante del diplomado “Fundamentos de la Física” de la misma casa de estudios. Actualmente se desempeña como jefe en Gestión Editorial de la Revista Homónima. Email: kuminak.lefio@ug.uchile.cl. ORCID: https://orcid.org/0009-0005-8121-4063.
[4] Doctor en Filosofía. Prof. Asistente de la Universidad de Chile. Coordinador del Magíster en Estudios Cognitivos de la Universidad de Chile. Email: marodrig@uchile.cl.
[5] Oscar Morales es Licenciado en Filosofía, Universidad de Chile y estudiante de Magíster de la misma casa de estudios. Email: moralesbravo58@outlook.com. ORCID: https://orcid.org/0009-0002-3996-0028
[6] Esto no implica que los textos que fallan en cumplir estos criterios no pueden ser filosóficos. Debido a que no se trata de criterios que definan lo que es un ensayo filosófico, sino que nos guían normativamente acerca de cómo deberíamos practicar la escritura filosófica. La claridad puede ser una virtud intelectual deseable en la filosofía, pero no necesariamente está presente en todos los textos que catalogamos como filosóficos.
[7] Estos acuerdos pueden ser tácitos, a veces pueden evidenciarse en la práctica de los filósofos y en ciertas ocasiones, cuando un filósofo o una corriente ponen el foco en los aspectos metodológicos de la filosofía, se discuten y defienden explícitamente. Muchas veces podemos ignorar estos acuerdos e identificar lo filosófico por un contenido particular o inclusive por lo que intuitivamente nos parece profundo, pero eso no niega la necesidad de que estos criterios acordados estén allí, les pongamos atención o no ( y como buenos filósofos, en algún momento nos causara curiosidad indagar sistemáticamente sobre ellos).
[8] Pueden existir ensayos que desencadenan en nuevas tradiciones, estos no son mayoritarios pero existen. Sobre estos es importante notar que aun así tienen un diálogo con su contexto filosófico y tradiciones previas.
[9] Esto no siempre implica recurrir a sistemas formales de la lógica, más generalmente se trata de la validez, relevancia, aceptabilidad y suficiencia de nuestros argumentos. Para lograr esto la lógica nos puede ser sumamente útil, pero no por ello está siempre presente de forma explícita.
[10] De esto se desprenden un par de recomendaciones interesantes, por un lado, es deseable mantener nuestros supuestos estáticos y rígidos al interior de un ensayo y su correspondiente proceso de investigación. Sería muy difícil evaluar la validez de un ensayo que cambie a cada página los supuestos que sostienen sus posturas. Por otro lado, es virtuoso cambiar de supuestos entre distintas investigaciones, cuando la adopción de nuevos supuestos nos permite evaluar y justificar los anteriores. Esto es siempre y cuando no terminemos adoptando, a la vez y en el mismo sentido, presupuestos incompatibles entre sí.
[11] Esto nos exige que en el proceso de investigación salgamos de nuestra postura e indaguemos más allá de aquello con lo que estamos de acuerdo. Debemos apuntar a estar informados y actualizados del debate que nos compete en general, no solo de aquello que resuene amablemente con nuestras premisas, argumentos y conclusiones.


