“Clase y filosofía”

Escrito por Graham Priest

La plataforma de filósofos y filósofas de primera generación trata de filósofos cuyos padres no fueron a la universidad. Debería servir de plataforma para las diferentes experiencias, opiniones e ideas de los filósofos de primera generación. Esperamos que la filosofía se beneficie de diversas perspectivas, al igual que el debate sobre la justicia educativa.

El siguiente texto es la traducción al español del artículo «Class and Philosophy» de Graham Priest, publicado originalmente en el sitio web First-Gen Philosophers (https://firstgenphilosophers.squarespace.com/contributions/graham-priest). Esta traducción ha sido realizada por Kuminak Lefio Zamorano (Universidad de Chile) para este sitio y reemplaza cualquier versión anterior.

 

¿Cómo citar este artículo?

Priest, G. (s.f.). Clase y filosofía (K. Lefio, Trad.). First-Gen Philosophers.
Recuperado de https://revistahomonima.com/2025/11/27/filosofos-de-primera-generacion-first-genphilosophers-clase-y-filosofia-escrito-por-graham-priest/
(Obra original sin fecha, disponible en https://firstgenphilosophers.squarespace.com/contributions/graham-priest)

 

“Clase y filosofía”

Escrito por Graham Priest

Graham Priest

Crecí como un niño de clase trabajadora en el sur de Londres después de la Segunda Guerra Mundial. Mi padre era obrero y mi madre era un ama de casa que además tenía trabajos de tiempo parcial para ayudarnos a llegar a fin de mes. Ambos abandonaron la escuela cuando tenían unos 14 años y de ahí en adelante no recibieron más educación.
Nadie en mi familia, y creo que tampoco en mi barrio, había ido a la universidad. Simplemente no era algo que la gente de clase trabajadora considerara una posibilidad real. Sin embargo, mi madre era una persona muy cariñosa y sabía lo importante que era la educación. Me enseñó a leer antes de ir al colegio y me entrego un buen punto de partida. En aquella época, en el Reino Unido existían escuelas secundarias públicas llamadas “grammar schools”. Estas escuelas tenían una orientación académica. Había un examen llamado “11+” que los niños rendían al final de la escuela primaria, y los pocos que afortunadamente lo aprobaban eran seleccionados y enviados a esas escuelas. Yo fui uno de esos afortunados.

Algunos de los mejores estudiantes de la escuela pasaban nuevamente por un proceso de selección y su educación se aceleraba en la “U Stream” (“U” de universidad). Esto les daba más tiempo para dedicarse a estudios avanzados (y, por lo tanto, para favorecer el acceso a la universidad) en años posteriores. Había una suposición generalizada, que yo daba por sentada y no me parecía para nada extraña, de que las personas de ese “stream”[1] irían a la universidad. Me matriculé con notas razonablemente buenas y solicité el ingreso a la universidad. No tenía ni idea de cómo funcionaban las universidades ni de cómo ser aceptado por una en ellas, así que simplemente hice lo que me aconsejaron mis profesores. Hice la solicitud para varias universidades, incluida Cambridge, y fui aceptado en el St John’s College. Mi madre estaba encantada, pero mi padre no entendía por qué querría ir a la universidad. El creía que, ahora que me había matriculado con buenas notas, lo correcto sería «buscarme un trabajo bueno y estable en un banco».

La universidad era un mundo completamente nuevo, diferente a todo lo que había experimentado hasta entonces. La Universidad de Cambridge era un mundo de educación de élite, alta cultura y gente de una clase social que nunca había conocido. Tradicionalmente, solo las personas de colegios privados “entraban” en Cambridge. Pero la universidad había instituido recientemente una política que permitía admitir a más alumnos de colegios públicos. El lugar era muy hermético y excluyente, por lo que rápidamente me hice amigos con otros chicos de clase trabajadora. Los niños que venían de colegios privados vivían en sus propios círculos con una cultura muy diferente a la nuestra. Para empezar, tenían mucho más dinero. A pesar de esto, gracias a que me beneficié de las reformas sociales del gobierno laborista de Attlee que vino tras la Segunda Guerra Mundial, todas mis tasas las pagaba la autoridad educativa local, que también me daba una subvención para vivir, no una fortuna, pero suficiente para cubrir mis necesidades. Mis padres nunca habrían podido pagar todo eso.

Desarrollé una relación ambivalente con Cambridge. Se me abrieron los ojos al mundo de los restaurantes, el jazz y la música clásica, el arte, la filosofía, el teatro y las drogas, nada de lo cual había formado parte de mi mundo de clase obrera. Fue una experiencia increíble. Pero, a la vez, Oxford y Cambridge son bastiones del sistema de clases británico, y me di cuenta de todos los privilegios que tenían las personas al otro lado del sistema de clases. Al comprender por primera vez el sistema de clases británico, llegué a detestar el mundo de los privilegios, algunos de los cuales, por supuesto, ahora también me pertenecían.

No diría que contar con la presencia de otros estudiantes de clase trabajadora en mi generación fuera importante para mí en ese momento; simplemente se trata de un caso en el que “Pájaros de un mismo plumaje se juntan”. Sin embargo, pensándolo bien, si no hubiera habido otros chicos de clase trabajadora y hubiera tenido que relacionarme exclusivamente con chicos que venían de colegios privados, la experiencia me habría resultado muy alienante. Por eso, si creo que es importante para un estudiante tener un grupo de amigos que se encuentren en una situación socioeconómica similar.

Estudié matemáticas en Cambridge, pero era un estudiante bastante mediocre. La vida social en Cambridge era mucho más divertida. Pero un antiguo compañero de colegio me habló de lo que era la lógica, así que empecé a asistir a algunas clases de filosofía y me enamoré de la materia. Cuando terminé la licenciatura, sabía que quería seguir estudiándola.

Para entonces, ya me había casado y teníamos un hijo. Nos mudamos a Londres. Mi mujer se licenció en francés en una facultad de la Universidad de Londres y yo hice un doctorado en lógica matemática en otra. Sin embargo, mi corazón siempre estuvo en la filosofía. Cuando terminé el doctorado, quería tener un trabajo en la universidad, pero no era fácil conseguirlo. Recuerdo que postulé a 52 puestos de trabajo (tanto en matemáticas como en filosofía) en el Reino Unido y en otros lugares. Al final, me ofrecieron un trabajo temporal en filosofía en la Universidad de St Andrews y lo acepté sin dudarlo. Seguí postulando a puestos de trabajo fijos (ahora solo en filosofía) y me ofrecieron uno en la Universidad de Australia Occidental. Así que nos mudamos allí, lo que en realidad supuso emigrar. Después de eso, trabajé en otras dos universidades australianas (Queensland y Melbourne) antes de trasladarme a mi actual trabajo en Nueva York hace unos 10 años.

A pesar de mi origen humilde, tuve dos cosas a mi favor. La primera fue una madre que me dio una ventaja antes de siquiera entrar al colegio, aunque ella misma tuviera poca formación. La segunda fue que se me brindaron las oportunidades educativas que proporcionaron las reformas del gobierno laborista de la posguerra. La primera, creo que muestra lo importante que es el entorno familiar. Los niños que provienen de un entorno en el que no se apoya activamente su educación llegan a los procesos de educación posteriores con una desventaja real. La segunda muestra la importancia de que las escuelas públicas ofrezcan a todos los niños la oportunidad de tener una educación que les permita acceder a la educación superior si así lo desean y, lo que es igual de importante, quizá incluso más, el apoyo financiero que les permita hacerlo. Si no me hubiera beneficiado de estas circunstancias, mi carrera académica nunca habría sido posible. Todo esto, por supuesto, implica dinero. Los organismos gubernamentales pertinentes deben financiar adecuadamente las escuelas públicas. Esto se aplica a todos los niveles: desde preescolar hasta el 12.º curso, y más allá, para aquellos que pierden sus oportunidades en los años estándar. También deben proporcionar apoyo financiero a aquellos estudiantes que lo necesiten para cursar estudios superiores. En términos generales, hemos visto cómo estos recursos han disminuido en los sistemas educativos públicos desde el auge de la economía “neoliberal”: los años de Regan (EE. UU.), Thatcher (Reino Unido) y Howard (Australia).

Personalmente, me dejé llevar por la corriente de una educación relativamente académica. Lo único importante era lo bien que hicieras tu trabajo (según lo juzgaran las autoridades). Los buenos profesores realmente quieren sacar lo mejor de sus alumnos y se sienten emocionalmente recompensados al verlos progresar. Esto no quiere decir que estén necesariamente libres de prejuicios raciales, de género o de clase. Quizás ninguno de nosotros pueda escapar por completo de esas cosas. Pero todos los profesores de filosofía que conozco (o he conocido) se preocupan (o se han preocupado) por todos sus alumnos.

Sin embargo, a mayor escala, el sistema de clases británico funciona en dos niveles, ambos logran mantener a los niños de clase trabajadora fuera de la universidad. El primer nivel es puramente financiero. Las personas que provienen de las clases más ricas y “gobernantes” de la sociedad tienen acceso a recursos económicos, poder y contactos, que pueden utilizar para ayudar a sus hijos a prosperar en la sociedad contemporánea. Esto es así en todas las sociedades que conozco. Pero el segundo nivel es una característica particular de Gran Bretaña. (No es tan operativo en Estados Unidos, donde la riqueza lo es todo, ni en Australasia, que es en general una sociedad más igualitaria que el Reino Unido o Estados Unidos). A las personas se les inculca desde una edad temprana un entendimiento acerca de su posición social, las restricciones que esta les impone y las expectativas de que se ajusten a ellas. Esto no quiere decir que nadie escape a estas limitaciones; obviamente, algunos lo hacen, como demuestra mi propia situación. Pero esos casos son relativamente excepcionales. Dadas las afortunadas circunstancias de las que me beneficié personalmente, los únicos retos a los que me enfrenté fueron mis propias limitaciones académicas. En muchos sentidos, fui un estudiante bastante mediocre hasta que encontré la materia que realmente me emocionaba y me estimulaba intelectualmente. Tuve la suerte de que el sistema educativo me permitiera la flexibilidad de tiempo y la oportunidad para hacerlo. Supongo que en esto último también hay una lección.

Graham Priest es profesor distinguido de Filosofía en el Centro de Posgrado de la
Universidad de la Ciudad de Nueva York.

 

NOTAS

[1] “Stream” puede traducirse correctamente como “rama”, en este caso el autor esta haciendo referencia al “U stream”, una rama particular del sistema educativo de su país.

 

 

TRADUCTOR

Traducido por Kuminak Lefio Zamorano.

 

 

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